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Full text of "Historia de un Amor Turbio"

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HISTORIA  DE 
UN  AMOR  TURBIO 


Ministerio  de  Cultura 


BIBLIOTECA  ARTIGAS 

Art.  14  de  la  Ley  de  10  de  agosto  de  1950 

COMISION  EDITORA 

Dra.  Alba  Roballo 
Ministro  de  Cultura 

Juan  E,  Pivel  Devoto 

Director  del  Museo  Histórico  Nacional 

Dionisio  Trillo  Pays 

Director  de  la  Biblioteca  Nacional 

Juan  C  Gómez  Alzóla 

Director  del  Archivo  General  de  la  Nación 


Colección  pe  Clásicos  Uruguayos 

Vol.  126 
Horacio  Quiroga 
HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 

Preparación  del  texto  a  cargo  de 
Joa¿  Pedro  Barran  y  Benjamín  Nahum 


HORACIO  OUIROGA 


HISTORIA  DE  UN 
AMOR  TURBIO 

Prólogo  de 
EMIR  RODRIGUEZ  MONEGAL 


MONTEVIDEO 
1968 


PROLOGO 


Es  un  lugar  común  de  la  crítica  latinoamericana 
afirmar  que  Quiroga  era  un  mal  novelista.  El  mismo 
lo  creía  así  y  en  una  carta  a  su  amigo  Enrique  Amo- 
rim  (julio  26,  1933)  dejó  escrito:  "En  La  carreta 
creo  comprobar  que  Ud.  como  yo  y  otros  tantos,  nos 
desempeñamos  más  vigorosamente  en  el  cuento  que 
en  la  novela.  No  me  parece  valga  su  carreta  menos 
que  algunos  de  sus  mejores  relatos.  Más  ambiente  apa- 
rente en  aquélla,  pero  no  real.  Tal  creo,  amigo ;  y  como 
el  golpe  cae  a  la  vez  sobre  mis  propias  espaldas,  apre- 
ciará con  ella  elogio  y  reproche  conjuntos/'  Ante  esta 
declaración  del  autor  no  es  extraño  que  los  críticos 
(incluido  el  que  suscribe)  hayan  decidido  que  Qui- 
roga no  tenía  mayores  condiciones  de  novelista.  Sus 
dos  intentos  conocidos  (Historia  de  un  amor  turbio, 
1908,  Pasado  amor,  1926)  han  sido  calificados  de 
fracasos  por  la  mayor  parte  de  la  crítica.  Sin  ánimo 
de  modificar  sustancialmente  el  juicio,  y  con  la  pers- 
pectiva que  ofrece  un  mejor  conocimiento  de  la  obra 
y  de  la  realidad  biográfica  en  la  que  se  apoya,  qui- 
siera reconsiderar  hoy  la  primera  de  estas  dos  novelas. 
Quedará  para  otra  ocasión  el  estudio  de  la  segunda. 

EL  PRETEXTO  INICIAL 

En  la  época  en  que  Quiroga  preparaba  Historia  de 
un  amor  turbio,  su  vida  íntima  abundaba  en  enredos 
amorosos  que  por  lo  general  solía  comentar,  con  bas- 
tante detalle,  en  las  cartas  a  su  primo  José  María  Fer- 


VII 


PROLOGO 


nández  Saldaíía,  La  franqueza  y  hasta  la  crudeza  de 
esas  confidencias  no  era,  sin  embargo  total.  En  una  de 
las  cartas  (marzo  2,  1907)  dice  que  se  reserva  algunas 
historias  "que  me  dejaron  el  pelo  blanco  por  dentro". 
Del  vasto  anecdotario  que  las  cartas  registran  es  po- 
sible destacar  un  amorío  con  una  muchacha  muy  jo- 
ven que  vivía  en  Lomas  y  cuya  boca  Quiroga  no  se 
cansa  de  ensalzar.  Las  intenciones  del  galán  resultan 
muy  obvias,  por  lo  menos  en  las  cartas.  Pero  la  mu- 
chacha que  parecía  tan  accesible  al  comienzo,  en  rea- 
lidad no  lo  era*  Algo  contrito  Quiroga  ha  de  escribir 
a  su  primo  que  "ha  resultado  de  una  honradez  bur- 
guesa que  sus  toreadas  primeras  no  permitían  presen- 
tir" (enero  23,  1906),  Otras  cartas  detallan  episodios 
del  moroso  asedio:  "La  visito  dos  horas  por  semana, 
y  en  el  resto  de  ella  ni  la  veo  siquiera.  Todo  esto  esta- 
ría muy  bien  si  en  esas  dos  horas  me  dejaran  libre 
con  ella.  Apenas  un  par  de  minutos  — cuatro  o  seis 
besos  como  mucho  —  y  de  nuevo  la  maldita  madre  o 
hermana.  La  muchacha  tiene  una  magnífica  boca,  ma- 
guer sus  estúpidas  ideas  de  recato".  Un  día  la  ruptura 
llega  inevitablemente  a  suspender  estas  sesiones  sado- 
masoquísticas  de  lo  que  entonces  se  entendía  por  no- 
viazgo» Quiroga  se  cansa  de  hacer  el  novio  con  tan 
poco  resultado  y  comenta  agresivamente  en  una  carta: 
"Parece  que  al  padre  se  le  ocurría  que  yo  debía  ser 
más  expresivo  con  él  (aunque  no  lo  veía  nunca)  y 
que  también  debía  besar  a  un  botija  de  dos  años.  La 
muchacha  me  lo  dijo  como  consejo,  aunque  la  lección 
era  evidente.  Fume  un  cigarro  más  y  me  fui.  Le  dije 
que  me  gustaba  mucho  besarla  a  ella,  pero  al  chico, 
a  menos  que  tuviera  ganas,  etc.  No  he  vuelto  y  así  ha 
quedado.  Lástima  de  familia  estúpida  pues  la  mucha- 
cha tenía  honda  y  cálida  boca,"  (Mayo  17,  1908).  Los 


VIII 


PROLOGO 


motivo»  que  aduce  Quiroga  son  manifiestamente  ab- 
surdos pero  cabe  sospechar  que  en  la  ruptura  influ- 
yeron otros.  Un  novio  tan  sombrío  y  reticente,  tan 
mayor  para  la  chica  (ya  tenía  28  años),  tan  poco 
resuelto  a  formalizar  las  relaciones  con  un  trato  más 
cordial  con  ei  resto  de  la  familia,  no  era  el  candidato 
ideal  de  acuerdo  con  la  óptica  de  la  época.  Lo  más 
sorprendente  de  estos  comentarios  de  Quiroga  es  la 
aparente  ingenuidad  que  revelan:  es  como  si  se  negara 
a  reconocer  las  leyes,  tan  rígidas  entonces,  del  juego 
del  noviazgo. 

El  epitafio  de  esta  aventura  burguesa  aparece  ca- 
sualmente comunicado  en  carta  de.  octubre  8,  1906: 
"De  mujeres  te  contaré  que  la  chica  de  Lomas,  nunca 
más.  Sus  padres  se  opusieron  rotundamente  a  todo 
amor,  y  la  muchacha  asintió.  Lástima  porque  la  don- 
cella era  mona."  Si  he  detallado  este  episodio  trivial 
(típico  del  ambiente  y  de  la  época)  es  porque  sirvió 
en  parte  para  la  novela  que  entonces  escribía  Quiroga. 
La  frustración  que  representa  esta  aventura  ingloriosa 
de  Don  Juan,  reaparece  como  un  elemento  decisivo 
en  Historia  de  un  amor  turbio.  En  la  novela  la  mu- 
chacha protagonista  también  vive  en  Lomas  con  su 
madre  y  una  hermana;  también  tiene  con  el  narrador 
intensas  sesiones  de  besos,  cortadas  por  la  brusca  apa- 
rición de  algún  familiar.  Como  la  joven  real,  la  ficti- 
cia es  muy  hermosa  y  de  boca  cálida.  Aquí  terminan, 
sin  embargo,  las  semejanzas.  Quiroga  ha  eliminado  al 
padre  (lo  que  es  significativo  y  llevaría  a  otro  tipo 
de  análisis) ;  ha  metamorf  oseado  al  hermanito  de  dos 
años  por  medio  de  una  doble  tuerca  narrativa  que  le 
permite  presentar  a  la  protagonista,  en  una  etapa  an- 
terior de  la  historia,  como  una  niña  de  nueve  años; 
también  ha  modificado  profundamente  el  motivo  de 


IX 


PROLOGO 


la  ruptura,  levantando  la  anécdota  da  la  trivialidad 
burguesa  hasta  el  plano  del  más  profundo  conflicto 
psicológico.  En  realidad,  la  muchacha  de  Lomas  le  ha 
servido  apenas  como  punto  de  partida.  Al  transponer 
la  experiencia  de  la  realidad  a  la  ficción,  Quiroga  ha 
enriquecido  el  pretexto  anecdótico  con  temas  que  ya 
lo  preocupaban  desde  la  época  en  que  escribe  Los 
arrecifes  de  coral  (1901). 

TRES  TIEMPOS  NARRATIVOS 

La  diferencia  mayor  con  el  suceso  real  es  que  en 
la  novela  el  protagonista  tiene  también  una  relación 
erótica  con  la  hermana  mayor.  En  realidad,  la  histo- 
ria aparece  ahora  ordenada  en  tres  tiempos  narrativos, 
muy  nítidamente  separados.  En  el  más  antiguo,  Rohán 
es  cortejante  de  Mercedes  Elizalde,  y  Eglé  (que  será 
la  protagonista)  es  sólo  una  niña  de  nueve  años  que 
el  joven  de  veinte  enamora  sin  advertirlo.  En  el  se- 
gundo tiempo  (el  central  de  la  novela)  han  transcu- 
rrido ocho  años  y  Eglé  tiene  ahora  dieciséis,  la  edad 
que  tenía  Mercedes  cuando  Rohán  la  cortejaba.  A  ella 
se  dirige  ahora  el  protagonista  que  ya  tiene  28  años, 
como  Quiroga  cuando  visitaba  a  la  muchacha  de  Lo- 
mas. Hay  un  tercer  tiempo  que  sirve  de  epílogo  y 
que  ocurre  diez  años  después  de  la  ruptura  con  Eglé. 
Este  tiempo  es  el  actual  de  la  novela:  es  el  tiempo  en 
que  se  inicia  la  acción  y  que  forma  como  un  marco  a 
los  otros  dos,  evocados  desde  él  por  la  memoria  de 
Rohán.  Después  de  haber  cortado  sus  relaciones  con 
Eglé,  un  día  Rohán  la  visita  para  comprobar  que  es 
una  mujer  ya  hecha  (tiene  ahora  los  28  años  que 
tenía  Rohán  cuando  la  cortejaba).  El  protagonista  des- 
cubre entonces  que  es  imposible  revivir  el  amor. 


X 


PROLOGO 


Muchos  elementos  de  la  nueva  anécdota  narrativa 
derivan  de  cuento»  ya  escritos  y  publicados  por  Qui- 
roga  la  década  anterior:  w Venida  del  primogénito", 
"Corto  poema  de  María  Angélica",  "Rea  Silvia".  La 
situación  muy  equívoca  de  Rohán  que  en  el  primer 
tiempo  aparece  como  cortejante  de  Mercedes  mientras 
conquista  inconscientemente,  a  la  niña  Eglé,  y  que  en 
el  segundo  tiempo  es  cortejante  de  Eglé  aunque  sigue 
acariciando  y  hasta  besando  a  Mercedes,  esta  situación 
de  hombre  envuelto  en  el  aura  de  erotismo  colectivo 
de  varias  mujeres  de  una  misma  familia,  aparece  ya 
esbozada  en  las  tres  narraciones  anteriores.  De  ahí 
el  calificativo  de  turbio  que  aparece  en  el  título  de  la 
novela:  el  amor  es  turbio  por  la  simultaneidad  del  de» 
seo  dirigido  a  distintas  hermanas,  hecho  que  agrava 
el  carácter  incestuoso  y  triangular  de  la  situación;  es 
turbio,  además,  porque  revela  una  atracción  irresisti- 
ble por  niñas  poseídas  de  precoces  ardores ♦ 

El  tema  está  ya  en  algunos  de  los  antecedentes  lite- 
rarios de  Quiroga.  Es  posible  reconocerlo  muy  clara- 
mente, por  ejemplo,  en  Edgar  Poe.  La  admiración  de 
Quiroga  por  el  poeta  y  narrador  norteamericano  es 
muy  conocida  y  ha  quedado  registrada,  por  otra  parte, 
en  los  temas,  los  títulos  y  los  epígrafes  de  sus  prime- 
ros relatos  y  ensayos.  En  su  primer  libro,  Los  arreci- 
fes de  coral,  aparece  hasta  una  prosa  que  se  titula 
"El  barril  del  amontillado"  y  que  es  un  homenaje  a 
Poe;  de  esa  prosa  deriva  uno  de  sus  primeros  cuen- 
tos importantes,  "El  crimen  del  otro1*.  En  Poe  pudo 
encontrar  Quiroga  esas  amantes  virginales  y  adoles- 
centes (apenas  nubiles,  o  ni  siquiera  nubiles)  que  el 
poeta  codiciaba  más  como  trasposiciones  necrofílicas 
de  la  madre  muerta  que  como  mujeres  verdaderas* 
Pero  no  sólo  en  Poe,  también  en  Dostoyevski  pudo 


XI 


PROLOGO 


descubrir  Quiroga ,  ciertos  estados  perversos  del  deseo 
erótico»  Es  cierto  que  el  ejemplo  más  notable,  la  "Con- 
fesión de  Stavroguin"  que  pertenece  a  Los  endemonia- 
dos, no  pudo  ser  conocido  por  él  entonces  ya  que  ese 
capítulo  fue  suprimido  de  la  edición  original  por  te- 
mor a  la  censura  zarista  y  sólo  fue  publicado  por 
primera  vez  en  1927,  Sin  embargo,  no  parece  necesa- 
rio insistir  en  el  carácter  "turbio"  del  erotismo  de  los 
personajes  de  Dostoyevski.  Por  eso,  no  me  parece 
nada  casual  que  el  nombre  de  Eglé  provenga  precisa- 
mente de  Los  endemoniados,  novela  que  en  sus  cartas 
de  este  período  Quiroga  recomienda  con  fervor  de 
neófito  a  sus  amigos.  Aclaro  que  el  narrador  riopla- 
tense  entonces  leía  a  Dostoyevski  en  las  traducciones 
francesas.  Posteriormente,  la  huella  del  maestro  ruso 
parece  borrarse.  No  obstante,  el  nombre  de  Eglé  ha- 
brá de  seguir  acompañándolo  mucho  después  de  esta 
época.  Cuando  nazca  en  1911  su  primera  hija  la  lla- 
mará con  ese  nombre  extraño. 

Sería  erróneo,  sin  embargo,  creer  que  sólo  a  través 
de  la  literatura  llega  Quiroga  al  tema  de  la  fascina- 
ción que  ejerce  sobre  algunos  hombres  la  inocencia 
erótica  de  las  niñas.  Si  el  tema  está  vigente  en  la  li- 
teratura occidental  (desde  Dante  a  Nabokov)  es  por- 
que toca  alguna  cuerda  en  ciertos  seres.  En  el  caso 
de  Quiroga  parece  tratarse  de  algo  más  que  de  in- 
fluencias poéticas.  En  sus  Recuerdos  de  la  vida  lite- 
raria (Buenos  Aires,  1944)  cuenta  Manuel  Gálvez  una 
conversación  que  sostuvo  con  Quiroga  precisamente 
en  1908: 

"Una  vez  cuando  publicó  la  Historia  de  un  amor 
turbio,  le  declaré  que  me  había  chocado  la  página  en 
que  el  protagonista,  y  no  por  cariño  fraternal,  cierta- 
mente, sienta  en  las  rodillas  a  su  futura  cuñada,  una 
chica  ya  señorita. 

XII 


PROLOGO 


W — ¿Usted  no  lo  haría?  —  me  preguntó. 
i(Y  como  yo  protestara  que  no,  él  dijo,  sencilla* 
mente,  sin  cinismo  o  aspavientos: 
«_Yo  sí." 

La  anécdota  de  Gálvez  revela  en  Quiroga  esa  brusca 
sinceridad,  ligeramente  teñida  del  deseo  de  asombrar, 
que  siempre  lo  caracterizó*  Por  confidencias  que  reco- 
gen sus  amigos  y  biógrafos  (José  María  Delgado  y 
Alberto  J.  Brignole)  se  hace  más  creíble  el  testimo- 
nio de  Gálvez. 

Otras  influencias  literarias  son  menos  fuertes  en  la 
novela.  El  propio  Rohán  cita  en  un  pasaje  un  cuento 
de  Kipling:  la  "Historia  de  los  Gadsby",  para  subra- 
yar una  coincidencia.  Pero  nada  tienen  de  común  los 
temas  de  ambas  obras.  Es  sólo  una  referencia  casual. 
Por  eso,  me  parece  que  lo  más  interesante  de  Historia 
de  un  amor  turbio  no  es  lo  que  tiene  de  derivación  o 
coincidencia  con  ilustres  antecedentes,  sino  lo  que 
tiene  de  exclusivamente  quiroguiano.  Es  tal  vez  su  es- 
fuerzo más  logrado  hasta  esa  fecha  por  explorar  a 
fondo  el  problema  del  amor.  Y  a  este  aspecto  de  la 
novela  hay  que  dedicar  algún  espacio. 

EL  INSTINTO  EROTICO 

La  escisión  básica  de  la  mujer  en  doncella  y  hembra 
resulta  expresada  varias  veces  en  el  libro  y  a  través 
do  situaciones  dramáticas  muy  expresivas.  Primero  es 
la  rivalidad  que  se  establece  casi  subconscientemente 
entre  Mercedes  (ya  nubil,  de  dieciséis  años)  y  Eglé, 
todavía  niña  pero  muy  apasionada.  Rohán  se  deja 
querer  por  la  niña.  Un  día  se  conmueve  hasta  pre- 
guntarle: 

Y  cuando  seas  grande,  ¿me  querrás?" 


xm 


PROLOGO 


AI  mismo  tiempo,  el  protagonista  se  siente  ridículo 
y  desea  volver  al  abrazo  más  maduro  de  Mercedes. 
Cuando  pasan  los  años  y  la  situación  ha  cambiado, 
surge  sin  embargo  otra  forma  de  la  rivalidad,  más 
turbia  incluso:  ahora  es  Eglé  (dieciséis  años)  la  que 
está  en  el  papel  de  novia  en  tanto  que  Mercedes  (de 
veinticuatro)  tienta  a  Rohan  con  encantos  mucho  más 
maduros  y  accesibles.  Lo  que  en  la  primera  época 
resultaba  sólo  conflicto  subconsciente,  asoma  ahora  en 
los  términos  urgentes  del  deseo  sexual  que  sabe  des- 
pertar Mercedes  con  más  vigor  y  crudeza  que  Eglé. 

Hay  todavía  una  tercera  instancia  en  que  el  con- 
flicto parece  simplificares  para  estallar  má9  honda- 
mente aún»  Mientras  Mercedes  desaparece  como  rival, 
Eglé  asumirá  las  dos  caras  opuestas  de  la  imagen  fe- 
menina: es  una  virgen  y  es  también  la  hembra  ten- 
tadora. Pero  en  vez  de  disolver  la  dicotomía  por  la 
posesión,  Rohán  se  inventa  un  nuevo  obstáculo:  un 
rival.  De  ese  modo,  la  situación  triangular  de  las  dos 
primeras  épocas  cambia  aunque  se  mantiene.  Cada 
una  de  esas  etapas  es  como  un  círculo  de  la  relación 
erótica  infernal  que  va  descendiendo  Rohán.  Primero 
todo  aparece  en  clave  (como  pasa  en  "Rea  Silvia"): 
luego  esa  clave  se  despeja  y  Rohán  cree  encarar  úni- 
camente el  conflicto  entre  el  amor  y  el  deseo  (como 
en  "Corto  poema  de  María  Angélica") :  pero  sólo  en 
la  última  parte  llega  a  enfrentar  el  verdadero  conflicto 
subconsciente  que  esconde  la  máscara  de  los  celos  re- 
trospectivos. Eglé  ha  tenido  un  novio  en  el  intervalo 
de  su  separación  de  Rohán  y  éste  ahora  empieza  a  ob- 
sesionarse con  visiones  de  las  libertades  que  sin  duda 
alguna  ese  novio  se  ha  tomado  con  ella. 

Aunque  la  novela  llegue  a  la  solución  irónica  (muy 
a  la  Maupassant)  de  descubrir  diez  añoa  después  que 

XIV 


PROLOGO 


los  celos  no  tenían  mayor  fundamento,  el  conflicto  no 
tiene  solución.  Rohán  es  incapaz  de  poseer  realmente 
a,  Eglé  porque  es  incapaz  de  darse.  Lo  grave  de  esta 
historia  de  amor,  y  lo  que  justifica  hondamente  ese 
calificativo  de  turbio  del  titulo,  es  que  siempre  Rohán 
aborda  el  amor  en  términos  neuróticos.  Primero  es  la 
fascinación  de  la  inocencia  ardiente  de  la  niña;  luego 
es  el  toque  incestuoso  de  la  doble  atracción  que  ejer- 
cen las  hermanas;  finalmente  son  las  angustias  edí- 
picas  que  crea  la  imagen  del  "otro".  Lo  curioso  es 
que  por  este  camino,  inesperado  al  comienzo,  la  no- 
vela degenera  también  en  un  caso  de  delirio  de  per- 
secuciones. Rohán  se  convierte  a  sí  mismo  en  acosado, 
en  perseguido. 

Así  se  descubre  el  vínculo  subterráneo  que  hay  entre 
esta  novela  y  el  largo  cuento,  "Los  perseguidos",  que 
Quiroga  había  escrito  en  1905,  y  recoge  en  volumen, 
junto  con  la  novela,  en  1908.  Aunque  las  máscaras 
anécdo ticas  de  ambas  historias  sean  tan  distintas  (el 
cuento  presenta  una  relación  sadomasoquística  entre 
dos  hombres),  el  tema  profundo  de  ambos  es  el  mis- 
mo. Más  significativo  aún  me  parece  que  en  tanto 
que  el  cuento  resulta  logrado  en  su  redondez  narrativa 
y  visionaria,  la  novela  fracasa  por  motivos  bastantes 
complejos.  Hay  una  doble  imposibilidad  en  el  narra- 
dor que  conviene  examinar  con  cierto  detalle. 

UNA  PROFUNDA  IDENTIFICACION 

Qüiroga  es  incapaz  de  ver  a  Rohán  con  alguna  dis- 
tancia- Aunque  el  personaje  no  es  estrictamente  auto- 
biográfico, es  evidente  que  del  punto  de  vista  emocio- 
nal el  autor  termina  por  identificarse  con  él.  Ya  se 
ha  visto  el  episodio  de  la  chica  de  Lomas,  que  es  uno 


XV 


PROLOGO 


de  log  puntos  de  partida  de  la  novela.  Pero  hay  otros 
testimonios  en  su  correspondencia  con  Fernández  Sal- 
daña.  En  una  carta  de  junio  26,  1905,  comunica  a  su 
primo:  "He  trabajado  en  mi  novela  que  no  será  tal 
sino  cuento.  Creo  no  estar  maduro  aún  para  ese  alien- 
to. También  Brignole,  que  debía  ser  el  protagonista, 
ha  desaparecido  para  dar  lugar  a  un  Rohán  que  tiene 
casi  todo  de  mí  en  el  cuerpo  de  Brignole.  La  cosa  fue 
porque  el  cuento  es  a  base  de  honda  psicología  de 
amor,  y  el  amigo  Amycus  [nombre  que  daban  a  Brig- 
nole los  primos]  no  siente  esas  sacudidas  bastante  li- 
terariamente. Sin  embargo,  Brignole  prestará  al  cuento 
sus  poses  de  Athos  y  su  bella  impasibilidad  cuando 
sufre  dispepsia," 

Precisamente  por  estar  identificado  en  última  y  pro- 
funda instancia  con  Rohán,  Quiroga  no  logra  mostrar 
el  mundo  femenino  de  la  novela  desde  otro  punto  de 
vista  que  el  del  personaje  masculino.  Como  a  Rohán, 
también  al  autor  ese  mundo  le  resulta  simultáneamente 
tantalizador  e  incomprensible.  Cuando  intenta  mostrar- 
lo desde  dentro,  fracasa.  Hay  un  capítulo  entero  en 
la  novela  (el  dieciséis)  en  que  por  primera  y  única  vez 
se  presenta  a  las  mujeres  en  la  intimidad  de  la  casa 
y  peleándose  como  chiquillas.  Aquí  no  sólo  altera 
Quiroga  el  punto  de  vista  de  la  novela  (que  es  una 
evocación  de  Rohán)  sino  que  ese  ocasional  sacrificio 
a  la  unidad  narrativa  no  le  sirve  de  nada:  tampoco 
consigue  por  este  medio  despejar  la  incógnita  feme- 
nina. La  conducta  de  las  mujeres  en  ese  capítulo  fuera 
de  serie  sigue  siendo  tan  impenetrable  para  el  autor 
como  lo  es  en  los  restantes  para  el  protagonista»  Autor 
y  protagonista  participan  de  la  misma  imposibilidad. 

A  este  defecto,  tan  obvio,  cabe  sumar  otro  mayor 
que  también  aparecerá  en  un  cuento  titulado  defini- 


XVI 


PROLOGO 


tivamente  "Una  estación  de  amor".  Así  como  en  el 
cuento,  en  la  novela  el  personaje  central  está  visto  des- 
de dentro  pero  no  está  intuido  en  sus  verdaderos  con- 
flictos y  limitaciones.  Al  asumir  el  punto  de  vista  de 
Rohán,  Quiroga  no  consigue  ver  otra  cosa  que  las  que 
vería  su  personaje.  Lo  que  dice  en  sus  cartas  sobre 
la  muchacha  real  de  Lomas  permite  comprender  que 
Rohán  y  Quiroga  padecían  de  la  misma  ceguera.  Por 
eso  es  muy  significativo  que  al  definir  la  actitud  ge- 
neral del  protagonista  ante  la  vida,  use  su  autor  una 
frase  ("No  buscaba  vocaciones,  comenzando  ya  a  sen- 
tir oscuramente  la  suya,  que  debía  ser  más  tarde  una 
profunda  y  enfermiza  sinceridad  consigo  mismo"), 
frase  que  de  algún  modo  resulta  eco  de  una  confesión 
que  aparece  entonces  en  una  de  sus  cartas  (junio  25, 
1906) :  "Me  estoy  llenando  de  tal  culto  por  la  verdad 
y  la  sinceridad  conmigo  mismo,  que  temo  mucho  vaya 
a  fracasar  en  cuanto  a  utilidad  se  refiera."  No  es  ca- 
sual que  esa  frase  provenga  de  la  misma  carta  en  que 
cuenta  al  primo  que  se  apoya  en  Brignole  y  en  sí  mis- 
mo para  componer  a  Rohán. 

HACIA  UNA  DOBLE  LECTURA 

La  novela  es,  sin  embargo,  mejor  de  lo  que  se  ha 
dicho  habitualmente.  Su  defecto  básico  está  en  parte 
compensado  si  el  lector  practica  una  lectura  atenta. 
A  través  de  ella  es  posible  advertir  los  verdaderos  mó- 
viles, de  la  conducta  de  Rohán,  móviles  que  son  invi- 
sibles para  éste.  Porque  también  la  novela  recoge 
(como  sin  saberlo)  esa  otra  historia.  Tal  vez  Quiroga 
no  advirtió  que  la  había  puesto  allí,  pero  la  honda 
vinculación  del  tema  y  del  personaje  con  su  situación 
existencial  en  aquella  época  le  permitió  expresarla  de 

XVII 

2 


PROLOGO 


todos  modos.  Es  claro  que  para  verla  hay  que  leer 
entre  líneas.  El  tema  atroz  del  doble  (que  es  tema  de 
tantos  de  sus  cuentos,  y  sobre  todo  de  "Loa  persegui- 
dos") surge  entonces  con  toda  evidencia.  Rohán  no 
puede  amar  si  su  apetito  erótico  no  es  estimulado  per- 
versamente. En  cada  uno  de  los  tres  tiempos  de  au 
"amor  turbio".  Rohán  aparece  escindido :  primero  entre 
un  noviazgo  normal,  con  Mercedes  Elizalde,  y  la  atrac- 
ción perversa  que  ejerce  sobre  él  la  hermanita  menor; 
luego  entre  el  noviazgo  normal  con  Eglé,  ahora  cre- 
cida, y  los  encantos  ya  entrenados  de  Mercedes;  y 
finalmente,  entre  el  noviazgo  fracasado  con  Eglé  y  la 
sombra  (proyectada  por  los  celos)  del  otro  novio.  El 
estímulo  perverso  cambia  de  rostro,  como  en  los  sue- 
ños, pero  sigue  siendo  el  mismo.  En  cada  tiempo  de 
su  historia  de  amor  Rohán  cae  o  recae  en  una  situa- 
ción triangular  de  ribetes  perversos.  Y  también  como 
en  los  sueños,  la  versión  se  hace  progresivamente  más 
clara.  Lo  que  impide  la  consumación  del  noviazgo,  la 
entrega  y  la  posesión  no  es  una  circunstancia  externa. 
Es  algo  dentro  de  Rohán:  esa  necesidad  de  otra  pre- 
sencia, esa  necesidad  que  termina  adquiriendo  la  for- 
ma simple  y  perversa  del  "otro". 

Si  el  tema  aparece  en  "Los  perseguidos"  en  su  for- 
ma más  desnuda  (como  he  tratado  de  demostrarlo  en 
un  artículo  para  la  revista  "Mundo  Nuevo",  de  febrero 
1967),  no  menos  claro  resulta  ahora  aquí  si  se  prac- 
tica una  lectura  en  profundidad.  Entonces  todas  las 
apariencias  de  una  historia  de  amor  burgués,  que  frus- 
tra el  mal  carácter  del  novio  o  el  mismo  ambiente  en 
que  viven  las  muchachas,  adquiere  súbitamente  un  sig- 
nificado muy  distinto.  La  crítica  social  que  está  en  la 
superficie  de  la  novela  y  que  parece  derivar  del  pre- 
texto anecdótico,  pasa  naturalmente  a  segundo  plano 


XVIII 


PROLOGO 


y  lo  que  emerge  es  un  estudio  de  relaciones  franca- 
mente perversas.  El  cote  dostoyevskiano  de  Quiroga 
(que  no  ha  sido  estudiado  seriamente  hasta  ahora)  se 
pone  en  evidencia.  Las  señales,  ya  indicadas  en  este 
estudio,  de  una  lectura  de  Los  endemoniados  resultan 
más  evidentes  que  nunca.  Como  los  personajes  del 
gran  narrador  ruso,  también  este  Rohán  es  un  obseso, 
un  perseguido,  un  ser  al  que  acecha  la  imagen  del 
"otro":  es  decir:  su  propia  imagen  culpable*  Cuando 
se  advierte  esto,  se  impone  entonces  una  lectura  de  la 
novela  en  que  los  tres  tiempos  resultan  uno  solo,  y 
la  obsesión  de  Rohán  se  condensa  en  una  imagen: 
frente  al  objeto  amoroso  (Mercedes,  Eglé),  el  prota- 
gonista busca  subconscientemente  otro  foco,  ya  sea 
real,  ya  sea  imaginario,  en  que  fijar  también  y  al 
mismo  tiempo  su  escindida  personalidad.  Rohán  no 
puede  concentrarse,  no  puede  darse,  no  puede  amar. 
Aunque  no  lo  sea  fisiológicamente,  psíquicamente 
Rohán  es  un  impotente. 

LA  CRITICA  COETANEA 

Es  inútil  buscar  una  lectura  semejante  en  la  crítica 
coetánea.  Sus  primeros  críticos  hablan  de  Quiroga 
como  "un  romántico  en  ía  sobriedad  elegante  de  su 
naturalismo".  Para  Lugones,  su  mentor  y  amigo,  la 
obra  es  "una  confirmación  incontestable"  de  que  Qui- 
roga es  el  "mejor  prosista  de  la  juventud  americana". 
Pero  lo  que  está  realmente  en  la  entraña  del  libro  si- 
gue invisible  durante  muchos  años,  incluso  para  sus 
biógrafos  que  ya  en  1939  vinculan  Historia  de  un 
amor  turbio  con  la  influencia  de  Dostoyevski.  La  vincu- 
lación (conviene  aclararlo)  les  había  sido  sugerida 
por  el  propio  Quiroga.  Pero  aun  así,  ellos  también, 


XIX 


PROLOGO 


como  íntimos  de  Quiroga,  como  compañeros  de  buena 
parte  de  su  aventura  vital,  estaban  implicados  en  la 
misma  visión  identificadora  que  no  les  permitía  tomar 
distancia.  Por  otra  parte,  en  Rohán  aparecían  elemen- 
tos de  uno  de  ellos,  como  ya  se  ha  visto. 

Incluso  el  primo  parece  no  entender  la  novela  cuan- 
do se  publica,  y  a  pesar  de  que  Quiroga  le  había  ade- 
lantado algunas  claves  en  sus  cartas.  Contestando  a 
una  de  Fernández  Saldaña,  escribe  Quiroga  en  no- 
viembre 11,  1908:  "Acabo  de  recibir  tu  carta,  com- 
pletamente extraña.  —  ¿Qué  diablos  de  polémica  quie- 
res que  hagamos,  entendiendo  tan  diferentemente  las 
cosas?  Con  franqueza  igual  a  la  tuya,  diréte  que  no  te 
hubiera  creído  nunca  tan  alejado  de  la  verdad  —  y 
no  de  la  verdad  suma  más  o  menos  difícil,  sino  de  la 
elemental,  del  raciocinio  infantil,  del  simple  argumen- 
to. No  es  posible  consideremos  más  el  caso,  por  lo 
que  paso  a  otras  cosas."  El  tono  es  tal  vez  demasiado 
brusco.  Lo  que  revela  esa  brusquedad  ea  el  orgullo  de 
Quiroga,  herido  por  las  previsibles  objeciones  del  pri- 
mo. No  está  dispuesto  a  explicar  más  qué  se  había 
propuesto  con  la  novela.  Es  muy  típico  de  su  carácter 
abrupto  el  negarse  a  discutir  sobre  lo  que  más  le  im- 
porta. Mucho  más  tarde  llegará  a  escribir  que  no  puede 
hablar  de  literatura  con  quienes  no  entienden.  La  ver- 
dad es  que  es  incapaz  de  hablar  de  lo  que  sea  si  el 
interlocutor  no  se  acerca  en  tono  amistoso.  La  hostili- 
dad lo  encierra  aún  más  en  su  hirsuta  máscara  de  sal- 
vaje que  ya  empezaba  a  formarse  en  aquella  época.  A 
partir  de  este  momento,  escasearán  cada  vez  más  las 
confidencias  literarias  en  las  cartas  a  su  primo.  La 
amistad  continúa  pero  como  su  concepción  de  la  lite- 
ratura está  cambiando  tan  radicalmente,  el  diálogo  con 
el  primo  e  incluso  con  los  amigos  sáltenos,  empieza  a 


XX 


PROLOGO 


hacerse  imposible.  Sólo  por  excepción  (como  en  una 
apasionada  carta  a  José  María  Delgado  al  publicarse 
Cuentos  de  amor  de  locura  y  de  muerte)  volverá  Qui- 
roga  a  hablar  de  su  obra  ante  los  amigos  de  su  juven- 
tud, los  compañeros  de  su  primera  aventura  literaria 
del  Modernismo.  El  había  quemado  esa  etapa  en  tanto 
que  ellos  seguían  aún  atados.  Quiroga  ha  descubierto 
que  es  más  fácil  buscar  y  encontrar  gente  con  la  que 
se  puede  hablar  de  las  cosas  que  a  uno  le  importan  real- 
mente que  tratar  de  convencer  y  hasta  catequizar  a 
quienes  son  insensibles* 

Lugones,  sin  embargo,  sigue  comprendiendo  aunque 
tampoco  pueda  ver  todas  las  implicaciones  del  tema: 
"  Cu  ando  se  hace  novela  así  [escribe  en  un  juicio  muy 
laudatorio  de  1908],  con  esa  gallardía,  con  ese  buen 
gusto  intransigente,  con  ese  dominio  de  los  caracteres 
manejados,  es  porque  se  ha  nacido  novelista.  Además, 
sírvame  aquí  la  vinculación  amistosa:  hay  en  eso  el 
carácter,  que  es  prenda  fundamental  de  todo  verdadero 
artista.  Lo  acerado  de  su  estilo,  representa  la  fría  acidez 
interna,  la  ironía  seria  de  la  honradez  ante  las  bajezas 
de  la  vida  y  del  oficio.  Su  conclusión  característica, 
denuncia  la  calidad  cortante;  puesto  que  conciso  quiere 
decir,  estrictamente,  tallado.  Y  sin  querer,  acabo  de 
describir  su  estilo.  El  estilo  definitivo  a  que  ha  llegado 
con  sorprendente  rapidez.  Flor  y  fruto  confunden  en 
él  la  caricia  flotante  del  perfume  con  el  sabor  firme  de 
lo  maduro.  Todo  lo  que  es  superior  descúbrese  por  estas 
simultaneidades,  que  concentran  en  una  aptitud  las 
fuerzas  habitualmente  consecutivas.  Quien  vive  a  un 
tiempo  su  otoño,  y  su  primavera,  realiza  en  una  geór- 
gica dicha  la  paradoja  homérica  que  inmortalizó  los 
jardines  de  Alcinoo." 


XXI 


PROLOGO 


LA  CRITICA  SOCIAL 

Como  señalaron  en  su  tiempo  loa  biógrafos,  nadie 
reconoció  en  1908  la  influencia  de  Dostoyevski,  y  fue 
necesario  que  el  propio  Quiroga  la  señalara  en  una  carta 
de  1935.  Pero  la  omisión  de  la  época  es  explicable: 
pocos  críticos  rioplatenses  conocían  entonces  bien  la 
obra  del  novelista  ruso.  Es  probable  que  la  mayoría 
de  los  lectores  hayan  reaccionado  como  Gálvez,  escan- 
dalizados por  la  audacia  de  ciertas  situaciones  de  la 
novela.  El  libro  era  indudablemente  subversivo  en  un 
medio  que  creía  inmoral  a  Zola  y  apenas  admitía  a 
Maupassant.  El  desafío  al  medio  social  que  represen- 
taba la  novela  de  Quiroga  está  explícito  en  el  título 
y  en  el  tema  mismo.  Pero  también  queda  muy  a  la 
vista  en  algunos  pasajes  de  la  novela.  En  el  capítulo 
quince,  por  ejemplo,  toda  la  náusea  que  despierta  en 
Rohán  la  hipocresía  burguesa,  su  tartufismo  sexual, 
aparece  expresada  en  los  términos  más  duros  y  des- 
deñosos. En  ese  capítulo  se  reconoce  al  joven  autor 
que  había  proclamado  en  sus  comienzos  la  revolución 
sexual  en  la  lejana  ciudad  natal  de  Salto,  que  había 
practicado  (aunque  moderadamente)  los  paraísos  ar- 
tificiales en  el  Consistorio  del  Gay  Saber,  de  Monte- 
video, que  había  sido  y  seguiría  siendo  siempre  un 
anarquista  de  corazón.  Su  odio  y  su  incomprensión  a 
los  valores  burgueses  del  sexo,  esa  vocación  inconte- 
nible de  Don  Juan  que  juega  el  juego  del  noviazgo 
para  burlar  esos  mismos  cañones  que  parece  aceptar, 
ese  lobo  que  disimula  las  uñas  y  los  afilados  dientes, 
aparecen  a  las  claras  en  la  violencia  con  que  siente 
y  se  expresa  Rohán  en  ese  capítulo  de  la  novela. 

Siempre  se  creyó  Quiroga  un  ser  fuera  de  serie,  un 
perseguido,  un  fronterizo,  como  dirá  más  tarde  en  una 
magistral  carta  a  Martínez  Estrada.  La  novela  que  pu- 


XXII 


PROLOGO 


blica  en  1908  es  un  guantazo  mucho  más  insolente  a 
la  sociedad  rioplatense  que  lo  que  había  sido  su  pre- 
maturo libro,  Los  arrecifes  de  coral,  siete  años  antes. 
Porque  ahora  Quiroga  va  más  lejos,  cala  más  hondo. 
Es  también  más  sutil.  El  narrador  ha  dejado  caer  las 
más  obvias  exquisiteces  del  decadentismo  algo  fanta- 
sioso para  explorar  con  ahinco  algunos  personajes 
típicos  del  mundo  burgués  porteño  del  novecientos. 
A  través  de  Rohán,  y  también  de  los  personajes  de 
"Los  perseguidos",  Quiroga  ha  mostrado  con  una  sú- 
bita, confusa  iluminación,  las  raíces  del  mal.  Mucho 
más  tarde  Roberto  Arlt  y  Juan  Carlos  Onetti  volve- 
rían sobre  el  mismo  ambiente  para  recrearlo  con  el 
mayor  rigor  alucinatorio. 

Por  su  carácter  explosivo  resulta  asimismo  tanto 
más  importante  que  el  libro  haya  sido  publicado  con 
la  mayor  sobriedad  tipográfica.  En  una  carta  en  que 
discute  la  aparición  de  la  novela  fmayo  7,  1907)  ya 
se  vé  el  rumbo  que  ahora  toma  el  esteticismo  de  Qui- 
roga: "Pienso  también  hacer  edición  amarilla,  tipo 
francés  común,  y  sin  carátula,  por  lo  tanto.  Me  he 
enfangado  tanto  antes  en  decadencias,  bellos  gestos  y 
singularizaciones,  que  t^ngo  horror  a  todo  lo  aue  pue- 
da hacer  creer  en  una  de  aquellas  cosas."  El  libro 
será  editado  con  tapas  blancas  v  sin  dibujo  alguno, 
en  un  afán  todavía  más  extremo  de  sobriedad.  Quiroga 
ya  no  tenía  que  seguir  asustando  a  sus  lectores  con 
mujeres  ojerosas  y  amarillas,  como  la  que  aparece  en 
la  carátula  de  Los  arrecifes  de  coral.  La  sustancia 
verdaderamente  explosiva  estaba  adentro. 

Emir  Rodríguez  Monegal 

NOTA,  —  La  biografía  de  Delgado  y  Brignole  a  que  me 
refiero  en  el  texto  fue  publicada  en  Montevideo,  1939  Las 
cartas  a  José  María  Fernández  Saldaña  están  recogidas  en  el 
volumen  II  de  Cartas  inéditas,  de  Quiroga»  publicado  por  el 
Instituto  Nacional  de  Investigaciones  y  Archivos  Literarios, 
de  Montevideo,  1959.  La  carta  a  Enrique  Amorim  es  inédita 
y  se  custodia  en  el  Departamento  de  Investigaciones  de  la 
Biblioteca  Nacional  de  Montevideo, 


XXIII 


HORACIO  QUIROGÁ 


Nació  en  la  ciudad  de  Salto  el  31  de  diciembre  de  1878, 
hijo  de  Prudencio  Quiroga  y  de  Pastora  Forteza  Cursó  estu- 
dios primarios  en  la  escuela  Hiram  y  secundarios  en  el  Insti- 
tuto Politécnico  de  Salto»  en  la  Universidad  de  Montevideo 
y  en  el  Colegio  Nacional  de  esta  ciudad. 

Vuelve  a  Salto,  colabora  en  "La  Reforma",  "La  Revista 
Social"  y  "Gil  Blas".  Funda  y  dirige  en  1899  "La  Revista 
de  Salto",  En  1900  viaja  a  París.  A  su  regreso  a  Montevideo 
funda  "El  Consistorio  del  Gay  Saber"  y  obtiene  el  segundo 
premio  en  el  Concurso  promovido  por  el  semanario  "La  Albo- 
rada", con  el  cuento  Sin  razón  pero  cansado.  Publica  Los 
arrecifes  de  coral  (Mont.,  "El  Siglo  Ilustrado",  1901),  En  1902 
accidentalmente  mata  a  su  amigo  Federico  Ferrando.  Se  ausen- 
ta a  Buenos  Aires  donde  se  dedica  a  la  enseñanza.  Acompaña 
a  Leopoldo  Lugones  a  San  Ignacio  \  Misiones)  en  1903.  Escribe 
El  crimen  del  otro  (B.  A.,  E.  Spinelli,  1904).  Va  al  Chaco  a 
cultivar  algodón,  negocio  que  fracasa  y  regresa  a  Buenos 
Aires.  Colabora  en  "Caris  y  Caretas",  reingresa  en  el  magis- 
terio, compra  tierras  en  San  Ignacio  y  da  a  conocer  Historia 
de  un  amor  turbio  y  Los  perseguidos  (B.  A.,  Moen,  1908). 
Se  casa  con  Ana  María  Cires  en  1909.  Es  designado  Juez  de 
Paz  y  Oficial  del  Registro  Civil  en  San  Ignacio.  Se  dedica  a 
diversas  industrias  y  colabora  además  en  vanas  revistas.  En 
1915  pierde  a  su  esposa.  Regresa  a  Buenos  Aires  y  publica 
*  Cuentos  de  amor,  de  locura  y  de  muerte  (B.  A.,  Mercatali, 

1917)t  al  tiempo  que  es  nombrado  Secretario  -  contador  del 
consulado  uruguayo.  Da  a  las  prensas  Cuentos  de  la  selva 
(B,  A.,  Mercatali,  1918),  El  salvaje  (B.  A,  Mercatali,  1920)  y 
Las  sacrificadas  (B.  A.,  Agencia  General  de  Librería  y  Pu- 
blicaciones, 1920).  Edita  Anaconda  (B.  A.,  Mercatali,  1921). 
Es  designado  Secretario  de  la  Misión  uruguaya  al  Brasil  en 
1922.  Da  a  publicidad  El  desierto  <B.  A.,  Babel,  1924)  y 
Los  desterrados  (B.  A.,  Babel,  1926).  Se  vuelve  a  casar  con 
María  Elena  Bravo,  colabora  en  "El  Hogar"  y  otra*  revistas 
y  aparece  Pasado  amor  <B.  A.,  Babel,  1929).  Consigue  en 
1931  su  traslado  a  San  Ignacio»  pero  el  15  de  abril  de  1934 
se  le  declara  cesante.  Vive  amargos  momentos  económicos, 
publica  Más  allá  (Mont. -B.  A,  Porter,  1935)  e  inicia  sus 
trámites  jubdlatorios.  El  Ministerio  de  Relaciones  Exteriores 
le  nombra  Cónsul  Honorario  en  San  Ignacio.  Sintiéndose  en- 
fermo viaja  a  Buenos  Aires,  se  interna  en  el  Hospital  de 
Clínicas  y  convencido  de  que  su  mal  es  incurable,  se  suicida 
el  19  de  febrero  de  1937. 


XXIV 


CRITERIO  DE  LA  EDICION 


Historia  de  un  amor  turbio  fue  publicada  por  primera  vez, 
conjuntamente  con  Los  perseguidos,  en  Buenos  Aires,  por 
Amoldo  Moen  y  hermano,  en  1908.  Máa  tarde,  es  reeditada  por 
la  Editorial  Babel»  Buenos  Aires,  1923»  con  la  indicación  de 
"nueva  edición  corregida",  presentando  sustanciales  modifica- 
ciones, que  se  repiten  en  las  ediciones  posteriores. 

La  presente  edición,  reproduce  el  texto  de  la  de  1923  eli- 
minando algunas  obvias  erratas,  manteniendo  su  puntuación 
y  actualizando  en  general  su  ortografía 


XXV 


HISTORIA  DE 
UN  AMOR  TURBIO 


I 


Una  mañana  de  abril,  Luis  Rohán  se  detuvo  en  Flo- 
rida y  Bartolomé  Mitre.  La  noche  anterior  había  vuelto 
a  Buenos  Aires,  después  de  año  y  medio  de  ausencia. 
Sentía  así  mayor  el  disgusto  del  aire  maloliente,  de 
la  escoba  matinal  sacudiendo  en  las  narices,  del  vaho 
pesadísimo  de  los  sótanos  de  confitería.  El  bello  día 
hacíale  echar  de  menos  su  vida  de  allá.  La  mañana 
era  admirable,  con  una  de  esas  temperaturas  de  otoño 
que,  sobrado  frescas  para  una  larga  estación  a  la  som- 
bra, piden  el  sol  durante  dos  cuadras  nada  más.  La 
angosta  franja  de  cielo  recuadrada  en  lo  alto,  evocá- 
bale la  inmensidad  de  sus  mañanas  de  campo,  sus  tem- 
pranas recorridas  de  monte,  donde  no  se  oían  ruidos 
sino  roces,  en  el  aire  húmedo  y  picante  de  hongos  y 
troncos  carcomidos. 

De  pronto  sintióse  cogido  del  brazo. 

— ¡Hola,  Rohán!  ¿De  dónde  diablos  sale?  Hace 
más  de  ocho  años  que  no  lo  veo . . .  Ocho,  no ;  cuatro 
o  cinco,  qué  sé  yo. . .  ¿De  dónde  sale? 

Quien  le  detenía  era  un  muchacho  de  antes,  asom- 
brosamente gordo  y  de  frente  estrechísima,  al  cual  lo 
ligaba  tanta  amistad  como  la  que  tuviera  con  el  car- 
tero; pero  siendo  el  muchacho  de  carácter  alegre, 
creíase  obligado  a  apretarle  el  brazo,  lleno  de  afectuosa 
sorpresa, 

—Del  campo  —  repuso  Rohán  — .  Hace  cinco  años 
que  estoy  allá.,, 

— ¿En  la  Pampa,  no?  No  sé  quién  me  dijo. . . 
— No,  en  San  Luis. . .  ¿Y  usted? 


[31 


HORACIO  QUIROGA 


— Bien.  Es  decir,  regular» . .  Cada  vez  más  flaco 

—  agregó  riéndose,  como  se  ríe  un  gordo  que  sabe 
bien  que  habla  en  broma  de  la  flacura — .  Pero  usted, 

—  prosiguió —  cuénteme:  ¿qué  hace  allá?  ¿Una  es- 
tancia, no?  No  sé  quién  me  dijo..,  ¡También!  ¡Sólo 
a  usted  se  le  ocurre  irse  a  vivir  al  campo  I  Usted  fue 
siempre  raro,  es  cierto ...  ¿A  qué  usted  mismo  tra- 
baja? 

— A  veces. 

— ¿Y  sabe  arar? 

— Un  poco, 

— ¿Y  usted  mismo  ara? 
— A  veces. . . 

— ¡Qué  notable!...  ¿Y  para  qué? 

El  muchacho  obeso  gozaba,  muy  contento,  a  pesar 
de  la  tortura  del  cuello  que  lo  congestionaba,  del  pan- 
talón que  bajo  el  chaleco  lo  ceñía  hasta  el  pecho,  aho- 
gándolo. Sentíase  felicísimo  con  la  ocasión  de  un  hom- 
bre raro  que  no  se  ofendía  de  sus  risas. 

— Sí,  el  otro  día  leí  una  cosa  parecida...  ¿Astor- 
ga,  eh?  ¿Tolstoi,  eh?  ¡Qué  bueno !..♦ 

Y  a  pesar  de  todo  era  un  buen  muchacho  quien  le 
hablaba,  lo  que  hacía  pensar  de  nuevo  a  Rohán  en  la 
dosis  de  corrupción  civilizadora  que  se  necesita  para 
convertir  en  ese  imbécil  escéptico  a  un  honrado  mu- 
chacho. 

Por  ventura,  Juárez  había  pasado  a  mejor  tema,  in- 
formando a  Rohán  en  tres  minutos  de  una  infinidad 
de  cosas  que  éste  jamás  hubiera  soñado  averiguar. 

Rohán  lo  oía  como  se  oye  sin  querer,  cuando  uno 
está  distraído,  la  charla  lejana  de  los  peones  en  la 
chacra.  De  pronto  Juárez  notó  que  la  mirada  de  su 
amigo  pasaba  fija  sobre  él,  y  callándose  miró  a  su 
vez. 


[4] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


Dos  chicas  de  luto  avanzaban  por  la  vereda  de  en- 
frente. Caminaban  con  la  firme  armonía  de  paso  que 
adquieren  las  hermanas,  el  cuerpo  erguido  y  las  ca- 
bezas serias  y  decididas.  Pasaron  sin  mirar,  la  vista 
fija  adelante.  Rohán  las  siguió  con  los  ojos. 

— Son  las  de  Elizalde  —  dijo  Juárez,  bajando  a  la 
calle  para  estorbar  menos  y  conversar  mejor  — •  ¡Qué 
tiempo  que  no  las  veía!  ¿Las  conoce? 

. — Un  poco.  .  . 

— No  lo  vieron.  Son  monas  chicas,  sobre  todo  la 
más  alta.  Es  la  menor.  Viven  en  San  Fernando .  - . 
Están  muy  pobres. 

— Yo  creía  que  tenían  fortuna, .  ♦ 

— Sí,  en  otro  tiempo.  El  padre  estaba  bastante  bien. 
Aunque  con  el  tren  que  llevaban . . .  Tenía  hipotecado 
todo.  Murió  hace  cerca  de  un  año. 

Rohán  no  pudo  menos  de  hacerlo  notar: 

— Bien  enterado. . . 

El  muchacho  obeso  soltó  una  gran  carcajada,  echan* 
dose  adelante  de  risa  como  una  mujer. 

— ¡No  tanto,  no  sea  tan  malo!  — repuso — .  ¡Hay 
que  dejar  de  ser  pobres,  amigo  Rohán!  No  todos  te- 
nemos la  suerte  de  heredar  estancias* . .  aunque  ten- 
gamos que  arar  — añadió  con  otra  carcajada,  suje- 
tándose de  las  solapas  de  Rohán  con  cariñosa  confianza. 

Se  fijó  así  en  el  traje  de  éste. 

— No  trabaja  con  esta  ropa,  ¿verdad?  . . .  ¿Por  qué 
no  viene  de  botas? 

Pero  Rohán  se  había  cansado  ya  del  excelente  ani- 
xnalito,  y  caminaba  solo. 

Lo  que  Juárez  ignoraba  es  que  Rohán  conocía  ex- 
cesivamente a  las  de  Elizalde.  Tras  una  amistad  de 
diez  años  con  la  casa,  Eglé,  la  menor,  había  BÍdo  su 
novia.  La  había  querido  inmensamente.  Y  allí  estaban, 


[5] 


HORACIO  QUIROGA 


sin  embargo;  ella  paseando  con  su  hermana  su  belleza 
de  soltera,  y  él,  soltero  también,  trabajando  en  el 
campo  a  doscientas  leguas  de  Buenos  Aires.  ¡Eglé! . . . 
Repetíase  el  nombre  en  voz  baja,  con  la  facilidad  de 
quien  antes  ha  pronunciado  mucho  una  palabra  en 
distintos  estados  de  ánimo.  Pero,  a  pesar  de  que  esas 
dos  sílabas  conocidísimas  le  evocaban  distintamente 
las  escenas  de  amor  en  que  las  pronunció  con  más 
deseo,  constataba  que  de  toda  la  vieja  pasión  no  le 
quedaba  sino  el  cariño  al  nombre,  nada  más.  Y  lo 
murmuraba,  sintiendo  únicamente  al  oírlo  una  dulzura 
oscura  de  palabra  que  antes  expresó  mucho,  como  los 
idiotas  que  con  la  vista  fija  repiten  horas  enteras: 
—  mamá. . . 

— ¡Cuánto  la  he  querido!  — se  decía,  esforzándose 
en  vano  por  conmoverse.  Recordaba  las  circunstancias 
en  que  se  había  sentido  más  feliz ;  se  veía  a  sí  mismo, 
la  veía  a  ella,  veía  su  boca,  su  expresión . „  ♦  Pero  todo 
esto  con  excesiva  prolijidad,  esforzándose  más  en  re- 
cordar la  escena  que  sus  sensaciones,  como  quien  trata 
de  fijarse  bien  en  una  cosa  para  contarla  después  a 
un  amigo. 

Caminaba  siempre,  pensando  en  ella,  cuando  se  le 
ocurrió  de  pronto  ir  a  verla. 

¿Por  qué  no?  Aunque  después  del  rompimiento  no 
había  vuelto  más  a  casa  de  Eglé,  aquél  había  sido  pro- 
vocado por  causas  tan  particulares  de  ellos  dos,  que  no 
halló  inconveniencia  en  hacerlo.  Sintió  sobre  todo  viva 
curiosidad  de  ver  qué  emoción  sería  la  suya  cuando  se 
miraran  en  plenos  ojos,..  Y  de  nuevo  evocaba  la 
mirada  de  amor  de  Eglé,  deteníala  largo  rato  ante  la 
suya,  tratando  inútilmente  de  revivir  su  dicha  de  aque- 
llos momentos.  Sabía  por  Juárez  que  vivían  en  San 
Fernando;  costaríale  poco  averiguar  dónde. 


[6] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


Al  día  siguiente,  a  las  tres,  estaba  en  el  Retiro. 
Ahora  que  se  acercaba  a  ella,  que  iba  a  verla  antes 
de  una  hora,  sentíase  emocionado.  Anticipaba  men- 
talmente su  llegada,  la  sorpresa,  las  primeras  palabras, 
la  ambigua  situación. . ,  Volvía  en  sí,  y  suspiraba  hon- 
damente para  recobrar  su  pleno  equilibrio.  Pero  al 
rato  recomenzaba  el  proceso  — retrospectivo  esta 
vez — ;  y  así,  con  los  ojos  fijos  en  la  ventanilla,  mien- 
tras las  chacras,  las  quintas  y  las  casetas  del  guarda- 
vía colocábanse  sucesivamente  bajo  su  visual,  volvió 
al  pasado. 

II 

Rohán  conoció  a  la  familia  de  Elizalde  cuando  te- 
nía veinte  años.  Acababa  de  suspender  sus  estudios  de 
ingeniería,  en  el  comienzo,  verdad  es,  pero  no  por  eso 
con  menos  disgusto  de  su  padre,  el  cual  desde  el  fon- 
do de  la  estancia  mandóle  decir  tranquilamente  que, 
puesto  que  quería  ser  libre,  nada  más  justo  que  vi- 
viera por  su  cuenta  y  riesgo.  Rohán,  por  su  parte,  ha- 
lló muy  razonable  la  meditación  paterna,  y  poco  des- 
pués lograba  instalarse  en  el  Ministerio  de  Obras 
Públicas,  en  calidad  de  dibujante.  Muy  pobre,  pero 
libre.  Su  padre  entregóse,  sobre  esa  curiosa  libertad, 
a  las  constantes  cavilaciones  que  provoca  la  falta  de 
ambición  de  un  hijo  inteligente,  en  un  padre  igno- 
rante, trabajador  y  económico.  Hubo  al  fin  de  con- 
densar el  irresoluble  problema  en  la  fórmula  más 
irresoluble  aún:  "Cómo  de  un  padre  como  yo..."  Y 
no  se  preocupó  más  de  su  hijo. 

Hizo  bien,  porque  éste  tampoco  se  preocupaba  de 
sí  mismo.  Un  año  después  conocía  a  Lola  y  Mercedes 
Elizalde,  y  la  manifiesta  simpatía  de  la  familia  llevá- 

[7] 

3 


HORACIO  QUIROGA 


balo  a  frecuentar  los  días  de  recibo,  y  más  tarde  las 
comidas  íntimas» 

Indudablemente,  en  la  afable  recepción  de  la  madre 
influía,  como  un  suspiro  de  posible  felicidad,  la  for- 
tuna venidera  de  cierto  joven  amigo;  pero  aparte  de 
este  detalle  íntimamente  familiar,  la  dueña  de  casa 
estimaba  bien  a  Rohán  — a  de  Rohán,  como  decía 
Mercedes. 

Mercedes  solía  ir  apresuradamente  a  su  encuentro, 
recibiéndolo  con  una  profunda  reverencia  de  otros 
siglos,  como  convenía  ante  el  vástago  de  tan  noble 
alcurnia.  Hablábale  a  veces  en  tercera  persona,  sin 
dirigirse  a  él.  Tenía  diecisiete  años.  Era  muy  bella, 
bastante  delgada  de  cara.  Sus  ojos  largos  y  sombríos 
daban  a  su  semblante,  cuando  estaba  distraída  con 
malestar,  una  expresión  de  sufrimiento  antiguo  cuya 
fatiga  dolorosa  ha  quedado  en  el  rostro,  expresión  de 
una  edad  mucho  mayor,  y  común  en  las  muchachas 
inteligentes  que  se  han  desarrollado  muy  pronto. 

Sus  nervios  la  mataban.  Siendo  criatura,  había  so- 
ñado que  un  pájaro  le  devoraba  las  manos  a  picota- 
zos. Nunca  pudo  recordar  ese  sueño  sin  revivir  la 
vieja  angustia  y  esconder  las  manos.  Cuando  tenía 
quince  años  adquirió  la  costumbre  de  acostarse  ves- 
tida, después  de  comer.  A  la  una  se  levantaba,  la  casa 
en  silencio.  Iba  a  la  sala,  paseaba  aburrida,  tocaba  un 
momento  el  piano  a  la  sordina,  miraba  uno  a  uno  los 
cuadros,  deteniéndose  ante  ellos  largo  rato  como  si 
nunca  los  hubiera  visto ;  y  despuéB  de  una  hora  volvía 
más  aburrida  a  la  cama. 

Estando  nerviosa,  su  tormento  eran  las  manos;  no 
sabía  qué  hacer  con  ellas.  Rohán  se  reía  al  notarlo, 
y  Mercedes  le  hacía  horribles  muecas  que  la  indigna- 
ción de  la  madre  jamás  podía  contener.  Cuanto  más 


[8] 


HISTORIA  DE  UN  AMOH  TURBIO 


se  burlaba  Rohán,  más  exageraba  Mercedes,  aunque 
sabía  bien  que  se  ponía  colorada  y  en  ridículo. 

En  la  segunda  o  tercera  visita  de  Rohán,  la  señora 
habíale  preguntado  con  afectuosa  indiscreción  si  des- 
cendía de  los  duques  de  Rohán,  de  Francia.  Rohán, 
que  en  ese  instante  se  miraba  las  uñas  de  cerca,  res- 
pondió: 

— No,  señora;  mi  abuelo  era  zapatero  — .  Y  levantó 
la  vista,  mirando  tranquilamente  a  la  señora.  La  fami- 
lia cruzó  entre  sí  una  rápida  ojeada,  aprestándose  a 
defender  altivamente  la  casta  contra  el  agresivo  su- 
jeto. Pero  pronto  hubieron  de  convencerse  de  que 
Rohán  parecía  tener  sobrada  discreción  —  tal  vez  un 
poco  despreciativa — ,  para  agredir  de  ese  modo. 

Lola  tenía  veintidós  años  cuando  Rohán  la  conoció. 
Era  más  bien  gruesa,  bastante  miope,  y  tan  blanca 
qiie  sus  brazos  daban  la  impresión  de  estar  siempre 
fríos.  Era  poco  inteligente,  pero  con  tal  equilibrio 
mental,  que  no  erraba  casi  nunca.  Vestía  muy  bien, 
con  innata  noción  del  gusto.  Esto  escapaba  a  Merce- 
des, demasiado  aguda  en  sus  predilecciones,  lo  que  la 
llenaba  de  fraternal  envidia. 

Lola  no  era  rápida  de  ingenio,  ni  le  agradaba  el 
flirteo  espiritual  en  que  su  hermana  amaba  precipi- 
tarse. Lo  cual  no  obstaba  para  que  se  sonriera  al  oírla, 
pero  lo  hacía  plácidamente,  como  si  suspirara  cami- 
nando. 

Como  había  en  ella  toda  la  preocupación  y  cordura 
vigilante  de  una  madre,  tenía  predilección  por  Egié, 
de  nueve  años,  bien  que  representara  menos.  Cuidaba 
de  ella  con  prolijidad  de  hermana  mayor,  soltera  y 
sensata,  que  hacía  reír  a  la  madre.  La  criatura  comía 
a  su  lado,  buscando  el  apoyo  de  sus  ojos  cuando 
estaba  indecisa.  Lola  era  quien  la  arreglaba  todas  las 


[9] 


HORACIO  QUIROGA 


mañanas  para  ir  al  colegio.  Sentada  en  una  silla  baja, 
con  la  criatura  de  pie  entre  sus  muslos,  observaba  sin 
fatigarse  el  distinto  efecto  de  sus  lazos,  con  la  aten- 
ción estudiosa  de  las  mujeres  que  observan  de  cerca 
un  paño. 

Roban  conoció  apenas  al  padre.  Rara  vez  lo  ha- 
llaba, ni  aún  en  la  mesa.  Era  un  hombre  bajo  y  del- 
gado, de  color  cetrino  y  ademanes  bruscos.  Parecía 
simpatizar  muy  poco  con  Rohán, 

La  madre  tenía,  bajo  el  aparente  descuido  de  su 
bonachona  negligencia  de  obesa,  la  naturaleza  sensata, 
campesina  y  calculista  de  que  salen  las  hijas  histé- 
ricas. 

III 

Indudablemente,  dado  el  modo  de  ser  de  Mercedes, 
era  ésta,  de  las  dos  hermanas,  aquella  con  quien  Rohán 
se  hallaba  más  a  gusto.  En  efecto,  Mercedes  y  Rohán 
se  querían  cordialmente.  Ni  uno  ni  otro  se  esforzaban 
en  buscar  más  plausible  motivo  a  su  afecto.  Alguna 
vez,  sin  embargo,  llevaron  la  gracia  un  poco  lejos. 

— ¿Qué  respondería  usted,  señorita  Mercedes,  si  yo 
le  dijera  un  día  que  la  quiero? 

— Y  si  el  señor  de  Rohán  estuviera  seguro  de  que 
yo  lo  quiero,  ¿qué  me  diría? 

Tras  lo  cual  se  echaban  a  reír„  como  era  conve- 
niente. Pero  como  fuera  de  estos  momentos  de  excesi- 
va proximidad,  Rohán  no  estaba  absolutamente  ena- 
morado de  ella,  las  cosas  quedaban  ahí.  La  madre 
miraba  a  veces  al  muchacho  sorprendida  de  su  terque- 
dad. Si  en  verdad  todos  sabían  que  Rohán  era  única- 
mente amigo  de  ellos,  bien  podría  él  comprender  por 
qué  le  habían  abierto  la  casa  con  esa  soltura*  Rohán 


[10] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


lo  comprendía  muy  bien;  pero  como  contaba  escasa- 
mente con  su  corazón,  y  nada  con  la  fortuna  a  venir, 
hallaba  muy  satisfactoria  esa  equívoca  situación* 

En  cuanto  a  la  pequeña  Eglé,  sus  relaciones  con  ella 
se  limitaban  a  muy  poca  cosa:  medio  minuto  de  con- 
versación, los  miércoles  de  tarde,  cuando  la  criatura 
volvía  del  colegio  con  la  sirvienta.  Rohán  las  encon- 
traba indefectiblemente  en  Piedras,  entre  Victoria  y 
Alsina.  El  cruzaba  la  vereda  y  Eglé  se  detenía.  Al 
principio,  Rohán  se  contentaba  con  preguntarle  cómo 
estaban  en  la  casa  y  con  enviar  recuerdos.  Una  noche 
Mercedes  lo  fastidió  dos  horas  con  alusiones  a  ciertas 
citas  que  él  tenía  en  la  calle.  Apenas  al  fin  se  había 
él  dado  cuenta  de  que  se  refería  a  sus  encuentros  con 
Eglé.  El  miércoles  siguiente,  al  hallar  a  ésta,  recordó 
la  broma  y  habló  gravemente  a  la  criatura,  en  el  pre- 
ciso sentido  de  que  se  encontraba  profundamente  dis- 
puesto a  dar  un  beso  a  su  novia,  Eglé.  Desde  entonces 
fue  decidido  por  Mercedes  que  Rohán  besaría  a  Eglé 
siempre  que  la  hallara  en  la  calle,  cual  concernía  a 
un  conquistador. 

— Sus  conquistas  habituales  son  mejores;  ¿verdad, 
Rohán?  —  preguntábale  Mercedes  con  afectuosa  lan- 
guidez. 

— A  veces. 

— ¡Es  usted  tan  buen  mozo! 

— Lo  cual  me  alegra,  porque  hemos  decidido  con 
Eglé  que  los  besos  que  le  doy  no  son  para  ella. .  • 

— ¡Ah,  no!  ¡Si  es  por  eso,  puede  evitarlos,  amigo! 
—  cortó  Mercedes  desdeñosamente. 

Poco  después  Rohán  se  olvidó  de  esto,  y  cuando  en- 
contraba a  Eglé  seguía  por  su  vereda,  contentándose 
las  más  de  las  veces  con  enviar  a  la  criatura  cortada 
un  grave  saludo  con  el  sombrero. 


[11] 


HORACIO  QUIROGA 


IV 

En  estas  circunstancias  Rohán  recibió  una  carta  de 
afuera.  Su  padre,  cansado  de  la  falta  de  aspiración 
de  su  hijo,  decidíase  a  enviarlo  a  Europa  por  un  par 
de  años.  "Creo  que  volverás  más  inútil  aún;  pero  me 
quedará  el  consuelo  de  haber  hecho  lo  posible  por  tí." 

El  viaje  parecióle  bien  a  Rohán.  Estaba  harto  de 
planos,  lotes,  colonias  y  tinta  colorada.  Además,  hacía 
dos  meses  que  comenzaba  a  preocuparle  su  estómago. 
Heredero,  por  parte  de  madre,  de  una  notable  dosis 
de  neuropatías,  había  salvado  hasta  entonces  su  di- 
gestión. Verdad  es  que  su  misma  tolerancia  gástrica 
fuera  excesiva,  pues  no  hubo  "bismark"  ni  caviar  bas- 
tante especioso  para  sus  trasnochadas. 

Tenía,  como  todos  los  muchachos,  el  temor  de  debi- 
litarse si  no  compensaba  seis  u  ocho  horas  nocturnas 

—  a  veces  de  charla,  únicamente —  con  terribles  ali- 
mentos. Esa  noche  tenía  pesadillas  y  se  levantaba  al 
día  siguiente  con  la  frente  caliente  y  la  boca  amarga; 
pero  muy  satisfecho  de  haber  repuesto  las  fuerzas  per- 
didas. Luego  había  suspendido  las  cenas;  mas  el  es- 
tómago, maltratado  sobrado  tiempo,  continuaba  mal. 

Acogió  de  este  modo  el  viaje  a  Europa,  por  lo  que 
se  refiere  a  su  digestión,  como  uno  de  los  tantos  extra- 
ordinarios remedios  con  que  cavilan  los  dispépticos, 

—  que  nada  les  exigen  por  su  parte.  Esto  no  obstó 
para  que  la  víspera  de  su  viaje  comiera  en  lo  de  Eli- 
zalde  todo  aquello  que  es  capaz  de  ofrecer  una  dueña 
de  casa  a  un  huésped  sano  y  distinguido,  y  con  más 
solícita  razón  a  uno  delicado  del  estómago. 

— Un  poquito  de  egto,  Rohán;  es  muy  liviano. 
— Presumo  que  no,  señora.  Gracias. 


[12] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


— ¡Pero  un  poquito,  no  mas!  ¡No  puede  hacerle 
nada! 

— Me  va  a  hacer  mal,  señora . . . 

— ¡No  importa!  Pruehe  un  poquito* 

Rohán  comía,  y  los  cariñosos  ofrecimientos  conti- 
nuaban, pues  no  hay  en  el  mundo  dueña  de  casa  a 
la  cual  sea  posible  hacer  comprender  que  uno  es  en- 
fermo del  estómago,  o  que  no  es  precisamente  cortés 
exigir  una  pésima  noche  en  homenaje  a  la  comida 
que  se  nos  da.  Una  señora  que  sirve  su  mesa  no  ha- 
llará jamás  otro  motivo  al  rechazo  de  un  plato,  que 
la  timidez  del  huésped.  Este  tiene  el  fatal  deber  de 
halagar  debidamente  a  la  señora  por  el  honor  que  le 
hace,  y  de  aquí  la  espantable  respuesta  que  acababa 
de  dar  la  de  EHzalde  a  Rohán:  — No  importa  que  le 
haga  daño  > .  ♦ 

Rohán,  fastidiado,  comió  sin  resistir  más,  y  dos  ho- 
ras después  tenía  el  ineludible  puño  cerrado  en  la  boca 
del  estómago.  Su  desgano  aumentó,  sin  que  el  piano 
de  Mercedes  lo  animara.  Mercedes  tocaba  bien,  sobre 
todo  lo  sentimentaL  Era  ése  uno  de  los  fenómenos  que 
más  habían  preocupado  a  Rohán.  Constábale  que  Mer- 
cedes no  sentía  la  música  —  de  Chopin,  por  ejemplo. 
Y,  sin  embargo,  la  interpretaba  perfectamente.  Rohán 
se  preguntaba  cómo  podía  de  ese  modo  sentirla  tan 
bien  en  homenaje  a  los  hombres,  sin  que  ella  misma 
la  sintiera;  y  concluía  pensando  que  si  en  vez  de  ser 
conocido  por  melancólico,  se  tuviera  por  frivolo  a 
Chopin,  la  joven  tocaría  de  muy  distinto  modo. 

El  nocturno  concluyó. 

— ¿Qué  hace  ahí,  Rohán?  —  se  volvió  la  ejecutante. 
— Nada. 

—¿Nada?  ¿De  veras? 

— Nada.  ¿Quiere  que  haga  alguna  cosa? 


[13] 


HORACIO  QUTROGA 


— Sí,  vayase  al  balcón.  Está  horrible  esta  noche. 
— ¿I^e  duele  el  estómago,  Rohán?  —  intervino  la 
madre. 

— Un  poco,  señora. .  • 

— No  es  nada.  Yo  a  veces  siento  así . . .  Pero  de- 
bería cuidarse  un  poco  más.  ¡Usted  es  muy  desarre- 
glado! 

A  Rohán,  que  sentía  aún  el  gorda  dedo  de  la  madre 
hundiéndole  a  la  fuerza  en  la  garganta  su  comida,  le 
hizo  rabiosa  gracia  el  consejo.  Sacó  una  silla  al  bal- 
cón y  se  sentó. 

Adentro,  conversaron  un  rato  y  después  de  un  mo- 
mentáneo silencio,  se  levantó  la  voz  de  Lola,  mientras 
su  hermana  la  acompañaba,  al  piano.  La  voz  de  Lola 
no  era  expresiva,  y  aún  ajustaba  medianamente.  Pero 
como  todo  lo  que  ella  hacía,  sus  melodías  tenían  para 
Rohán  una  legítima  seducción:  voz  de  muchacha 
honrada  que  no  se  esfuerza  por  teatralizar,  y  que  por 
esto  mismo  está  llena  de  encanto, 

V 

Entretanto,  la  pequeña  Eglé  había  salido  al  balcón. 
Rohán,  ganado  por  la  belleza  de  la  noche,  atrajo  la 
criatura  a  sí,  y  comenzó  distraído  a  acariciarle 
el  cabello.  Poco  a  poco  Eglé  se  fue  aproximando  a 
su  amigo;  y  al  rato,  al  bajar  Rohán  la  mirada,  vio  los 
ojos  azules  de  Eglé  fijos  en  los  suyos  con  una  ex- 
presión de  hondo  examen,  —  o  más  bien  que  habiendo 
comenzado  siendo  examen,  ahora  no  era  sino  una 
honda  contemplación. 

La  criatura,  al  verse  observada,  miró  a  otro  lado. 
Rohán  detuvo  la  mano  que  la  acariciaba  y  Eglé  se 
apretó  más  a  él. 


[14] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


— ¿Se  va?  —  le  preguntó, 

—Sí,  mañana  — •  respondió  Rohán,  jugando  aho- 
ra con  el  cuello  de  Eglé. 

— ¿Se  va?  —  repitió  la  pequeña  al  cabo  de  un 
momento, 

— Sí,  mi  novia,  sí. . .  —  repuso  al  fin  Rohán,  un 
poco  sorprendido.  Notaba  algo  anormal  en  su  pequeña 
amiga.  La  criatura  volvió  a  mirarlo,  pero  apartó  en 
seguida  los  ojos.  Un  momento  después  los  alzó  de 
nuevo,  dilatados. 

— ¿Usted  me  quiere?  —  le  preguntó  Eglé  con  la 
voz  tomada. 

— Te  quiero  mucho,  Eglé. . . 

Ella  lo  miró  hasta  el  fondo  con  desconfiada  an- 
gustia. Luego  agregó,  mirando  a  otro  lado,  en  un  como 
doloroso  convencimiento  adquirido  desde  hacía  largo 
tiempo: 

— Yo  lo  quiero  mucho..  P 

Rohán  la  atrajo  más  a  sí  y  la  besó  enternecido: 
—Eglé... 

— j Lo  querré  siempre!...  —  continuó  Eglé,  casi 
por  llorar.  Rodeó  con  su  brazo  el  cuello  de  Rohán,  y 
se  mantuvo  así  estrechada  a  él.  Rohán,  mucho  más 
conmovido  de  lo  que  hubiera  creído,  le  preguntó  en 
voz  muy  baja: 

— Y  cuando  seas  grande,  ¿me  querrás? 

La  criatura  movió  a  uno  y  otro  lado  la  cabeza,  a 
modo  de  las  mujeres  ya  formadas,  cuando  la  pregunta 
lleva  ya  en  sí  su  dolorosa  respuesta: 

— ¡Sí,  sí! . . . 

— ¿Y  te  casarás  conmigo? 

Eglé  no  respondió;  pero  unió  más  su  cara  a  la  de 
él,  estremecida.  Sus  ojos  fijos,  llenos  de  lágrimas, 
contaron  a  la  luna  muy  alta  esa  insuperable  dicha 


[15] 


HORACIO  (JÜffiOGA 


que  nunca,  nunca  había  de  llegar.  No  hablaba  ya, 
abrazándole  siempre  y  con  su  mejilla  húmeda  apre- 
tada a  la  de  Rohán. 

Rohán  no  sabía  qué  hacer.  ¿Qué  decir  a  la  peque- 
ña? Sentíase  un  poco  en  ridículo.  Hasta  que  por  fin 
la  voz  de  Mercedes  lo  llamó  adentro.  Había  concluido 
la  música,  y  era  imperdonable  que  un  hombre  bien 
educado,  como  había  ciertas  presunciones  para  creerlo 
en  Rohán,  hiciera  tan  mezquino  caso  de  sus  amigas 
que  querían  distraerlo. 

— No,  oía  todo.  Muy  bien,  Lola. . .  Lástima  grande 
que  cuando  vuelva  no  la  oiré  más. 

— ¿Por  qué? 

— Porque  usted  estará  casada. 

— ¿Usted  cree?  — saltó  Mercedes — «  Con  ese  de 
ahora  no;  es  demasiado  informal  para  Lola.  A  mí 
me  gustaría...  ¿Me  lo  pasas,  Lola? 

Rohán  observó: 

— Si  estuviera  tan  seguro  de  vivir  cien  años  como 
de  que  la  voy  a  hallar  soltera, 

Mercedes  entornó  los  ojos,  y  muy  lentamente: 
— El  señor  Rohán  me  parece . . . 

-¿Qué? 

— ¡Oiga!  — prorrumpió — .  Esto  va  a  decir  usted: 
"De  nieve  están  cubiertos  mis  cabellos,\  . . 

La  madre  sacudió  los  hombros  ante  el  continuo  dis- 
paratar y  se  fue  adentro. 

<  Lola,  desde  el  sofá  en  que  se  oprimía  los  ojos,  ya 
con  sueño,  continuó: 

"Un  año  ausente  de  tus  ojos  bellos. . . 

— ¿Cuáles?  —  preguntó  Rohán. 

— ¡Bah!  — repuso  Mercedes,  hamacándose  con  las 
manos  entre  las  rodillas — :  Mis  ojos  no,  señor  du- 
que. . ,  —  Y  lo  miraba  insistentemente,  levantando  los 


[16] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


ojos  a  él  desde  el  "pouf",  con  una  de  esas  sonrisitas 
irónicas  que  nos  hacen  pensar  si  no  hemos  perdido 
antes,  mucho  antes,  alguna  ocasión  que  ya  no  nos 
concederán. 

Por  fin,  seriamente,  Rohán  se  despidió.  Eglé  estaba 
apoyada  muy  derecha  de  espaldas  en  la  cola  del  piano. 
Rohán  se  inclinó  y  le  levantó  el  mentón. 

— Adiós,  Eglé. 

— Adiós, . „ 

— ¿Me  quieres  dar  un  beso?  —  le  dijo  con  una 
segura  sonrisa  de  hombre  que  sabe  bien  dominar  la 
situación. 

Pero  la  criatura  lo  miró  en  los  ojos  tan  desconso- 
ladamente, que  Rohán  se  avergonzó  de  su  sonrisa  y 
,  no  la  besó. 

VI 

El  viaje  de  Rohán  duró  ocho  años.  Después  de  una 
larga  temporada  de  idilios  montmartrenses,  —  y  en 
bohardillas,  para  más  carácter,  a  ejemplo  de  todos 
los  muchachos  americanos  que  van  muy  jóvenes  a 
París  — ,  dedicóse  a  conocer  bien  la  pintura.  Frecuen- 
tó museos  y  talleres  con  la  asiduidad  exagerada  de 
quien  trata  de  convencerse  de  este  modo  de  un  amor 
que  no  siente  mucho;  leyó  cuanto  es  posible  leer  so- 
bre arte,  y  al  cabo  de  tres  años  de  esta  efervescencia 
de  erudición,  un  libro  cualquiera  le  hizo  ver  de  otro 
modo  las  cosas,  e  ingresó  en  un  taller  de  fotograbados, 
con  el  fin  de  hacerse  honradamente  útil.  Lo  primero 
que  hizo  fue  comprar  una  blusa  azul,  y  lo  segundo  pa- 
sear orgullosamente  con  ella.  Siguió  dos  meses  el 
aprendizaje.  Aprendió  cosas  preciosas  para  un  obrero, 
pero  absolutamente  superfluas  para  él.  Compró  una 


[17] 


HORACIO  QUTROGA 


máquina  completa  de  fotograbados  para  trabajar  lue- 
go, aunque  sabía  muy  bien  que  todo  eso  era  en  él 
una  monstruosa  farsa.  Hasta  que  al  fin,  devorado  de 
repugnancia  ante  sus  diarios  sofismas,  abandonó  todo. 

Su  padre,  bastante  encantado  de  esa  febril  procura 
de  vocación,  común  en  los  seres  que  no  tienen  fuerzas 
para  seguir  la  que  verdaderamente  sienten,  esperaba. 

Pero,  entretanto,  el  estómago  de  su  hijo,  que  había 
dejado  a  éste  en  paz  esos  largos  años,  volvía  a  digerir 
por  su  cuenta.  Tras  la  dispepsia  llegaron  los  estados 
neurasténicos,  y  con  éstos  la  desesperante  obsesión  de 
sentirlos.  Y  los  microbios,  y  el  terror  a  la  tuberculosis. 
Fueron  tres  años  duros,  sin  hacer  absolutamente  nada 
—  pensar  no  es  tarea  para  un  neurasténico  —  que 
Rohán  digirió  tan  penosamente  como  su  kéfir. 

VII 

Un  día,  sin  embargo,  saliendo  de  su  casa,  entró  en 
una  panadería  y  compró  cinco  céntimos  de  pan  que 
comió  hasta  la  ultima  migaja.  Hacía  una  semana  que 
no  tomaba  sino  tres  tazas  de  "yoghourt"  por  día.  Pero 
tras  largas  horas  de  cavilaciones  al  respecto,  había 
contado  éstas  por  fin  en  el  siguiente  razonamiento: 

Todo  trastorno  de  un  estómago  lesionado  cede  a 
un  régimen  adecuado  al  carácter  de  esos  trastornos: 
dieta,  leche,  bismuto,  bicarbonato.  Yo  he  ensayado 
todo  y  no  he  sentido  el  menor  alivio.  Si  mi  estómago 
estuviera  verdaderamente  enfermo,  al  cabo  de  un  mes 
de  severo  régimen  debería  sentirme  infaliblemente  me- 
jor; poco,  tal  vez,  pero  mejor.  Y  he  aquí  que  un  sim- 
ple trago  de  agua  me  hace  tanto  daño  como  una  comida 


[18] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


completa.  Lo  que  es  absurdamente  ilógico.  Luego,  yo 
no  tengo  nada  en  el  estómago. 

Tal  acaeció.  Salvo  el  malestar  de  la  glotonería,  nada 
sintió  con  su  pan,  y  desde  el  día  siguiente  se  encon- 
traba curado,  y  con  la  convicción  de  que  nunca  más 
dejaría  a  su  estómago  preocuparse. 

Sano  ya,  no  volvió  a  pensar  en  erudiciones  farsan* 
tes  ni  azules  blusas  de  trabajo.  Veía  claro  muchas  co- 
sas por  ia  sencilla  razón  de  haber  pagado  su  tributo 
de  zonceras  y  por  tener  sobre  todo  ocho  años  más. 
No  buscaba  más  vocaciones,  comenzando  ya  a  sentir 
oscuramente  la  suya,  que  debía  ser  más  adelante  una 
profunda  y  enfermiza  sinceridad  consigo  mismo.  Pero 
tampoco  se  hallaba  con  ánimo  para  nada,  y  al  cabo 
de  este  tiempo  volvió. 

Durante  su  estada  había  sostenido  con  las  de  Eli* 
zalde  poca  correspondencia.  Recibió  de  Mercedes  cinco 
o  seis  cartas,  que  él  contestó  con  gran  retardo.  En  los 
primeros  cuatro  años  envió  una  sola,  pues  quería  rom* 
per  con  todos  sus  recuerdos  de  América  para  vivir 
más  puramente  las  impresiones  de  París.  Luego,  la 
sinceridad  naciente  fue  borrando  poco  a  poco  todo 
aquello  que  no  era  suyo,  y  en  este  estado  escribió  a 
Mercedes  una  larga  carta  llena  de  cariño,  dándole 
cuenta  de  una  infinidad  de  cosas  nimias,  prueba  de 
que  se  sentía  más  bueno  y  más  contento.  Mercedes  le 
respondió  con  igual  extensión.  Supo  así  que  Lola  se 
había  casado,  pero  que  en  cambio  ella,  a  pesar  de 
"su  belleza",  corría  gran  riesgo  de  no  hacerlo  nunca. 
"Tengo  ya  veintiséis  años  y  ¡usted  está  tan  lejos!  ¿Se 
compuso  del  todo  de  su  estómago?",  etc.,  etc. 


[19  1 


HORACIO  QUIROGA 


VIII 

Ciertamente,  una  de  las  primeras  visitas  de  Rohán 
al  volver  fue  para  las  de  Elizalde.  Apenas  lo  entrevio 
Mercedes  desde  el  comedor,  gritó  hacia  adentro: 

— ¡Mamá,  mamá!  ¡Rohán  está  aquí!  ¡El  duque 
Rohán,  mamá! 

Y  se  precipitó  a  su  encuentro. 

— ¡Ya  no  podía  más,  amiga!  — tendió  las  manos 
Rohán — .  ¡Por  fin  la  veo! 

— Y  yo  me  moría.  ¿No  se  encontró  con  papá?  Se 
fue  hace  cuatro  meses.  ¿Cómo  le  fue?,  cuénteme. 
¿Cómo  le  fue? 

— Divinamente.  —  Y  tuvo  que  responder  a  las  fe- 
briles preguntas  de  asombrosa  incongruencia  de  la 
joven. 

La  madre  había  llegado.  De  pronto  Mercedes  se  in- 
terrumpió: 

—¿Y  Eglé?  ¿Eglé,  mamá?... 

Eglé  entraba  ya,  y  Rohán  se  sorprendió  de  recono- 
cer perfectamente  su  rostro  del  cual  no  creía  acor- 
darse más.  Solamente,  la  belleza  un  poco  angelical  de 
la  criatura  se  había  humanizado,  más  hermosa  ahora 
por  más  tangible,  más  deseable  y  por  estar  al  lado 
nuestro.  Se  dieron  la  mano  amistosamente. 

— ¡Cierto,  si  apenas  se  conocen!  — observó  Mer- 
cedes—. ¿Te  acuerdas  de  Rohán,  Eglé? 

— Me  acuerdo  —  respondió  Eglé  sonriendo.  Rohán 
se  acordó  también;  pero  la  joven  había  apartado 
tranquilamente  los  ojos  y  miraba  al  patio. 

Después  de  dos  horas  Rohán  se  levantó  para  irse. 

—Se  queda  a  comer,  ¿verdad?  —  lo  detuvo  tumul- 
tuosamente Mercedes.  La  joven  lo  observaba  desde 
hacía  un  momento. 


[20] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


— Le  hallo  la  expresión  cansada..,  ¿Enfermo,  no? 
Sí,  ya  sé  que  estuvo  enfermo...  Pero  no  es  eso:  fa- 
tigada, no  cansada. . .  ¿Por  qué  no,  mamá?  — levantó 
las  cejas,  al  ver  que  su  madre  se  encogía  de  hom- 
bros — .  Puede  estar  fatigada,  sin. . .  ¿Qué  edad  tiene? 
—  se  volvió  de  golpe  a  Rohán. 

— Veintiocho  años. 

— Vamos  a  ver,  dígame  cómo  estoy  yo.  — Y  se 
paró  frente  a  él,  con  la  manos  cruzadas  atrás — . 
¡Veamos!  ¿Soy  tan  linda  como  antes?  —  agregó,  ner- 
viosa ya  por  la  proximidad  y  el  examen. 

— Un  poco  más . . . 

— ¿Por  qué  un  poco  más?  ¿Y  por  qué  lo  dice  de 
ese  modo? 

Pero  como  él  se  contentaba  con  sonreír,  Mercedes 
le  hizo  de  soslayo  un  mohín  con  los  ojos  entornados, 
levantando  la  nariz. 

Luego,  en  la  mesa,  la  madre  lo  retuvo  media  hora, 
preguntándole  una  porción  de  cosas  de  Europa  que 
ella  sabía  tan  bien  como  él;  y  no  obstante  darse  cuen- 
ta del  desgano  con  que  Rohán  le  respondía  por  eso 
mismo,  persistía  en  su  empeño. 

Al  fin  tuvo  lástima  de  Rohán  y  lo  dejó  ir  a  la  sala, 
con  la  majestuosa  y  protectora  tolerancia  que  las  ma- 
dres acuerdan  a  los  hombres  para  que  pasen  a  la  sala 
donde  están  sus  hijas.  Mercedes  tocaba  el  piano  a 
vuelo  tendido. 

— ¿Le  dejó  ya  mamá?  ¡Que  horror!  Sea  bueno, 
siéntese  aquí,  cerquita  de  mi  ¿Cómo  le  fue  de  amores? 

— Muy  mal.  Usted  sabe  bien . . . 

— ¡No,  no,  en  serio!  ¿Cómo  le  fue? 

—Mal. 

— ¿De  veras?  —  le  preguntó  con  cariño. 
— De  veras. 


[21] 


HORACÍO  QUIROGA 


La  joven  lo  miró  pensativa, 

— Es  raro* . . 

—¿Por  qué? 

— No  sé,  me  parece. . . 

Rohán  se  rió, 

— No  obstante,  usted,  amiga,  nunca  se  enamoró  de 
mí. 

— ¡Oh!  Yo  soy  diferente...  Eso  es  distinto.  Fuera 
de  que  — agregó  después  de  un  instante — ,  a  pesar 
de  mis  vestidos  y  de  lo  que  el  duque  de  Rohán  me  atri- 
buye amablemente,  él  tampoco  se  ha  enamorado  de  mí. 

Se  miraron  sonriendo. 

— ¿Quién  sabe?  —  rompió  él. 

— ¿Quién  sabe?  — repitió  ella — .  ¿Qué  más?  — 
continuó,  comenzando  a  turbarse. 

— ¿Cómo,  qué  más? 

— Sí,  diga  otra  cosa. 

— ¡Pero  no  sé  nada! 

— ¡Dígame  cualquier  cosa,  pronto!  —  concluyó  la 
joven,  ya  alterada. 

Era  un  crimen  abusar  de  ella,  y  Rohán  suspendió 
el  juego, 

— ¡Esos  nervios,  amiga! 

— ¿Qué  nervios? 

— Los  suyos. 

— ¿Qué  tienen  mis  nervios? 

Estaba  lanzada  de  nuevo.  Pero  concluyó  por  enco- 
gerse desdeñosamente  de  hombros. 

— ¡Qué  aburrido  que  está  usted  hoy,  Rohán!  ¡Eglél 
—  se  volvió  a  ésta  que,  de  pie,  delante'  del  piano,  re- 
cordaba un  vals  con  un  dedo  — .  Siéntate  aquí.  Ahora 
Rohán  nos  va  a  contar  una  cosa  nueva. 

Eglé  se  sentó,  y  las  dos  hermanas,  atentas,  espera- 
ron. 


[22] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


El  las  miró  sorprendido;  pasó  un  momento,  y  la  ai- 
tuación  se  hizo  tan  francamente  ridicula,  que  se  echa- 
ron a  reir,  levantándose. 

IX 

Rohán  continuó  visitando  con  frecuencia  a  las  de 
Elizalde.  A  pesar  de  los  años  transcurridos,  el  carác- 
ter especial  de  su  amistad  con  Mercedes  no  cambió, 
aunque  tal  vez  ahora  las  constantes  provocaciones  de 
la  joven  habían  cobrado  una  forma  más  lánguida, 
más  retorcida,  más  segura,  en  que  se  sentía  ahora  a 
la  mujer  formada. 

Así,  en  una  de  estas  ocasiones,  Mercedes  se  obstinó 
en  que  Rohán  le  contara  algún  amor  suyo.  Cansado 
ya  de  rehusarse,  aquél  empezó  de  golpe: 

— Había  una  vez  una  madre  que  tenía  dos  hijas, 
con  la  mayor  de  las  cuales.  „  ♦ 

Mercedes  escuchaba,  inmovilizada  en  una  de  esas 
profundas  atenciones  que  hacen  sospechar  en  seguida 
que  se  está  pensando  en  otra  cosa.  Muy  pronto  lo  in- 
terrumpió: 

— ¿La  quiso  mucho? 

— Mucho. 

La  joven  quedó  callada  y  satisfecha. 
— Dígame  — añadió — ,  ¿usted  cree  que  a  mí  me 
hubiera  podido  querer  así? 
— Creo  que  no. 
— ¿Por  qué? 

— Porque  usted  no  me  hubiera  querido  como  ella, 
primero ;  después . . . 

Mercedes  se  echó  a  reir. 

— ¡  Imposible  I  Dice  muy  bien.  Hubiera  sido  pre- 
ciso. . .  ¿verdad?  Sí,  sin  duda. . .  ¿Y  si  yo  lo  hu- 

[23] 

4 


HORACIO  QUIROGA 


Mera  querido?  —  le  preguntó  con  los  ojos  y  la  son- 
risa entera  mareados. 

Rohán  acercó  a  ella  el  taburete  hasta  tocarle  las 
rodillas. 

— Veamos  — dijo — .  Adivine  lo  que  tengo  ganas 
de  hacer  en  este  momento. 
— Diga. 
— Suponga. 
— ¡No,  diga! 
— ¡No,  suponga! 

Se  sonrieron  un  largo  momento,  mirándose ;  y  Rohán 
pudo  seguir  línea  por  línea  el  cambio  del  semblante 
de  la  joven,  que  con  los  ojos  siempre  entornados  se 
iba  poniendo  gradualmente  seria,  como  cuando  ya 
comienza  la  emoción. 

Seguramente  Rohán  no  era  más  el  muchacho  de  an- 
tes, y  la  joven  sentía  que  ahora  no  dominaba  ella  la 
situación.  Sin  embargo  y  con  todo,  se  atrevió. 

— ¿ . .  .un  beso?. . . 

Rohán  sintió  el  fustazo  de  la  provocación,  y  los  de- 
dos se  le  crisparon.  Resopló  profundamente  y  optó  por 
levantarse,  poniendo,  al  hacerlo,  una  mano  en  las  ro- 
dillas de  la  joven. 

Mercedes  siguió  con  los  ojos  su  paseo,  y  al  rato  in- 
sistió aún,  arrastrando  la  sílaba: 

—...sí? 

— ¡Pero  es  idiota  lo  que  está  haciendo!  — se  vol- 
vió bruscamente  Rohán  a  ella  con  la  voz  dura — . 
Usted  bien  sabe  que  no  quiero,  ¿verdad?  ¿A  qué  esas 
zonceras?  Y  sobre  todo,  terrible  amiga,  le  juro  que 
no  estoy  absolutamente  enamorado  de  usted. 

Mercedes  lo  miraba  siempre,  pero  evidentemente  sin 
estar  ya  en  la  situación,  con  esa  peculiaridad  feme- 
nina de  apartarse  de  la  emoción  del  momento,  por 


[24] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


honda  que  sea,  para  imaginar  las  posibles  consecuen- 
cias de  un  cambio  de  situación:  si  ella  hubiera  res- 
pondido otra  cosa,  si  él  la  hubiera  besado,  etc,  etc 

Pero  Eglé  llegaba  felizmente,  y  todo  pasó.  Cuando 
Rohán  se  fue,  Mercedes  le  tendió  sus  manos  en  el 
vestíbulo,  muy  tranquila  y  alegre. 

— ¿Hasta  mañana,  no?  Es  decir,  hasta  el  lunes, 
¿Pero  por  qué  no  viene  mañana?  No  lo  comeremos. . . 
¿Usted  me  hace  el  amor,  Rohán? 

— De  ninguna  manera.  En  cambio,  es  muy  posible 
lo  contrario. 

La  joven  lo  miró  un  instante  asombrada.  Llevóse 
las  manos  a  las  faldas  y  le  hizo  una  profunda  reve- 
rencia, tarareando: 

— Matantiru-liru-liru, .  - 

— Adiós  —  se  rió  Rohán,  Pero  como  ella  se  man- 
tenía humildísima,  él  le  hizo  a  su  vez  una  grave  re- 
verencia* 

X 

Su  amistad  con  Eglé,  en  cambio,  era  bastante  fría. 
Trató  de  serle  agradable  por  vanidad,  al  principio, 
luego  sinceramente,  al  encarnar  en  la  espléndida  mu- 
jer de  ahora  a  la  criatura  que  le  había  llorado  su  amor 
hacía  ocho  años.  Aunque  estaba  seguro  de  que  todo  lo 
anterior  fuera  una  enfermiza  ternura  de  la  pequeña 
porque  su  grande  amigo  se  iba  a  ir  muy  lejos,  la  in- 
diferencia de  ahora  — tan  justa,  sin  embargo —  le 
parecía  excesiva. 

Una  noche,  observándola  en  silencio,  deploró  hasta 
el  fondo  del  alma  no  volver  a  ocho  años  atrás.  La 
veía  de  perfil,  apoyada  de  brazos  sobre  la  cola  del 
piano,  el  busto  fuertemente  coloreado  por  la  pantalla 


[25] 


HORACIO  QUIROGA 


punzó.  Hojeaba  las  músicas,  completamente  entregada 
a  sus  ojos,  en  su  serena  y  firme  soledad  de  cuerpo  de- 
seable que  tiene  la  perfecta  seguridad  de  que  no  lo 
podemos  tocar. 

— Usted  ha  cambiado  mucho,  Eglé  —  rompió  él 
después  de  un  largo  silencio. 

— ¡Yo!  —  se  volvió  la  joven,  sorprendida. 

— Sí,  usted;  usted  era  más  alegre  antes...  Verdad 
es  que  hablo  de  muchos  años  atrás. 

— Es  posible...  Pero  ahora  soy  tan  alegre  como 
antes  —  añadió  con  una  sonrisa. 

Rohán  no  insistió,  y  callaron.  En  el  fondo,  él  no 
quería  hablar;  pero  se  sentía  a  su  pesar  arrastrado 
a  hacerlo. 

— Lo  que  noto  — agregó  al  rato —  es  que  usted 
era  más  expansiva. 

Eglé  se  puso  seria,  sin  responder. 

— Por  lo  menos  me  quería  más  —  concluyó  Rohán, 
que  aunque  se  esforzaba  en  ser  natural,  sentía  él  mis- 
mo su  voz  tomada. 

Esta  vez  la  joven  volvió  la  cara  a  él,  levantando  las 
cejas  de  extrañeza, 

—¿Más?... 

— Me  parece  que  sí  —  sonrió  él  con  esfuerzo. 

— Aun  creo  que  recuerdo  la  fecha. , . 

Eglé  hizo  un  ligero  gesto  de  desagrado  y  dejó  el 
piano,  sentándose.  Hubo  un  largo  silencio. 

— ¿Cómo  se  acuerda  de  eso?  - —  preguntó  la  joven 
al  rato. 

— No  sé ;  me  he  acordado.  Pero  le  ruego  —  agregó 
él  fastidiado  por  el  disgusto  frío  de  los  ojos  de  Eglé, 
y,  sobre  todo,  por  su  fracaso —  que  no  vea  más  allá 
de  lo  que  he  dicho.  Me  acordé  no  sé  por  qué,  un  re- 
cuerdo, ]  qué  sé  yo !  Supongo  que  no  creerá  que  hablé 


[26] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


de  eso  como  un  reproche. . .  ¡Lo  que  lamento  —  con- 
cluyó alterado  —  es  haberme  acordado  estúpidamente 
de  eso! 

Se  había  levantado,  paseándose  con  las  manos  en 
los  bolsillos.  Pero  I09  dedos  le  cosquilleaban  dema- 
siado para  tenerlos  inmóviles.  Cada  vez  que  pasaba 
frente  a  la  vitrina,  se  detenía  un  momento,  hacía  girar 
dos  o  tres  chucherías,  para  recomenzar  a  la  vuelta  si- 
guiente con  los  mismos  muñecos. 

— ¡Usted  no  creerá  que  lo  odio!  —  rompió  de 
pronto  Eglé  con  una  sonrisa  forzada. 

— ¡No,  no  es  eso;  bien  lo  sabe! 

En  ese  momento  Mercedes  entró  de  la  calle. 

— ¡Rohán,  lo  que  he  visto!  ¿Y  mamá?  ¡Pronto,  el 
té!  ¡Me  muero  de  hambre;  de  hambre,  Rohán! 

Voló  adentro,  volvió  sin  sombrero  y  se  sentó  frente 
a  su  amigo. 

— Rohán...  mi  amigo  Rohán...  Verá  —  le  dijo 
tocándole  apenas  la  mano  — .  ¿Sabe  a  quién  vi  hoy? 
A  Olmos,  el  gordísimo  Olmos.  ¿Por  qué  no  viene  un 
día  con  él? 

Pero  se  interrumpió,  observando  a  Rohán  con  aten- 
ción. 

— ¿Qué  tiene  usted  hoy?  —  le  dijo. 

Rohán  se  encogió  ligeramente  de  hombros. 

— ¿Qué  tiene?  — prosiguió  la  joven — .  ¡Qué  ho- 
rror, dígame  algo!  ¿Lola  se  encontró  esta  mañana 
con  usted?  Yo  lo  quiero  mucho,  Rohán. . . 

Pero  éste  estaba  lleno  de  rabia  con  toda  la  casa,  no 
hablaba  una  palabra,  de  modo  que  Mercedes  tuvo  que 
declarar,  apretándose  la  cabeza,  que  su  amigo  estaba 
completamente  imposible. 

Rohán  se  fue  casi  en  seguida  y  Eglé,  más  próxima 
a  él,  lo  acompañó  hasta  el  vestíbulo.  Al  despedirse, 
Eglé  lo  miró. 


[27] 


HORACIO  QUIROGA 


— ¿Está  enojado?  —  le  dijo. 

— ¡Absolutamente!  — repuso  Rohán — .  Pero  le 
juro  que  jamás  volveré  a  acordarme  de  nada. 

Se  fue,  rabioso  ahora  consigo  mismo  por  su  res- 
puesta que  lo  alejaba  para  siempre  de  Eglé  — .  Soy  un 
imbécil,  —  se  decía. 

Lloviznaba,  y  la  garúa  desmenuzada  que  irisaba  su 
traje  iba  oscureciendo  poco  a  poco  el  asfalto. 

Caminó  sin  fijarse  por  dónde,  y  al  llegar  a  la  es- 
quina de  su  casa  se  detuvo  un  momento;  pero  se  de- 
cidió a  continuar,  vagando.  No  tenía  9ueño,  y  sí  de- 
masiado mal  humor  para  acostarse  a  reconstruir  esce- 
nas de  tormento.  Por  fin,  a  las  dos,  entró  en  su  casa, 
y  con  el  portado  que  dio  pareció  haber  hallado  un 
escape  al  hondo  disgusto  de  sí  mismo. 

— ¡Mejor!  ¡Así  se  acabó  todo! 

Eglé. . . 

XI 

Rohán  pasó  una  semana  sin  ir  a  lo  de  Elizalde.  Lo 
que  continuaba  mortificándolo  no  era  tanto  la  frial- 
dad de  Eglé  como  lo  que  él  llamaba  su  torpeza  de 
hombre  de  veintiocho  años.  "Me  he  entregado  en  diez 
minutos;  ni  siquiera  he  podido  sostener  la  voz."  Fue* 
ron  siete  días  de  vanidad  herida;  y  en  el  fondo,  sin 
que  él  se  diera  cuenta,  de  creciente  amor  a  Eglé. 
A  todo  lo  cual  se  agregó  su  estómago. 

Rohán  había  adquirido,  tras  su  extraordinaria  cura 
en  Europa,  la  convicción  de  que  nunca  más  su  estó- 
mago volvería  a  inquietarlo  porque  él  no  quería. 
Cuando  de  repente  constató,  casi  con  más  fastidio 
por  el  fracaso  de  su  razonamiento  que  por  su  malestar 
mismo,  que,  a  pesar  de  todo,  las  cosas  retornaban. 


[28] 


i 

HISTORIA  DE  TIN  AMOR  TURBIO 


Comenzó  a  despertarse  con  dolor  en  la  cintura  y 
el  cuerpo  molido,  no  obstante  un  sueño  masivo  de 
nueve  horas.  El  apetito,  imposible.  Sin  embargo,  no 
quiso  rendirse.  Penetrábase  con  toda  clara  voluntad, 
de  su  aforismo  de  antes:  "No  tengo  absolutamente 
nada  en  el  estómago,"  No  quería  caer  en  la  antigua 
tortura  del  estudio  incisivo  de  cada  síntoma.  Su  estó- 
mago, no  enfermo,  debía  entrar  en  seguida  en  la  nor- 
ma que  le  imponía  su  claro  diagnóstico* 

Pero  no  hubo  psicologías  posibles.  A  los  diez  días 
una  nueva  crisis,  si  bien  pasajera,  reinstalábase  con 
su  angustioso  séquito,  y  Rohán  se  resignó  humana- 
mente a  sufrirla.  Pidió  licencia  de  un  mes  en  el  mi- 
nisterio, donde  había  vuelto  a  ingresar,  esta  vez  como 
subjefe  de  división. 

Después  de  dos  semanas  de  decaimiento,  náuseaa  y 
chuchos,  no  quiso  dejar  pasar  más  tiempo  sin  ir  a  lo 
de  Elizalde.  Recibiéronle  con  un  mar  de  reproches  por 
su  ingratitud. 

— ¡Cómo  ha  cambiado  en  pocos  días!  — decíale  la 
madre — .  ¿Su  estómago,  otra  vez?  Es  horrible,  yo  sé. 
¡Lo  único,  lo  único  es  un  régimen! 

— ¿No  le  hace  mal  el  cigarro?  —  le  preguntó  Eglé» 

Rohán  volvió  los  ojos  a  ella  y  se  asombró  de  la 
naturalidad  con  que  Eglé  lo  miraba, 

— No,  muy  poco . . . 

— ¿Por  qué  no  se  va,  Rohán?  —  exclamó  brusca- 
mente Mercedes,  que  se  había  mantenido  alejada  en 
la  sombra, 

— ¡Mercedes!  —  exclamó  la  madre  severamente. 
— ¿Qué,  mamá?  —  contestó  tranquila  la  joven, 
afrontándola.  Y  de  nuevo,  más  cortante  aún: 
— ¿Por  qué  no  se  va«  Rohán? 


r  29  J 


HORACIO  QUIROGA 


La  madre,  suspiró  levantándose  pesadamente  del 
sofá. 

— El  día  que  usted  le  haga  caso  a  esta  chica  —  ex- 
plicó a  Rohán  —  está  perdido,  Y  al  pasar  al  lado 
de  su  hija  extendió  la  mano  para  calmar  esa  cabeza 
loca;  pero  la  joven  apartó  la  cara,  como  si  temiera 
ser  quemada.  Eglé  siguió  a  su  madre.  Pasado  un  mo- 
mento, Rohán  fue  a  sentarse  al  lado  de  Mercedes. 

— ¿Por  qué  quiere  que  me  vaya?  —  le  preguntó. 
La  joven,  sombría,  lo  miraba  con  los  ojos  entrecerra- 
dos. 

— ¡Vayase! 

— De  ningún  modo,  si  no  me  dice  por  qué. 
— ¡Vayase! 

Rohán  la  miró  detenidamente. 
— Cuidado  — le  dijo  en  voz  baja —  porque  va  a 
lloran 

Mercedes  se  encogió  de  hombros.  Luego  agregó  des- 
deñosamente: 

— Porque  lo  quiero  demasiado,  ¿verdad? 

Y  casi  sin  transición,  volviéndose  a  Rohán,  de 
frente: 

— ¡Veamos!,  sea  franco. 

— Veamos  —  asintió  él,  acercándose  más. 

— ¿Usted  es  franco? 

— Franco. 

— ¿No  va  a  mentir? 
— No  voy  a  mentir. 

Mercedes  lo  miró  hasta  el  fondo  sin  que  ni  uno  ni 
otro  perdieran  su  gravedad. 

— ¿Usted  cree  que  lo  quiero?  —  dijo  ella  por  fin. 

Rohán  le  contestó  seriamente: 

—No. 

—¿Verdad? 


[30] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


—Verdad. 

La  joven  lo  observaba  sin  verlo,  como  en  la  vez  an- 
terior, pensando  en  lo  que  habría  sucedido  si  él  hu- 
biese respondido. .  . 

Rohán  acababa  de  ponerse  de  pie,  cuando  Mercedes 
le  tendió  las  manos. 

— Levánteme  —  le  dijo. 

Rohán  notó  claro  el  cambio  de  su  voz.  Prestó  oído: 
Eglé  tocaba  el  piano  en  la  sala.  La  levantó  entonces, 
y  aprovechando  el  mismo  impulso,  cruzó  sus  manos 
detrás  de  la  cintura  de  la  joven  y  la  besó  en  la  boca. 
Ella  lo  rechazó  bruscamente,  Rohán  se  compuso  ma- 
quinalmente  la  corbata  y  entró  en  la  sala. 

Cuando  después  de  media  hora  Mercedes  fue  a  su 
vez  a  la  sala,  la  madre  defendía  a  Europa  de  Rohán, 
que  mostraba  una  agresión  extremada,  si  bien  rién- 
dose. 

— ¡Pero  vamos  a  ver!  — objetaba  la  madre — . 
¿Por  qué  dice  eso?  Usted  ha  estado  ocho  años,  es 
inteligente,  sabe  francés...  Sí,  sí,  no  te  rías,  Eglé; 
podría  haber  vivido  mucho  allá  y  no  saberlo,  verdad? 
¿Y  por  qué  no  le  gusta?  ¡Qué  hombre! 

— Sí,  me  gusta . . . 

— ¡Pero  hace  un  momento  decía  lo  contrario! 

— -No,  señora;  me  refería  a  las  mujeres. 

— ¡Salga!  ¡Si  usted  mismo  no  cree  lo  que  está  di- 
ciendo ! 

— Le  juro  que  sí. 

— ¡Sobre  todo  lo  que  decía  hoy! 

—Eso  más  que  nada.  Figúrese  que  una  vez. . , 

Aunque  un  poco  espantada,  se  reía  de  los  dispara- 
tes de  Rohán.  En  un  instante  de  silencio,  Mercedes 
levantó  la  voz: 

— Rohán,  que  ea  tan  inteligente,  debe  saberlo. 


tSl] 


HORACIO  QTJIROGA 


El  sarcasmo  de  la  voz  fue  tan  visible  que  todos  se 
volvieron  a  ella. 

— ¿Otra  vez,  mi  hija?  —  prorrumpió  la  madre  sor- 
prendida. La  joven,  sin  dignarse  responderle,  no  apar- 
taba los  ojos  de  Rohán. 

— Se  supone  todo  lo  contrario,  ¿no?  —  sonrióse 
éste,  inseguro, 

— ¿Y  cómo  quiere  que  se  lo  diga?  —  clamó  Mer- 
cedes con  rabia. 

Rohán  se  encontró  violento,  a  pesar  de  su  confianza 
con  la  familia. 

— ¿Qué  le  ha  hecho?  —  le  preguntó  inquieta  la 
madre. 

— Nada,  absolutamente  nada...  —  respondió  él, 
temiendo  horriblemente  en  su  interior  una  escapada 
de  nervios  de  su  amiga.  Y  como  ésta  no  apartaba  de 
él  sus  ojos  de  sombrío  combate,  apresuróse  a  reanu- 
dar la  discusión. 

Al  conciliado  final  de  ella,  Rohán  se  volvió  a  Eglé, 
que  había  tenido  los  ojos  fijos  en  él  mientras  hablaba. 

— Y  a  usted,  ¿le  gusta  Europa? 

— ¡Sí,  mucho!  —  le  contestó  ella  sonriendo. 

Tras  sus  ataques  paradójicos  —  pero  ataques  siem- 
pre—  Rohán  había  temido  que  Eglé  quisiera  hala- 
garlo, poniéndose  servilmente  de  su  parte.  Sintióse  or- 
gulloso de  ella. 

— ¡Ah!  nos  olvidábamos  de  decirle  — detuvo  la 
madre  a  Rohán,  al  despedirse  — .  El  martes  nos  vamos 
a  la  quinta.  Hace  mucho  calor  aquí,  y  mi  corazón . . . 
¿Irá  pronto  a  vernos?  ¿Sigue  un  régimen,  no?  Cuí- 
dese mucho ;  yo  sé  lo  que  es  el  estómago.  Lola,  el  pri- 
mer año  de  casada,  sufrió  también  horriblemente. 
Ahora  lo  hallo  mucho  mejor  —  concluyó  observán- 
dolo. 


[32] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


— Sí,  señora,  de  noche;  pero  mañana  recomienza 
la  fiesta.  En  fin,  hasta  pronto* 

Mercedes  se  había  acostado  ya,  de  pésimo  humor. 
Eglé  lo  acompañó  otra  vez. 

— ¿Irá  pronto?  —  le  dijo  al  darle  la  mano. 

Rohán  la  miró  y  vio  sus  ojos  azules  turbados,  a 
pesar  de  la  tranquilidad  de  la  voz-  Los  párpados  le 
temblaban  imperceptiblemente.  El  detuvo  la  mano  en 
la  suya. 

— ¿De  veras?  —  le  dijo  en  voz  baja. 
Eglé  la  desprendió  con  una  sonrisa. 
— De  veras. 

Rohán  salió  caminando  apresuradamente,  loco  de 
contento.  No  veía  otra  cosa  que  su  último  momento 
con  Eglé,  su  Eglé,  su  pequeña  Eglé,  desahogando  su 
bullente  felicidad  en  acelerada  marcha  y  apretones  de 
puño  dentro  de  los  bolsillos  hasta  reírse  él  mismo  de 
su  entusiasmo. 

XII 

Al  día  siguiente,  ya  a  las  dos,  estaba  en  lo  de  Eli- 
zalde.  Pero  no  pudo  ver  ni  a  Mercedes  ni  a  Eglé,  pues 
ambas  habían  ido  después  de  almorzar  a  la  quinta 
a  arreglar  un  poco  aquello.  Tuvo  así  que  resignarse 
a  perder  un  cuarto  de  hora  con  la  madre. 

— ¡Qué  horror,  Rohán!  ¡Tiene  un  semblante  atro*! 
¿Pasó  mala  noche,  no?  ¿Pero  es  posible  que  tenga 
frío  con  este  día?  — ■  añadió  fijándose  en  el  sobretodo 
de  aquél — .  ¡Bájese  el  cuello,  por  lo  menos!  —  con- 
cluyó riendo. 

Pero  Rohán  tenía  demasiada  experiencia  de  sus 
fríos  para  condescender  con  la  maternal  solicitud;  ni 


[33] 


HORACIO  QUtROGA 


aún  sacó  la  muño  de  los  bolsillos.  Tuvo  que  irse,  fas- 
tidiado de  su  fracaso. 

Pasaron  luego  ocho  días  malos,  Al  fin,  repuesto, 
fue  a  Constitución,  y  veinticinco  minutos  de  viaje  pa- 
reciéronle abrumadoramente  largos.  Dos  o  tres  veces 
miró  inquieto  el  sol,  temiendo  llegar  demasiado  tarde. 
Quería  verla  en  plena  luz,  ver  bien  sus  ojos,  con  el 
ligero  fruncimiento  de  cejas  que  le  era  habitual  cuan- 
do miraba  con  atento  cariño.  Llegó  a  Lomas,  transpuso 
el  puente  sin  apresurarse  —  ahora  que  iba  a  verla  — , 
como  si  se  debiera  ese  sacrificio  de  amor»  Desde  la 
primer  curva  de  la  avenida  Meeks  distinguió  el  blanco 
grupo  en  la  vereda  — la  madre  y  Eglé  sentadas  en 
el  banco  de  piedra,  Mercedes  recostada  con  las  manos 
a  la  espalda  en  un  paraíso.  Al  cruzar  la  calle  lo  co- 
nocieron. Mercedes  avanzó  a  su  encuentro  afectando 
no  verlo,  para  evitar  la  ridicula  y  cariñosa  situación 
de  dos  amigos  que  reconociéndose  de  lejos  no  pueden 
dejar  de  reírse. 

La  joven  lo  recibió  como  si  no  recordara  más  su 
última  noche. 

— ¿Sanó  ya?  ¡Qué  felicidad!  ¡Qué  aburrimiento, 
Rohán!  ¿Se  queda  a  comer,  verdad?  ¿Sí?  ¿Se  que- 
dará? 

Como  la  insistencia  estaba  llena  de  la  más  cordial 
buena  fe,  y  su  intención,  por  otro  lado,  no  era  otra, 
respondió  que  sí.  En  cambio,  notó  desde  la  primer 
mirada  que  Eglé  no  quería  acordarse  de  nada.  Saludó 
a  Rohán  rápidamente,  volviéndose  en  seguida  a  co- 
mentar con  su  madre  un  grupo  que  pasaba  por  la 
vereda  de  enfrente.  La  indiferencia  era  excesiva  para 
ser  sincera;  pero  aún  así  Rohán  sufrió  un  golpe  do- 
loroso. Prosiguió  charlando  con  Mercedes,  sin  dejar 
ver  en  lo  más  mínimo  su  desengaño.  Al  revés  de  lo 


[34] 


HISTORIA  BE  UN  AMOR  TURBIO 


que  le  acontecía  cuando  estaba  solo,  en  que  todas  sus 
emociones  transparentábanse  en  el  semblante,  en  pre- 
sencia de  gente  disimulaba  aquéllas  perfectamente, 

— Í  Qué  tarde  divina!  — suspiró  al  rato  la  madre 
mirando  al  cielo  — •  No  sé  por  qué  no  vivimos  aquí 
siempre..,  ¿Caminemos,  le  parece? 

Se  pusieron  en  marcha,  siguiendo  la  Avenida  hacia 
Temperley.  A  cada  instante  tenían  que  apartarse  ante 
el  ciclismo  titubeante  de  chicas  con  capota  blanca  caí- 
da atrás,  cuyas  ayas  prestaban  el  hombro  dormido  al 
incipiente  equilibrio.  No  siendo  posible  marchar  so- 
segadamente, tomaron  una  avenida  transversal,  al 
oeste. 

Caminaban  despacio;  Mercedes  y  Eglé  iban  ade- 
lante, dejando  jugar  los  brazos  pendientes  alrededor 
de  las  caderas.  Cantaban  en  voz  baja.  De  pronto  Mer- 
cedes se  quejó: 

— ¡Eglé,  por  favor! 

Eglé  tenía  muy  poca  voz  y  aún  afinaba  mal.  Acos- 
tumbrada a  las  protestas  musicales  de  su  hermana, 
sonrióse  sin  interrumpirse.  Rohán  miró  a  Eglé  con 
profunda  ternura. 

— ¡Qué  tarde!  —  tornó  a  repetir  la  madre,  como 
si  jamás  hubiera  visto  una  tarde  igual.  Todos  se  de- 
tuvieron, sin  embargo,  volviéndose  hacia  el  camino 
recorrido. 

El  crepú&culo  era  realmente  apacible  en  su  frescura 
húmeda  de  quinta.  La  calle  adoquinada,  limpia  por 
el  aguacero  del  mediodía5  albeaba  todavía  en  el  centro 
de  la  calzada,  entre  la  doble  fila  de  paraísos  y  álamos, 
cuyo  follaje  sombrío  oscurecía  ya  las  veredas.  No  ha- 
cía viento;  todos  los  molinos  estaban  inmóviles.  Las 
voces,  cortadas,  se  oían  claras  y  distintas  en  las  quin- 
tas vecinas  — las  voces  de  mujer  sobre  todo.  A  pesar 


[35] 


HORACIO  QUIROGA 


del  olor  a  carbón  que  enviaba  la  vía,  llegaba  hasta 
ellos  de  vez  en  cuando,  en  vahos  purísimos,  el  fresco 
olor  de  los  eucaliptos  de  Temperley,  cuya  masa  piza- 
rrosa se  confundía  al  sur-oeste  con  el  cielo.  Una  tenue 
neblina  esfumaba  las  frondas  quietas,  adormecía  el 
paisaje,  dando  al  atardecer  moroso  y  sin  viento  una 
tranquilidad  edénica. 

Volvieron  lentamente,  y  era  ya  de  noche  cuando 
llegaron  a  la  quinta.  Después  de  comer  repitióse  el 
paseo;  esta  vez  Rohán  al  lado  de  Eglé,  dirigiendo  jun- 
tos la  marcha  hacia  Temperley. 

— ¡Cuidado,  Rohán!  —  alzó  Mercedes  la  voz  tras 
ellos.  Ambos  volvieron  el  rostro.  Mercedes,  que  avan- 
zaba con  la  cabeza  al  aire,  articulaba  lentamente: 

— "Había  una  vez  un  joven  pobre  que  amaba"... 

La  insinuación  era  demasiado  directa  para  que  los 
jóvenes  no  de  sonrieran;  pero  continuaron  serios,  em- 
bargados por  esa  precipitación  fuera  de  tiempo. 

Rohán  tenía  locos  deseos  de  aclarar  su  situación 
—  quererse  francamente.  Pero  temía  con  horror  dar 
otro  paso  en  falso.  Después  de  la  primera  noche  en 
que  habló  con  Eglé,  al  recordarle  el  cariño  que  ella 
le  había  tenido,  sentía  siempre  la  vergüenza  de  que 
Eglé  creyera  que  él  había  evocado  fatuamente  su  apa- 
sionamiento de  criatura  para  exigirle  su  amor  de 
mujer. 

Caminaban  uno  al  lado  del  otro,  muy  ocupados  en 
observar  atentamente  cada  carruaje  del  corso.  Pronto 
pasaron  el  límite  de  éste.  Eglé,  seria  miraba  obstina- 
damente la  calle,  los  ojos  agrandados  en  una  expre- 
sión de  inquieta  espera. 

— Poca  animación  —  dijo  de  pronto  Rohán.  Sabía 
bien  que  no  la  iba  a  engañar  con  esa  frase  indife- 
rente y  que  ambos  se  conocían  turbados;  pero  no  se 


[36] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


le  ocurrió  nada  mejor.  Eglé  se  lo  agradeció  en  su 
interior. 

— Sí,  muy  poca  — repuso — .  Y  con  la  tarde  tan 
linda. . . 

Callaron  de  nuevo. 

— ¿Le  agrada  que  haya  venido?  —  dijo  de  pronto 
Rohán,  con  la  voz  un  poco  baja  y  ronca  de  cariño. 

Eglé  arrugó  la  frente,  tardando  un  momento  en 
contestar. 

— ¿Por  qué?  —  preguntó  al  fin* 

— ¡Por  lo  pronto  — respondió  él  secamente —  por- 
que creía  que  eso  le  iba  a  agradar!  —  Tiró  el  cigarro 
y  se  abotonó  el  saco  con  los  dedos  nerviosos. 

— ¡Francamente  — agregó —  es  usted  admirable! 
Si  no  temiera  disgustarla  más  de  lo  que  le  diagustan 
mis  ridiculeces,  le  diría  el  nombre  justo  de  lo  que  está 
haciendo. 

La  joven  se  rebeló. 

— ¿Qué  hago  yo? 

Rohán  la  miró  con  toda  la  rabia  que  despertaba 
en  él  ese  vil  coqueteo. 

— ¡Lástima  que  no  pueda  decirle  nada!  —  con- 
cluyó amargamente,  volviendo  log  ojos  a  la  calle. 

Prosiguieron,  mudos.  Detuviéronse  debajo  de  un 
farol,  una  cuadra  antes  de  llegar  a  Temperley,  mi- 
rando ambos  obstinadamente  a  Mercedes  y  la  madre, 
que  avanzaban  lentamente  hacia  ellos,  bajo  el  umbroso 
cenador  de  los  paraísos, 

Eglé  se  volvió  a  él. 

— ¿He  hecho  mal?  —  le  preguntó  con  la  voz  su- 
misa. 

— ¡Claro!  - —  respondió  él  violentamente  sin  vol- 
verse. Y  continuó  mirando  a  lo  lejos,  el  ceño  con- 
traído y  dolorido  hasta  el  fondo  del  alma. 


[37] 


HORACIO  QUIROGA 


Volvieron,  —  Rohán  esta  vez  con  Mercedes,  pero 
presa  de  un  seco  mutismo.  Cuando  llegaron  a  la 
quinta  detuviéronse  agrupados  en  el  portón,  y  la  fa- 
milia entera  saludó  a  sus  vecinas,  también  en  la  verja, 
Rohán  se  hallaba  de  espaldas  a  la  calle. 

— ¡Pero  Rohán,  salude  a  las  de  enfrente!  —  le  dijo 
Mercedes  rápidamente  y  en  voz  baja,  sin  dejar  de 
inclinarse  y  sonreír  a  las  vecinas» 

— ¡Oh,  no  tengo  ganas!  —  respondió  Rohán  fasti- 
diado. A  pesar  de  las  instancias  de  Mercedes  para 
que  se  quedara  a  comer,  marchóse  en  seguida  a  la 
estación.  Se  abrió  un  poco  brutalmente  camino  entre 
los  tercetos  y  cuartetos  del  brazo  que  colmaban  el 
andén,  subió  en  el  primer  tren  que  pasó,  tiró  el  som- 
brero al  lado,  recostó  la  cabeza  y  cerró  los  ojos,  hun- 
diéndose amargamente  en  ese  derrumbe  total  de  su 
corazón,  porque  comprendía  que  después  de  lo  que 
había  dicho  no  le  era  ya  posible  recomenzar  jamás. 

XIII 

Pasaron  dos  meses.  Rohán  y  Eglé  gastaban  sus  ner- 
vios simulando  perfecta  indiferencia.  Cuando  la  con- 
versación era  general,  y  sobre  todo  cuando  el  grupo 
prestaba  atención  a  una  sola  persona,  observábanse 
fugitivamente.  A  veces  sus  miradas  se  encontraban,  y 
desde  ese  momento  ambos  insistían  infantilmente  en 
dirigirse  la  palabra  con  la  más  clara  expresión  de 
naturalidad,  para  que  Rohán  no  supiera..  .  para  que 
Eglé  no  llegara  a  creer. . .,  etc. 

Se  llamaban  a  veces  por  el  nombre  de  un  extremo 
a  otro  del  comedor,  a  fin  de  darse  prueba  de  cabal 
dominio  de  sí.  Pero  ambos  sabían  que,  a  pesar  de 
esto,  no  lograban  engañarse  uno  a  otro  y  que  su 


[38] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


amor  continuaba  creciendo  en  el  fondo  de  esas  bra- 
vatas. 

Una  mañana,  después  de  ocho  días  de  ausencia  de 
Lomas,  Rohán  se  encontró  con  la  familia  en  el  centro 
y  tuvo  que  acompañarla  a  la  estación*  Dos  o  tres 
choques  picantes  con  Mercedes  lo  distrajeron  feliz- 
mente de  la  inmediación  excesiva  de  Eglé,  sentada  a 
su  frente.  En  el  andén  logró  aislarse  con  Mercedes  en 
un  ambiguo  y  mareante  tete  á  tete,  forzando  a  tal 
punto  la  libertad  de  historias  que  ella  le  concedía, 
que  la  joven  tuvo  que  advertirle  dos  o  tres  veces  que 
era  absolutamente  imposible  seguir  oyéndolo* 

Llegaron  caminando  hasta  la  locomotora,,  y  el  crudo 
resplandor  del  día  les  hizo  volver  en  seguida  adentro, 
a  la  sedante  luz  tamizada  en  que  los  ojos  descansaban. 
Sobre  el  portland  luciente  sus  pasos  resonaban  claros 
a  contratiempo.  Una  carcajada  que  Mercedes  no  pudo 
contener  se  propagó  nítida  hasta  el  portón  de  entrada. 

Al  sonar  la  campana,  Rohán  subió  con  ellas  un  mo- 
mento, sentándose  al  lado  de  la  madre,  Eglé  se  colocó 
junto  a  la  ventanilla,  mirando  hacia  el  portón.  Mer- 
cedes, el  busto  erguido,  cruzó  la  sombrilla  bajo  las 
rodillas,  como  si  fuera  en  auto  sentada  en  el  medio. 
Tenía  la  mirada  febril  y  se  mordía  sin  cesar  los  labios 
por  dentro.  Rohán  miró  el  reloj. 

— ¡Cuándo  va  a  vernos,  Rohán!  —  quejóse  la  ma- 
dre, aunque  en  verdad  la  queja  era  por  el  calor  que 
hervía  dentro  de  su  enorme  corsé  — .  Hace  quince  días 
que  ha  desaparecido,  ¿Está  enfermo  otra  vez? 

— No,  señora,  iré  pronto,.. 

—¿De  veras? 

— Sí,  mamá,  mañana  —  afirmó  brevemente  Merce- 
des. 


5 


C30  1 


HORACIO  QUIHOGA 


— ¿Lo  esperamos  uno  de  estos  días?  —  continuó 
la  madre,  sin  hacer  caso  de  su  hija. 

— ¡Mamá,  te  digo!..  .  —  sacudió  Mercedes  la  ca- 
beza impacientada. 

— Muy  bien;  iré  mañana,  señora.  Como  su  señorita 
hija  tiene  especial  empeño  en  que  vaya. 

— ¡Ah,  no!  — lo  detuvo  la  joven — .  ¡Ah,  no!  Yo 
no  deseo  absolutamente  nada;  ¡muchas  gracias!  Sola- 
mente —  añadió  mirando  fastidiada  a  otra  parte  — 
que  de  Rohán  se  muere  por  ir. 

Rohán  vio  claramente  a  dónde  iba,  y  la  desafió* 

— ¿Por  ir,  nada  más? 

— jY  por  Eglé!  —  acentuó  claramente  Mercedes. 

Eglé  volvió  la  cabeza  y  lanzó  a  Rohán  una  disgus- 
tada y  fría  mirada.  La  madre  levantó  la  vista  a  su 
hija  mayor,  con  perfecta  incomprensión  de  madre  que 
no  quiere  comprender. 

— ¡Nada,  mamá!  — respondió  Mercedes  a  esa  muda 
interrogación — .  Plablo  con  Rohán. 

Rohán,  por  su  parte,  mortificado,  no  hallaba  qué 
decir. 

— ¡Qué  penetración!  —  se  le  ocurrió  al  fin,  cons- 
ciente mientras  se  le  ocurría,  lo  decía  y  acababa  de 
decirlo,  de  que  aquello  era  una  vulgaridad.  La  joven 
lo  comprendió  también  y  su  boca  ge  entreabrió  en 
una  cruel  sonrisa. 

— Hubiera  creído  que  los  hombres  son  más  inte.. . 
ocurrentes  —  se  corrigió. 

— ¡Mercedes!  —  clamó  la  madre. 

— ¡Bueno,  inteligentes!,  ¡In-te-li-gen-tes!  ¡Así!  ¡Yo 
no  tengo  la  culpa  si  Rohán  dice  pavadas! 

Continuaba  desafiante,  la  sombrilla  perfectamente 
equilibrada  entre  las  manos.  La  madre  miró  a  Rohán, 
y  Eglé  volvióse  de  perfil  a  su  hermana;  pero  como 


[40] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


ésta  seguía  vibrante,  cambió  con  Rohán  una  sonri»a 
forzada,  riéndose  en  seguida  con  la  madre*  Cruzóse 
de  piernas  y  se  arrellanó  en  su  rincón,  seria  de  nuevo» 
El  tren  partía.  Rohán  cruzó  un  rápido  saludo  de 
manos  con  la  madre  y  Eglé;  y  tuvo  que  detenerse  allí, 
porque  Mercedes,  por  toda  respuesta  a  su  mano  ex- 
tendida, se  había  contentado  con  encogerse  de  hom- 
bros. 

XIV 

Pasaron  quince  días  después  de  este  encuentro  ante» 
que  Rohán  fuera  a  Lomas.  Pero  soportó  alegremente 
los  duros  reproches  de  ingratitud  por  su  ausencia,  a 
pesar  de  que  el  saludo  de  Mercedes  no  había  sido  de 
lo  más  cordial. 

— ¡Qué  alegre  está  hoy!  —  observó  al  fin  Merce- 
des, volviendo  a  medias  la  cabeza  a  él» 

— Sí,  hoy  estoy  bien  — respondió  Rohán,  Y  acer- 
cándose a  ella,  muy  cordial — :  Sólo  me  hace  falta 
su  cariño. 

Mercedes  echó  la  cabeza  atrás,  entornando  los  ojos. 

— ¿No  se  va  a  morir,  Rohán? 

Rohán  fue  y  se  detuvo  francamente  ante  ella: 

— Hagamos  las  paces  —  le  dijo  con  lealtad.  Pero 
tan  cerca  de  ella  estaba,  que  sintió  el  perfume  de  su 
carne  distendiéndole  los  nervios  en  una  ola  de  pro- 
funda languidez.  Recorrió  una  por  una  sus  facciones 
y  se  detuvo  en  la  boca  entreabierta  de  la  joven.  Mer- 
cedes hizo  a  su  vez  el  mismo  examen  de  facciones, 
deteniéndose  también  por  fin  en  la  boca  de  él  Pero 
tu\ieron  que  apartarse  un  muchachote  pecoso  pasó 
por  la  vereda  en  bicicleta,  volvió  la  cabeza  sobre  el 
hombro  y  miró  fijamente  a  Mercedes.  Eglé  y  la  ma- 


[41] 


HORACIO  QtrmOGA 


dre,  muy  separadas,  retornaban  lentamente  del  breve 
paseo  a  la  esquina. 

Comenzaba  a  anochecer.  Rohán,  que  en  las  dos  o 
tres  veces  que  fuera  a  Lomas  los  domingos  de  tarde, 
había  tenido  la  dicha  de  hallar  a  las  de  Elizalde  sin 
deseos  de  pasear  en  el  corso,  tuvo  entonces  que  re- 
signarse a  entrar  con  ellas,  oprimidos  en  la  estrecha 
caja  del  "breack",  saludando,  cubriéndose  de  polvo, 
sin  más  diversión  para  Rohán  que  ver  las  eternas  e 
insistentes  miradas  masculinas  a  Eglé. 

El  enojo  de  Mercedes  con  su  amigo  no  cesaba. 
Más  tarde,  en  la  mesa,  se  refería  siempre  a  de  Rohán 
con  incisiva  negligencia. 

— ¿Te  fijaste,  mamá,  en  las  de  Santa  Coloma?  Ya 
no  saben  cómo  mirarnos.  La  menor  nos  devoraba  con 
los  ojos.  A  menos  que  mirara  a  de  Rohán  — añadió, 
haciendo  correr  dos  dedos  su  copa  sobre  el  mantel. 

Pero  Rohán  habíase  dispuesto  a  responder  con  obs- 
tinada buena  fe* 

— ¿Cree?...  — dijo — .  No  es  muy  posible,  por- 
que no  me  conocen ...  No  me  fijé. 

— Es  una  dicha  — -  sonrió  la  joven  compasiva.  Con- 
tinuaba mortificándolo,  no  obstante  el  visible  can- 
sancio de  Rohán  por  esa  agresión  sin  fin.  La  madre 
intervino  inútilmente  dos  o  tres  veces.  Los  sarcasmos 
de  Mercedes,  exasperados  por  la  porfiada  mansedum- 
bre de  Rohán,  llegaban  ya  a  un  grado  intolerable, 
cuando  de  pronto  la  joven  levantó  el  mantel  y  miró 
bajo  la  mesa: 

— No  se  estire  tanto,  Rohán,  que  me  va  a  tocar  los 
pies. 

Rohán  se  volvió  sorprendido,  y  en  ese  instante  sin- 
tió su  propio  pie  estrechado,  entre  dos  zapatos  de 


[42] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


charol.  Mercedes,  inmóvil,  lo  miraba  con  una  turbia 
expresión  de  provocación  y  mareo, 

Anteg  que  Rohán  hubiera  tenido  tiempo  de  hacer 
el  menor  movimiento,  Mercedes  había  retirado  sus 
pies  sin  hacer  ruido. 

— No  alcanzo,  Mercedes . » .  —  respondió  Rohán» 
Aunque  quiso  hablar  ligeramente,  su  voz  a  él  mismo 
le  sonó  a  falso.  Eglé  miró  a  su  hermana  con  atención. 
La  madre,  fastidiada  al  fin,  dijo  que  esas  no  eran  las 
bromas  más  adecuadas  en  una  niña. . .  aunque  se  tra- 
tase de  Rohán.  Este  se  echó  a  reir. 

—¿Soy  tan  poco  peligroso? 

La  madre  miró  a  todos. 

— ¿Quién  ha  dicho  eso?  ¡Oh,  por  favor,  Rohán! 
Quiero  decir  que  aún  para  usted,  que  es  de  la  casa  y 
juega  con  ella  misma,  esas  bromas  son  demasiado 
fuertes.  ¡Sobre  todo  en  una  niña!  —  insistió  severa, 
señalando  a  su  hija  con  el  mentón. 

— ¡Bueno,  mamá!  ¡Bueno,  mamá!  Me  arrepiento  de 
todo.  Quiero  ser  juiciosísima,  más  juiciosa  que  Eglé. 
Perdón,  mamá;  perdón,  Rohán. .  . 

La  madre  miró  a  Rohán  con  lástima  por  la  ligera 
cabeza  de  su  hija,  aunque  también  con  visible  orgullo. 
Evidentemente  tenía  debilidad  por  Mercedes. 

Los  antebrazos  volvieron  tranquilos  al  mantel.  A 
pesar  de  la  paz,  la  noche  pesaba  un  poco  sobre  los 
nervios  de  Mercedes.  Quería  estar  seria,  y  de  pronto 
rompía  en  una  carcajada  timpánica,  bruscamente  cor- 
tada.- Un  rato  después  no  pudo  más,  y  durante  dos 
minutos  se  rió  con  el  ritmo  en  cascada  y  contagioso 
de  las  chicas  histéricas.  Mientras  nadie  hablaba,  las 
carcajadas  decrecían  hasta  perderse  y  la  joven  que- 
daba inmóvil,  como  abismada.  Pero  en  cuanto  se  decía 


[43] 


HORACIO  QUIROGA 


cualquier  cosa,  la  risa  volvía  a  jugar  convulsiva  en 
sus  hombros.  Por  fin  sus  nervios  se  aplacaron,  si  bien 
la  joven  tuvo  que  evitar  por  largo  rato  mirar  a  nadie. 

Habían  concluido  de  cenar,  entretanto.  Eglé,  la  cara 
apoyada  en  la  mano,  hacía  vibrar  un  bol.  El  lamento 
del  cristal  surgía  temblando  del  agua  irisada  y  on- 
dulaba en  el  aire  con  una  pureza  de  diapasón. 

— Mi  hija,  deja  eso  —  habíale  dicho  la  madre,  cui- 
dadosa de  la  corrección*  Pero  Eglé,  pensativa,  no 
suspendió  su  juego. 

— ¿Y  si  fuéramos  a  la  estación?  — rompió  Mer- 
cedes, serenada  ya — .  ¿Vamos,  Rohán?  ¿Mamá? 
¿Eglé?... 

No  era  aquélla  una  solución  extraordinaria,  pero 
Rohán  la  aceptó  de  buen  grado.  La  madre  fue  un  mo- 
mento a  arreglarse,  seguida  de  Eglé. 

— ¡Venga,  Rohán!  — exclamó  Mercedes,  compo- 
niéndose rápidamente  la  falda  — .  Vamos  a  esperarlos 
en  la  puerta.  Déme  el  brazo,  para  probarme  que  no 
está  enojado  conmigo. 

Antes  de  llegar  a  la  verja,  Rohán  se  detuvo  ante  la 
joven,  cogióla  de  las  manos  y  la  miró  en  plenos  ojos. 
Ella  intentó  débilmente  echarse  atrás;  pero  como  él 
no  se  movía,  respondió  a  la  mirada  de  su  amigo  con 
una  esforzada  sonrisa. 

— ¡Qué  lástima!  —  murmuró  Rohán  balanceándola 
ligeramente.  La  recogió  de  la  cintura  y  aproximó  su 
cara.  Mercedes  no  intentó  desprender  su  boca,  ni  devol- 
vió el  beso.  Sintió  un  largo  instante  sus  labios  oprimi- 
dos, gustando  así,  inmóvil,  el  mismo  fuego  que  Rohán, 
abrasándose  en  su  boca. 

Cuando  éste  desprendió  la  suya,  Mercedes  se  des- 
prendió también  de  sus  brazos,  y  siguió  lentamente 


[44] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


hacia  la  verja.  Apoyóse  de  espaldas  en  un  paraíso  y 
miró  la  luna  sin  pestañean  Rohán,  frente  a  ella,  se 
sentó  en  el  banco  de  piedra,  sin  ánimo  para  dirigirle 
una  sola  palabra. 

— [Qué  hermosa  noche!  —  murmuró  Mercedes* 
Rohán  no  respondió.  Al  rato  la  joven,  con  la  mirada 
fija  siempre  en  la  luna,  añadió  lenta: 

— ¿Usted  sabe  que  Eglé  lo  quiere? 

Rohán  sintió  una  instantánea  y  profunda  ternura 
por  Mercedes;  le  pareció  que  había  equivocado  su 
amor  hasta  ese  momento;  que  era  a  ella,  a  Mercedes, 
a  quien  quería, 

— ¿Tiene  celos  de  usted?  —  murmuró. 

Por  toda  respuesta,  la  joven  se  encogió  ligeramente 
de  hombros.  La  luna  de  plata  agrandaba  sus  ojos  fi- 
jos. Pasó  un  nuevo  rato  de  completa  inmovilidad. 

— Tengo  ganas  de  UoTar  —  dijo  Mercedes  suave- 
mente. 

Rohán  se  levantó.  Su  cariño  llegaba  ahora  a  la  com- 
pasión, a  esa  profunda  compasión  hecha  de  un  ver- 
dadero río  de  ternura  que  brota  del  corazón  mascu- 
lino tocado  en  ciertas  fibras;  esa  misma  compasión 
que  nos  hace  decir,  sin  motivo  alguno  para  ello,  aca- 
riciando a  la  mujer  amada:  "¡Pobrecita!  ¡Pobre,  mi 
amor!". . . 

A  tiempo  de  levantarse,  se  contuvo:  la  madre  y 
Eglé,  llegaban,  ésta  con  distinto  peinado.  Rohán  la 
miró  con  la  impresión  de  haber  dejado  de  verla  por 
varios  meses,  y  sobre  todo  como  si  hubiera  perdido 
el  recuerdo  de  su  hermosura.  La  observó  encantado, 
y  con  una  honda  inspiración  a  la  sola  idea  de  poder 
llegar  un  día  a  besarla. 


[45] 


HORACIO  QUIROGA 


xv 

La  estación  desbordaba  de  gente.  Habiendo  entrado 
por  el  pasadizo  norte,  tuvieron  que  detenerse  allí,  en 
la  más  absoluta  imposibilidad  de  dar  otro  paso.  No 
quedó  a  las  de  Elizalde  otra  acción  que  medir  a  las 
paseantes  de  una  ojeada,  y  cambiar  a  su  respecto  bre- 
ves palabras.  Rohán,  por  su  parte,  admiraba  la  pa- 
ciencia con  que  las  chicas  soportaban  el  examen.  De 
lejos  sabían  aquéllas  que  al  llegar  allí  iban  a  ser  des- 
menuzadas; y  sin  embargo  las  pobres  muchachas,  in- 
contestablemente mal  vestidas,  avanzaban  sin  la  menor 
turbación  hacia  las  de  Elizalde,  erectas  e  impasibles 
en  la  seguridad  de  su  vestir  intachable.  Rohán,  en  dis- 
posición de  ternezas  esa  noche,  sentía  gran  simpatía 
por  las  pobres  chicas. 

Un  riente  saludo  de  sus  amigas  hacia  el  andén 
opuesto,  lo  distrajo. 

— Crucemos  — dijo  la  madre — .  Son  las  de  Olivar; 
vamos  a  charlar  un  momento. 

Sobre  todo,  era  más  distinguido  pasear  por  allá. 
Abriéronse  paso  como  les  fue  posible  y  los  dos  grupos 
se  unieron.  No  obstante  poder  caminal  ahora  en  paz, 
el  runrruneo  de  ení rente  atraía  sus  ojcs,  y  entre  la  con- 
versación general,  los  comentarios  proseguían,  esta  vez 
con  saña  doble  por  tratarse  de  las  familias  commil 
fauL 

Desde  allí  parecía  a  Rohán  más  espantoso  el  rodeo 
ovino  de  los  paseantes.  Iban  de  un  lado  a  otro,  dán- 
dose vuelta  infaliblemente  en  cada  extremo  del  andén, 
como  si  allí  concluyera  el  mundo.  Hacíanlo  con  len- 
titud solemne,  las  caras  enrojecidas  y  sudorosas.  Ese 
lento  y  obstinado  vaivén,  visto  tras  el  enrejado  de 


[46] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


alambre,  daba  a  Rohán  una  impresión  de  maniobra 
porfiada  e  irracional  que  ya  nos  ha  acongojado  en 
pesadilla.  Y  a  través  de  todo  esto,  los  rápidos  ululando 
a  toda  velocidad,  con  su  cola  de  viento  que  montaba 
los  papeles  de  la  vía  sobre  el  andén  y  hundía  los  ves- 
tidos entre  los  muslos. 

Por  fin  se  retiraron.  Eglé  y  Rohán  marchaban  ade* 
lante,  sin  cruzar  una  palabra.  También  la  joven  regre- 
saba pensativa* 

— ¿Se  divirtió?  —  rompió  Rohán, 

— No  mucho  —  respondió  Eglé,  llevándose  las  ma- 
nos a  las  sienes. 

— ¿Le  duele  la  cabeza?. . . 

— No,  me  pesa  un  poco.  ¡Qué  aburrimiento!  No  sé 
cómo  a  Mercedes  le  gusta  eso. .  . 

— Ella  tiene  otro  modo  de  ser.  • .  A  mí  tampoco 
me  divierte. 

— Yo  creía  que  sí . . . 

— Absolutamente. 

Se  callaron.  Al  cabo  de  un  rato,  Rohán  observó: 

— Curioso  que  tengamos  el  mismo  gusto. . . 

Porque  a  pesar  del  silencio  de  Eglé,  habíale  pare- 
cido a  Rohán  notar  en  el  "brcak",  primero;  luego  en 
la  mesa,  y  un  momento  antes  en  la  estación,  ciertas 
miradas  de  fugitiva  y  honda  fijeza,  y  que  la  joven 
había  tenido  la  precaución  de  disimular  todo  lo  po- 
sible. —  Esta  noche  me  quiere —  se  dijo.  Y  el  demo- 
nio de  la  impulsividad  que  nos  ha  hecho  perder  tan- 
tas ocasiones  por  no  contemporizar,  le  subió  in- 
contenible desde  el  corazón. 

— ¿Oyó  lo  que  le  dije? 

— ¡Eglé!  —  llamó  la  madre  de  atrás  en  ese  ins- 
tante. La  joven  se  volvió. 

-¿Qué? 


[47  ] 


HORACIO  QtrrROGA 


— No  caminen  tan  ligero  > , . 

— Oí  —  respondió  despacio  Eglé,  mirando  al  mismo 
tiempo  a  su  madre,  mientras  agregaba  en  alta  voz — : 
Bueno,  ya  vamos  a  llegar. . . 

Rohán  vio  por  tercera  vez  el  camino  abierto,  pero 
recordó  también  los  desencantos  anteriores.  —  Apenas 
le  diga  algo  concreto,  —  se  dijo,  —  se  va  a  cerrar  de 
nuevo.  Sentíase  rabioso  ahora  — :  Si  piensa  que  le  voy 
a  dar  ese  gusto,  ¡estúpida! . . . 

Como  siempre,  en  estos  casos,  forzaba  la  expresión, 
para  afianzarse  así  en  un  estado  de  odio  ficticio  que 
se  creaba  él  mismo  para  resistir  mejor. 

Llegaron  a  la  quinta,  mudos  de  nuevo.  Fueron  to- 
dos a  la  sala,  donde  Mercedes  tocó  el  piano  con  mu- 
cha más  apacibilidad  de  la  que  hacían  presentir  sus 
nervios  de  esa  tarde.  Momentos  después  Eglé  reempla- 
zaba a  su  hermana,  y  Rohán  quedaba  solo  con  ella  en 
el  salón.  La  joven  prosiguió  tocando;  pero  poco  a  poco 
sus  piezas  no  alcanzaion  ni  a  la  mitad,  concretándose 
luego  a  ligar  acordes.  Hasta  que  al  fin  se  volvió  a 
Rohán : 

— ¿Qué  quiere  que  toque? 

— Lo  que  usted  quiera . .  ♦ 

Al  oír  la  nueva  pieza,  Rohán  se  sorprendió.  Era  una 
cosa  vieja,  no  oída  hacía  mucho  tiempo,  y  a  cuya 
época  volvió  de  golpe,  recorriendo  en  un  segundo  to- 
dos los  cambios  sobrevenidos.  Cuando  concluyó: 

— Qué  tiempo  que  no  oía  esto ...  ¿  Creo  que  se  lo 
he  oído  tocar  a  ustedes  antes?  —  la  interrogó. 

— Cierto,  es  verdad  —  asintió  Eglé,  Y  sin  apartar 
los  ojos  de  la  partitura: 

— Mercedes  lo  tocaba  la  noche  en  que  usted  se  fue. 

La  evocación  era  demasiado  viva  para  que  no  lo 
tornara  fosco  de  golpe.  Desde  el  sofá  — la  cabeza 


[48] 


H3ST0HIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


echada  atrás —  la  veía  de  perfil.  Sus  ojos,  que  baja- 
ban fugazmente  al  teclado,  estaban  contraídos  por  la 
luz  de  frente  y  el  esfuerzo  de  la  lectura.  Ahora  que 
la  atención  de  su  trabajo  la  hacía  olvidarse  de  su  fi- 
sonomía, sus  rasgos  se  acentuaban  con  un  gesto  un 
poco  duro  que  debía  de  ser  indudablemente  su  expre- 
sión natural  a  solas. 

Rohán  recorría  detalle  a  detalle  su  cuerpo.  El  más 
nimio  tenía  para  él  en  ese  instante  una  sugestión  inci- 
siva; y  como  notara  un  alfiler  salido  a  medias  del 
cuello  del  vestido,  eso  solo  inundó  su  pecho  con  una 
profunda  ola  de  viril  ternura.  Sentía  deseos  locos  de 
abrazarla,  de  protegerla,  y  la  misma  bizarra  compa- 
sión de  antes  le  traía  a  la  boca:  —  "¡ Pobre!  ¡pobre!" 

Se  lanzó  en  la  sima  que  se  abría  ante  él: 

— ¿Qué  edad  tenía  usted  cuando  yo  me  fui? 

El  pretexto  para  recomenzar  era  infantil;  pero  la 
efusión  de  su  amor  lo  entregaba  como  un  niño. 

— Ocho  años.  Era  muy  chica ...  —  agregó  Eglé. 

— ¡Sí,  ya  sé!  —  replicó  él  secamente,  —  No  he  que- 
rido decir  nada. 

Eglé  detuvo  su  mirada  en  la  de  él  un  segundo,  pero 
el  tiempo  suficiente  para  que  Rohán,  por  cuarta  vez 
en  el  día,  percibiera  la  intensa  expresión  ya  aludida, 

— Lo  he  dicho  sin  intención  —  se  excusó  Eglé. 

— Creo  —  murmuró  Rohán. 

Pero  siempre  sin  apartar  los  ojos  del  mismo  punto 
de  la  música,  la  joven  agregó: 

— ¿Porque  lo  quería  mucho,  verdad? 

— Sí  —  afirmó  él.  Y  acentuó  con  doloroso  sarcas- 
mo — :  Me  quería  mucho. . . 

Pero  a  pesar  suyo,  la  verdad  de  su  gran  cariño  lo 
entregó  en  otro  tumultuoso  impulso: 

— ¿Se  acuerda  del  balcón? 


[49] 


HORACIO  QUIROGA 


— Me  acuerdo . . .  —  murmuró  Eglé,  aproximando 
más  la  cabeza  a  la  difícil  música. 

Rohán,  con  el  cielo  abierto  de  golpe,  se  levantó, 
fue  a  su  lado  y  puso  torpemente  su  mano  sobre  la  de 
Eglé. 

— ¿Me  quiere  siempre?  —  le  preguntó  con  la  voz 
tomadísima  de  emoción»  Eglé  alzó  la  cabeza  y  lo  miró 
sonriente  y  turbada  de  felicidad: 

— Siempre, . . 

Rohán  se  inclinó  entonces  sobre  ella,  levantóle  la 
cara  del  mentón  y  unió  su  boca  a  la  suya.  El  beso 
fue  tan  largo,  tan  apretado,  que  Eglé  salió  de  él  fati- 
gada, rendida  por  ese  amor  que  entregaba  al  fin  en 
un  beso. 

Después  de  media  hora  se  levantaron  y  salieron  al 
balcón,  No  sabían  qué  decirse  de  alegría;  se  miraban 
riendo. 

En  la  noche  clara,  la  luna  brillaba,  luminosa  sobre 
su  inmensa  dicha.  El  jardín,  húmedo  al  fin  de  rocío, 
elevaba  al  cielo  su  serena  esperanza.  Mercedes,  desde 
la  verja,  los  vio. 

— ¿Por  qué  no  bajan,  Eglé?  Está  fresco  aquí.  .  . 

— No  podemos  —  contestó  Rohán. 

— No  podemos  —  repitió  Eglé. 

Mercedes,  después  de  observarlos  un  momento,  ha- 
bló con  la  madre  en  voz  baja  y  subieron  juntas. 

XVI 

A  la  mañana  siguiente  Mercedes  se  levantó  más 
temprano  que  de  costumbre.  Eglé,  con  la  sábana  a  los 
pies,  dormía  aún.  Se  desayunó  desganada  y  bajó  al 
jardín.  La  mañana,  fresca  y  llena  de  sol,  le  hizo  en- 


[50] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


tornar  los  ojos,  todavía  no  bien  despiertos.  Caminó 
-  un  rato  distraída  de  aquí  para  allá,  sin  resolución 
precisa  ni  vaga  de  hacer  nada.  Al  fin  se  detuvo,  sus- 
piró profundamente  oprimiéndose  la  cintura  con  las 
manos  y  miró  a  todos  lados,  aburrida.  No  sabía  qué 
hacer.  Pensó  un  momento  en  tocar  el  piano,  pero  sen- 
tíase llena  de  pereza  de  hacer  ruido  ella  misma.  Con- 
cluyó por  subir  a  su  cuarto  y  volvió  con  un  libro. 
Sentóse  en  un  banco  y  releyó  atentamente  el  título 
cuatro  o  cinco  veces  con  la  mente  vaga*  Vio  así  una 
hormiga  que  cruzaba  el  sendero  y  la  siguió  con  los 
ojos  hasta  que  se  perdió  en  el  césped.  Luego  levantó 
la  cabeza  y  el  sol  le  hizo  cerrar  los  ojos.  Trató  de 
afrontarlo,  usando  su  mano  de  pantalla,  y  por  mucho 
que  se  esforzó,  aún  cerrando  del  todo  un  ojo  y  abrien- 
do el  otro  apenas,  la  luz  la  deslumhraba.  Resignóse  y 
se  sentó  de  costado,  la  cabeza  en  la  mano.  Entretú- 
vose largo  rato  con  las  conchillas,  que  desparramaba 
en  semicírculo.  Su  zapato  provocó  en  seguida  su  aten- 
ción y  extendió  ambos  pies  cuanto  le  fue  posible. 
Quedóse  un  momento  mirándolos,  pensativa.  Luego, 
más  pensativa  aún,  subió  lentamente  las  faldas  hasta 
media  pierna.  De  pronto  las  dejó  caer  con  un  movi- 
miento brusco,  mirando  inquieta  alrededor. 

Volvió  al  libro,  abriólo  al  azar  y  no  entendió  una 
palabra.  Lo  dejó  a  un  lado  desganada,  abrazóse  las 
rodillas  cruzadas  y  tornó  a  su&pirar,  mirando  a  todos 
lados.  ¿Qué  hacer?  Decidióse  al  fin  a  ir  a  despertar 
a  su  hermana,  ocupación  siempre  grata  para  otra  her- 
mana aburrida»  Subió  de  nuevo,  abrió  la  ventana  de 
par  en  par  y  sacudió  a  Eglé  del  hombro. 

— ¡Son  las  diez,  Eglé! 

Eglé  murmuró  sin  abrir  los  ojos,  tratando  de  vol- 
verse a  la  pared: 


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HORACIO  QUIROGA 


— Tengo  sueño . . .  —  Pero  su  hermana  cerró  el 
tibio  camino  con  el  brazo. 

— ¡No,  levántate!  ¡Si  vieras!...  Estoy  más  abu- 
rrida, .  . 

Eglé  entregóse  sin  hacer  más  resistencia.  Se  vistió 
en  silencio  con  prolijo  esmero,  mirándose  larga  y  pen- 
sativamente en  el  espejo,  como  si  no  recordara  ya  su 
cara.  Ya  peinada  salió  al  balcón,  pasando  el  brazo  por 
la  cintura  de  su  hermana. 

El  sol,  más  fuerte  ya,  blanqueaba  la  avenida  ca- 
liente y  desierta.  En  la  esquina,  un  "break"  cruzó  la 
bocacalle,  tronó  un  momento  sobre  los  adoquines  y 
enmudeció  de  nuevo  en  el  polvo  del  callejón.  Las 
hermanas  tendieron  el  busto  afuera,  pero  no  pudieron 
conocer  a  los  viajeros. 

— Tengo  sueño  todavía ...  —  murmuró  Eglé  — .  Si 
me  hubieras  dejado  dormir.  ♦ . 

Mercedes  se  animó  de  pronto: 

— ¿Vamos  al  centro? 

— Mamá  no  va  a  querer. 

— No  importa;  vamos  a  pedirle  —  y  arrastró  a  su 
hermana  abajo.  En  efecto,  la  madre  se  opuso  resuel- 
tamente; el  día  anterior  habían  vuelto  a  las  dos  de 
la  tarde  y  era  bastante. 

— ¡Pero  Lola!  — se  quejó  Mercedes — .  ¡No  Bañe- 
mos qué  hacer! 

Desde  pequeña,  en  los  momentos  de  ternura,  Mer- 
cedes llamaba  a  su  madre  por  el  nombre. 

Perdida,  pues,  la  única  esperanza  de  distracción, 
las  jóvenes  se  miraron  desconsoladas.  Pero  cuando  hu- 
bieron subido  de  nuevo: 

— ¿Y  si  lo  llamáramos  a  Rohán?  —  propuso  Mer- 
cedes como  un  hallazgo. 


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HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


— No  — repuso  brevemente  Eglé — .  Va  a  venir  esta 
noche , . . 

— ¡Cierto!  No  me  acordaba. . .  Señora  de  Rohán,  . . 
Queda  muy  bien.  ¿Cuándo  te  casas? 

Su  voz  había  cambiado  un  poco.  Eglé  no  respondió. 

— ¿Sí? ...  —  continuó  su  hermana  — .  ¡Pues  yo  lo 
llamo  por  teléfono! 

— ¡Mamá!  — levantó  Eglé  la  voz — ;  Dile  a  Mer- 
cedes que  no  haga  eso. 

— ¿Qué  cosa?  —  respondió  la  madre. 

— Quiere  llamar  a  Rohán  para  que  venga . . . 

— ¡Mercedes!  —  clamó  la  señora  desde  abajo. 

— ¿Por  qué,  mamá?  ¿Acaso  porque  sea  novio  de 
Eglé,  va  a  dejar  de  ser  amigo  nuestro? 

— No;  pero  no  está  bien. 

— ¿Pero  por  qué? 

— ¡Porque  sí,  mi  hija!  ¡No  seas  ridicula! 
La  joven  miró  entonces  fijamente  a  su  hermana,  en- 
tornando los  ojos. 

— No  lo  voy  a  comer,  a  tu  Rohán. . . 

— Creo  lo  mismo ...  —  repuso  Eglé  tranquilamente. 

— ¿Qué  crees? 

— Que  no  lo  vas  a  comer. 

— ¡No!  ¡Puedes  estar  segura!  ¡No  te  tocaré  abso- 
lutamente a  tu  Rohán!  —  insistió  Mercedes. 
— Creo  lo  mismo. 

— ¡Crees!...  ¡Dime,  por  favor!  ¿Tienes  celos  de 
mí? 

Eglé,  sin  responderle,  se  levantó  con  la  expresión 
dolorida. 

— ¡Mamá!  ¡Dile  a  Mercedes  que  me  deje  en  paz! 
— ¡Mercedes! 

— ¡Nada,  mamá!  ¡Es  Eglé!  ¡No  se  le  puede  decir 
nada!  ¡Muy  bien!  Quédate  con  tu  amor,  te  dejo.  ¡Pero 

[53] 


HORACIO  QUIROOA 


puedes  estar  segura,  mi  hija,  de  que  nadie  te  dispu- 
tará tu  felicidad! 

Toda  esa  tarde  perduró  la  acritud  fraternal.  Pero  al 
caer  la  noche  fueron  juntas  a  la  verja,  y  los  comen- 
tarios cambiados  forzosamente  por  hábito,  trajeron 
insensiblemente  la  paz. 

XVII 

Rohán  visitaba  al  principio  los  jueves,  y  en  los  pri- 
meros tiempos  la  semana  le  parecía  terriblemente  larga. 

Como  siempre  se  quedaba  a  comer  allá,  el  miércoles 
de  noche,  al  sentarse  a  la  mesa  en  su  casa,  se  acordaba 
contento:  —  Mañana  no  como  aquí;  es  jueves  — .  Y  al 
evocar  a  Eglé  a  su  lado,  riéndose  cada  vez  que  le  pa- 
saba el  pan  por  indicación  de  su  madre,  sentíase  com- 
pletamente dichoso  por  ir  a  verla  al  día  siguiente. 

En  las  demás  horas,  fuera  de  los  momentos  de  aguda 
pasión,  el  recuerdo  normal  de  Eglé  no  le  producía  más 
que  un  grande  contento  de  sí  mismo,  y  una  reposada 
claridad  para  ver  y  juzgar  las  cosas.  Pero  era  sobre 
todo  en  las  circunstancias  íntimas:  al  acostarse,  al  le- 
vantarse, cuando  evocaba  a  su  novia;  y  al  hacer  o 
pensar  algo  bueno  que  ella  ignoraba,  o  al  escuchar 
algún  vago  elogio  de  él.  — Si  ella  oyera...  pensaba 
en  seguida. 

Por  fin  el  jueves  tomaba  el  tren,  acordándose  a  ve- 
ces de  los  viajes  que  hiciera  antes,  cuando  trataba  de 
convencerse  de  que  Eglé  le  era  indiferente  y  bajaba 
en  Lomas  para  ver  sólo  a  las  de  Elizalde. 

Eglé  lo  esperaba;  y  a  la  hora,  no  antes,  porque  los 
días  eran  largos  y  la  verja  sin  ligustro,  comenzaban 
su  dúo  en  el  jardín. 


[54] 


HISTORIA  DE  TIN  AMOR  TURBIO 


— ¡Amor,  amor  mío!  —  estrechábale  Rohán  la  cara 
entre  las  manos. 

Eglé,  sonriendo,  cedía  a  las  sacudidas  con  que  él 
apoyaba  cada  palabra  de  cariño.  Por  momentos  que- 
dábase ella  seria  y  lo  miraba  atentamente,  como  si 
resolviera  un  problema  de  dudas  sobre  el  amor  de 
Rohán,  o  hundiéndose  en  una  de  las  femeninas  y  ca- 
racterísticas desviaciones  de  pensamiento.  Rohán  sos- 
tenía el  examen,  pensando  a  su  vez  en  su  extrema 
felicidad  el  día  que  Eglé  fuera  suya.  Y  ante  esta  in- 
confundible expresión,  Eglé  &e  entregaba,  arrimando 
su  frente  al  cuello  de  éL  Cuando  Eglé  sonreía  así 
—  mientras  Rohán  le  sostenía  alta  la  cara  del  men- 
tón— ,  Rohán  sentía  bramar  dentro  de  sí,  pugnando 
por  escapárseles,  los  leones  del  deseo,  y  tenía  que  que- 
dar Un  rato  inmóvil,  recostado  al  pecho  de  su  novia 
para  aplacar  a  aquéllos  con  honda»  inspiraciones. 

— Eglé,  mi  alma. . . 

— ¡Sí,  tuya,  tuya!  —  murmuraba  ella. 

— Si  vieras  lo  que  he  sufrido.  ♦♦ 

-¡Y  yo! 

Quedaban  un  momento  graves,  estrechándose  más. 

— Mi  amor. . . 

-Sí... 

— ¿Para  siempre? 

— Para  siempre. 

— ¿Para  mañana? 

— Sí,  sí . . . 

— ¿Y  para  un  año? 

— Para  un  año. 

— ¿Y  para  muchos  años? 

Eglé  se  reía,  demasiado  dichosa  ya  para  continuar 
el  juego  que  ahogaban  al  fin  con  sus  labios. 

[55] 

6 


HORACIO  QUIROGA 


En  otros  momentos,  Rohán: 

— De  lo  que  estoy  seguro  es  de  quererte  mucho  más 
que  tú  a  mí. 

— ¡No  es  verdad!  —  protestaba  Eglé. 

— Completamente  cierto.  Y  si . . . 

— ¡No,  no!  Yo  te  quiero  más.  ¡Si  vieras!.,. 

— Dime  — cambiaba  él  entonces  de  posición  para 
mirarla  de  frente — :  ¿Por  qué  no  querías  hacerme 
ver  que  me  querías? 

Ella,  contraída,  se  echaba  sobre  el  pecho  de  Rohán. 

— ¡Te  quería  tanto!  —  murmuraba.  Rohán  la  be- 
saba en  la  nuca,  apartando  el  cabello  con  los  labios 
para  alcanzar  más  alto.  Y  añadía: 

— ¿Creías  que  yo  me  acordaba  de  aquella  noche, 
cuando  eras  chica? 

— No,  no . . . 

— Sin  embargo,  no  hay  otro  motivo. . .  ¿Y  me  que* 
rías  mucho  entonces? 
— ¡  Mucho,  mucho ! .  . . 
— ¿Menos  que  ahora? 
—¡Más!... 

— ¿Es  decir  que  ahora  me  quieres  menos? 

— ¡Oh,  malo!  —  se  incorporaba  ella  por  fin,  pro- 
bándole en  largos  y  húmedos  besos  su  error. 

Naturalmente,  evocaban  a  cada  rato  los  menores 
detalles  de  sus  choques  anteriores,  pero  sin  lograr  nun- 
ca ponerse  de  acuerdo  sobre  las  causas.  Lo  que  para 
Rohán  era  evidente,  para  Eglé  no  eran  sino  insidiosos 
sofismas  de  aquél.  En  resumen,  todo  había  pasado  por 
mala  interpretación  de  Rohán,  según  ella,  y  por  co- 
queterías de  Eglé,  Begún  él. 

— ¡Pero  no!  ¡Te  juro  que  no!  —  protestaba  la 
joven. 


[56] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


— ¡Pero  sí!  — porfiaba  él — .  Te  gustaba  que  te 
quisiera. 

— ¡Ya  lo  creo!  —  se  reía  Eglé  abrazándolo. 
— Y  si  te  gustaba  que  yo  te  quisiera  y  tú  me  querías, 
¿por  qué  hacías  eso? 
— No  sé,  te  juro  que  no  sé. . . 
— ¡Yo  lo  sé,  en  cambio! 
— ¡Dime! 

— No  quiero  —  respondía  él  atrayéndola. 
— ¡Dime,  dime! 
— No  quiero. . . 

Y  sobre  su  boca  y  su  cuello  susurraba:  —  No  quie- 
ro.. .  no  quiero. . .  no  quiero. ,  .  —  tan  bien,  que  los 
leones  volvían  a  bramar,  trayendo  la  tregua  necesaria. 

Pero  al  rato: 

— Quisiera  saber  qué  se  ha  hecho  de  la  personita 
impasible  de  antes. . . 

Eglé  se  reía,  dichosa.  Constituía  una  de  las  más 
frescas  impresiones  de  Rohán,  el  haberla  presentido 
así,  profundamente  afectiva. 

— ¿Ya  no  hay  más  gestos  de  reina,  parece,  seño- 
rita? 

— ¡No,  no!...  ¿Y  me  querrás  mucho  tiempo,  tú? 
— ¡Psss!...  Doce  años. 
— ¡Qué  horror! 

— Sí;  pero  como  tengo  once  más  que  tú,  en  verdad 
son  aún  veintitrés  de  amor.  Once  años.»,  ¿mucho, 
verdad? 

—¡Cállate!.. . 

— ¿Aunque  nos  casemos? 

— ¡Oh!  —  clamaba  ella  entonces,  si  bien  aproxi- 
mando a  Rohán  su  cara  echada  atrás,  y  en  su  boca 
aquella  sonrisa  con  una  sola  comisura  de  los  labios, 

[57] 


HORACIO  QUIROGA 


que  Rohán  absorbía  en  un  mudo,  hondo  y  estremecido 
beso  que  arrancaba  un  ronco  bramido  a  su»  leones. 

A  veces,  sin  embargo,  la  charla  era  muy  seria. 

— Supondrás  — asegurábale  él —  que  deseo  para 
ti  la  misma  libertad  que  para  mí.  Si  quieres  ir  a  un 
baile,  hazlo.  Ten  la  plena  seguridad  de  que  te  quiero 
bastante  más  de  lo  necesario  para  hacerte  la  ofensa 
de  creer  que  vas  expresamente  a  un  baile  a  enamo- 
rarte. Y  a  este  respecto,  otra  cosa:  si  alguna  vez  lle- 
gamos a  ir  juntos,  no  daremos  el  cargante  espectáculo 
de  meterle  a  la  gente  por  las  narices  nuestro  amor  y 
nuestras  inseparables  personas.  Tú  bailarás  por  tu 
lado,  y  yo  por  el  mío,  fuera  de  los  momentos  en  que 
tengamos  natural  deseo  de  estar  uno  al  lado  del  otro; 
¿te  parece? 

Eglé  asentía,  aunque  no  hubiera  deseado  que  él 
hablara  así.  Y  como  quedaba  mirándolo,  hundjda  de 
nuevo  en  su  giro  de  pensamientos  deductivos,  él  ob- 
servaba: 

— ¿Te  da  pena  que  no  sea  celoso? 

Eglé  se  recostaba  en  su  hombro  sin  responderle. 

— No  desees  verme  celoso  — sonreía  él  acaricián- 
dola— .  Te  aseguro  que  no  es  agradable. 

Luego  Eglé,  que  suponía  a  Rohán  excesivamente 
afecto  a  las  mujeres,  ponía  en  él  sus  ojos  de  duda  y 
fe: 

— No  me  importa  que  hayas  querido;  lo  que  deseo 
es  que  me  quieras  a  mí. 

— Sí,  a  ti  sola...  a-ti-so-la.  Y  tú  — añadió  él  en 
esta  ocasión,  observándola — :  ¿Has  querido  alguna 
vez? 

Tras  una  breve  pausa,  Eglé  respondió: 
— Sí,  creí  querer...  Pero  ahora  que  sé  como  te 
quiero  a  ti,  veo  que  no  amaba. 


[98] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


Su  cabeza  y  su  brazo  izquierdo  habíanse  de  nuevo 
estrechado  al  cuello  de  Rohán.  Este,  seguro  de  que 
Eglé  no  le  mentiría,  la  besó  agradecido  de  la  con- 
fianza que  en  él  mostraba. 

A  las  once  generalmente  volvían  al  salón.  Eglé 
tocaba  el  piano,  con  ritmo  no  siempre  justo  por  la 
insistencia  de  Rohán  en  apoderarse  de  una  mano, 
cuando  alcanzaba  en  los  bajos  hasta  él  La  madre  y 
Mercedes  se  aburrían  discretamente.  A  las  doce  y 
veinte  en  punto  se  iba,  pues  no  quería  perder  el  úl- 
timo tren  al  centro  y  verse  obligado  a  dormir  en 
Adrogué,  como  ya  le  había  acaecido  dos  veces. 

XVIII 

Pasaron  así  dos  largos  meses,  y  Rohán  comenzó  a 
hallar  un  poco  largas  sus  visitas.  Se  retiraba  cansado 
siempre,  la  cintura  dolorida  por  las  torce  duras  del 
busto  en  el  banco,  y  a  la  mañana  siguiente  — como 
llegaba  a  su  casa  a  la  una  y  media  y  no  se  dormía 
hasta  una  hora  después —  levantábase  tarde,  lo  que 
no  era  de  su  agrado.  En  consecuencia,  dijo  una  noche 
a  Eglé  que  en  adelante  tomaría  el  tren  de  las  once  y 
cuarenta.  Eglé  levantó  los  ojos  con  dolorosa  extrañeza, 
y  lo  miró  largo  rato,  mientras  en  sus  ojos  nacían, 
morían  y  tornaban  a  renacer  sus  dudas  sobre  el  amor 
de  Rohán.  Rohán  la  miraba  tranquilo  a  su  vez,  se- 
guro de  que  en  sus  ojos  Eglé  no  leería  más  que  la 
natural  y  firme  decisión  de  no  cansarse  demasiado. . . 
sin  ningún  otro  motivo. 

Eglé  sonrió  al  fin  débilmente,  como  las  personas 
que  consienten,  convencidas  sin  embargo  de  que  ellas 
tienen  razón,  y  buscó  el  cuello  de  él. 


[59] 


HORACIO  QUIROGA 


— Yo  no  me  cansaría  de  estar  con  mi  novia.  . . 
murmuró. 

— ¡Qué  sabes  tú!  — se  sonrió  Rohán,  alzando  el 
rostro  oculto  en  su  pecho — .  Son  cosas  nuestra3... 
Tú  no  sabes  nada.  Además,  esto  es  típico  de  las  mu- 
jeres. Todo  el  amor  a  nosotros  está  en  ustedes  única- 
mente: "No  importa  que  él  se  fatigue  o  sufra;  estando 
conmigo  me  da  placer,  y,  por  lo  tanto,  debe  quedarse". 
¿No  es  esto?  Vamos,  vamos. . .  ¡Si  te  quiero  siempre 
igual! 

— Antes  no  te  cansabas . . . 
— Porque  era  al  principio. 

Eglé  no  comprendía  y  levantaba  de  nuevo  los  ojos. 
Rohán  reafirmaba  lo  que  acababa  de  decir  con  las 
sencillas  razones  de  que  por  natural  entusiasmo  de 
comienzos  de  amor,  sentíase  antes  más  excitado  e  in- 
cansable. Aunque  se  daba  cuenta  de  que  esa  verdad 
no  era  posible  para  una  mujer  enamorada,  vale  decir 
con  peor  interpretación  de  la  habitual,  a  pesar  de  eso 
no  podía  menos  de  ser  sincero  con  ella. 

Dos  semanas  después,  Rohán  llegó  a  lo  de  Elizalde 
a  las  siete  y  media.  Habíase  quedado  más  de  lo  acos- 
tumbrado en  la  Dirección  de  Tierras,  estudiando  cier- 
tos perfiles  de  pozos  artesianos  que  acababan  de  llegar 
del  Sur  a  su  división.  Y  en  su  entusiasmo  por  las 
mechas  y  sondajes,  entretuvo  largo  rato  a  Eglé  con 
los  proyectos  de  lo  que  harían  en  la  estancia  cuando 
fueran  algún  día  a  vivir  allá. 

— Luego  — concluyó  besándole  las  palmas  de  las 
manos —  éste  es  el  motivo  de  haber  llegado  tarde. 
¿Me  perdonas? 

Eglé  perdonaba,  con  la  misma  débil  sonrisa.  Y  en 
sus  ojos  Rohán  leía  claramente  la  triste  certeza  de  que 


[60] 


HISTORIA  DE  TTN  AMOR  TURBIO 


él  la  quería  cada  vez  menos.  Ella  se  lo  decía  a  veces 
y  él  se  echaba  a  reir. 

— No,  te  juro  que  no. . .  Eg  que  ustedes  sienten  el 
amor  de  un  modo  muy  distinto  del  nuestro...  ¿No 
has  leído  por  casualidad  la  "Historia  de  los  Gabsdy" 
de  Kipling? 

— No,  ¿qué  dice? 

— Algo  muy  parecido  a  lo  que  nos  pasa. . .  A  lo  que 
nos  pasó,  Eglé,  mi  vida. . .  ¿Verdad?  —  la  estrechaba 
de  nuevo. 

Pero  como  a  la  visita  siguiente  llegaba  otra  vez  a 
las  siete  y  media,  y  lo  mismo  las  veces  siguientes, 
Eglé,  paseando  sola  a  bu  espera  por  el  jardín,  sentía 
que  se  derrumbaba  su  felicidad  de  dos  meses,  porque 
el  amor  de  Rohán  se  iba  apagando  poco  a  poco,  y  no 
la  visitaba  sino  por  no  hacerla  sufrir  si  le  decía  que 
ya  no  la  quería  más. 

XIX 

Una  tarde,  Rohán  quedó  muy  sorprendido  de  no 
ver  a  Eglé  esperándolo. 

— Ha  salido,  pronto  vuelve  — le  dijo  la  madre — . 
La  menor  de  las  Olmos  estuvo  hace  una  hora. . .  Us- 
ted sabe  la  amistad  que  tienen  con  Eglé.  Quería  a 
toda  costa  que  fuera  a  comer  con  eÜa. . ,  Es  su  cum- 
pleaños, y  nunca  ha  faltado  mi  hija.  Al  fin  Eglé  con- 
sintió en  ir  un  rato,  esperando  estar  de  vuelta  antes 
de  que  usted  llegara.  Ha  venido  temprano  hoy  —  con- 
cluyó mirando  el  reloj. 

— Sí,  señora .  ♦  • 

— Espero,  Rohán. . . 

— ¡Oh!  — se  rió  Rohán  con  franqueza — .  ¡Supon- 
drá que  no  soy  tan  chico! 


[61] 


HORACIO  QTJIROGA 


— Ya  va  a  venir  —  prosiguió  la  señora  — .  No  pue- 
de demorar.  Entretanto,  ¿por  qué  no  tocas  el  piano, 
Mercedes?  Hace  un  año  que  no  se  te  oye. 

La  joven  comenzó,  mientras  la  madre  subía  al  pri- 
mer piso. 

Desde  que  Rohán  tenía  amores  con  Eglé,  su  amistad 
con  Mercedes  había  perdido  del  todo  la  turbulencia 
de  antes.  Ahora  hablaban  juiciosamente,  sin  el  menor 
recuerdo  ni  en  la  voz  ni  en  los  ojos  de  sus  equívocos 
días.  Acaso  Rohán  hubiera  hallado  modo  y  ocasión 
de  fustigar  un  poquito  aquellos  nervios  locos;  pero  la 
joven  afectaba  tal  disposición  a  no  ver  ahora  en 
Rohán  sino  un  sencillo  y  querido  hermano,  que  éste 
no  quiso  insistir. 

Esa  noche,  sin  la  presencia  absorbente  de  Eglé,  mal 
dormidos  recuerdos  despertaban  agudos,  mientras  la 
miraba  tocar.  Había  engrosado.  La  cintura  quedaba 
ahora  alta  sobre  el  taburete.  La  falda,  echada  de  lado, 
ceñía  tirante  los  muslos,  y  bajo  la  axila  la  blusa 
tensa  formaba  pliegues.  Conocíase  claramente  su  fra- 
ternidad con  Eglé  en  la  igualdad  de  expresión  cuando 
leía  música:  los  mismos  ojos  entornados  con  esfuerzo 
de  miopía,  e  idéntica  dureza  en  la  boca.  Cuando  con- 
cluyó su  "Tosca",  Rohán  acercóse  al  piano. 

— ¿No  toca  más? 

— No  — respondió  la  joven,  recorriendo  de  nuevo 
con  los  ojos  la  música  ejecutada — .  Si  usted  quiere, 
sí. . . ;  pero  no  tengo  ganas. 

— No,  gracias. . . 

La  joven  se  levantó  sin  mirarlo,  oprimióse  las  sie- 
nes con  la  punta  de  los  dedos,  por  costumbre  de  per- 
tona  que  ha  sufrido  jaquecas,  y  se  recostó  de  brazos 
en  la  cola  del  piano,  hojeando  partituras.  Rohán,  con 
la  rodilla  encima  del  taburete,  la  miraba,  mientras  sus 


[62] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


leones  despertados  comenzaban  a  asomarse  a  sus  ojos. 
Dejó  el  taburete  y  fue  a  su  lado. 

— ¿Interesante,  esa  partitura? . . . 

— Sí,  estoy  viendo. . . 

Rohán  se  aproximó  más. 

— Qué  raro,  todo  esto ...  —  señaló  con  el  mentón 
un  trozo  cualquiera  de  la  música. 

— No,  eso  es  fácil . . .  Esto  es  mucho  más  difícil 
—  señaló  Mercedes  con  el  dedo, 

Rohán  extendió  la  mano  y  se  apoderó  del  dedo. 

Sin  pronunciar  una  palabra,  la  joven  lo  retiró  y 
bajó  la  cabeza  a  las  líneas  inferiores  de  la  página. 
Durante  un  rato  ambos  quedaron  inmóviles.  Rohán 
veía  sin  mirar  la  mejilla  de  Mercedes  enrojecida  junto 
a  la  oreja,  y  con  las  narices  dilatadas  respiraba  hasta 
el  fondo  de  su  ser  el  perfume  mareante.  Lentamente 
rodeó  con  el  brazo  la  cintura  de  Mercedes,  aproxi- 
mando en  silencio  su  cabeza  a  la  de  ella.  Al  sentir  el 
contacto,  la  joven  se  estremeció;  subió  los  ojos  en  la 
página  y  su  expresión  se  contrajo  con  desagrado, 
mientras  el  fuego  de  sus  orejas  invadía  la  mejilla  en- 
tera. Como  el  brazo  continuaba  oprimiendo  sin  mover 
un  dedo,  la  joven  intentó  llevar  la  mano  atrás  para 
desprenderse.  Pero  se  detuvo  y  quedó  inmóvil,  máa 
abrasada  aún. 

Rohán  ciñó  todavía  el -brazo,  y  vibrando  de  esca- 
lofríos puso  sus  labios  en  el  cuello  de  Mercedes.  La 
joven  se  oprimió  todo  lo  que  pudo  contra  el  piano. 

— ¡Déjame!  —  murmuró. 

Ante  este  tuteo  inesperado,  Rohán,  con  todos  los 
leones  en  rugidos,  la  estrechó  más. 

— ¡Dejáme!  —  se  quejó  de  nuevo  Mercedes.  Y  esta 
vez  logró  llega*  con  su  mano  a  la  cintura  y  despren- 


[63] 


HORACIO  QUTROGA 


derse,  yendo  a  caer  sentada  en  el  sofá.  Rohán  la  si- 
guió y,  mudo,  atrájola  violentamente  a  sí.  La  besaba 
aquí  y  allá  con  un  pequeño  gemido  de  deseo  exaspe- 
rado en  cada  beso.  Al  fin  ella  desprendió  su  boca  y 
recostó  su  cabeza  en  la  de  éL 

— Tú  no  me  quieres...  —  murmuró  con  lágrimas 
en  la  voz,  pero  estrechándolo  furiosamente  al  mismo 
tiempo. 

—Sí,  te  quiero ... 

— ¡No,  no  me  quieres! 

Rohán  quiso  decir  algo,  pero  no  halló  una  sola 
palabra.  Mercedes  midió  su  silencio. 

— ¡No,  no  me  quieres!  —  repitió  de  nuevo  fría- 
mente, y  levantándose  a  tiempo  que  llegaban  la  madre 

y  Eglé. 

Al  ver  a  Eglé,  Rohán  sintió  hacia  ella  súbita  e  in- 
mensa ternura;  ternura  de  marido,  no  de  novio,  algo 
de  íntimo  agradecimiento  y  mucho  de  honda  protec- 
ción, sentimiento  que  conocen  los  casados  ai  día  si* 
guiente  de  haber  sido  muy  injustos  con  su  mujer. 

XX 

El  jueves  siguiente  Rohán  llegó  un  poco  más  tarde 
aún.  Días  atrás  había  adquirido  cuantos  catálogos  de 
aparatos  de  sondaje  existían  en  plaza.  No  bastándole 
esto,  al  salir  de  la  oficina  iba  a  una  u  otra  casa;  exa- 
minaba válvulas,  grúas,  diamantes;  calculaba  calibres 
y  desgastes,  todo  con  la  atención  y  el  tierno  entusias- 
mo de  un  aficionado  pobre  que  remueve  un  costoso 
mecanismo.  Como  temprano  o  tarde  llegaríale  la  oca- 
sión de  abrir  todos  los  pozos  imaginables  en  la  estan- 
cia de  su  padre,  su  ánimo  industrial,  pasando  sobre 


[64] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


mechas  y  sondas,  llegaba  hasta  Eglé,  ante  la  certeza 
de  trabajar  dichosamente  un  día,  ella  a  su  lado. 

Contento  de  fe  en  sí  mismo  apresurábase  a  ir  a 
Constitución;  y  de  este  modo,  llegando  tarde  a  Lomas, 
Eglé  lo  recibía  lastimada.  No  le  decía  nada;  pero 
Rohán  notaba  en  su  primer  mirada  y  sobre  todo  en 
el  modo  de  reclinar  la  cabeza  en  su  cuello,  que  el  des- 
aliento proseguía,  Rohán  pensaba  a  su  vez  en  la  visi- 
ble injusticia  de  su  novia  deseando,  a  costa  de  todo 
lo  importante  que  él  pudiera  hacer  en  Buenos  Aires, 
tenerlo  con  ella.  Sabía  que  si  hablaran  desahogándose, 
todo  pasaría;  pero  el  mudo  sufrimiento  de  Eglé,  en 
vez  de  despertar  su  compasión,  hacíale  sentir  más  la 
sinrazón  de  esa  pena.  Y  de  este  modo,  no  obstante  los 
momentos  claros,  continuaban  sufriendo  a  la  par. 

Ese  jueves*  por  fin,  decidióse.  Di  jóle  todo  lo  que 
ella  sentía  y  lo  que  sentía  él. 

— En  el  fondo  — concluyó  Rohán,  acariciándola 
para  mitigar  la  dura  verdad —  no  hay  sino  el  terri- 
ble egoísmo  del  amor  de  ustedes.  Poco  les  importa  la 
dicha  personal,  —  independiente  del  amor  usufruc- 
tuado — ,  del  hombre  que  quieren.  Lo  único  que  aman 
es  su  propia  felicidad,  la  que  les  proporciona  el  hom- 
bre querido  con  su  presencia.  Por  lo  pronto,  no  es 
esto  hallazgo  mío , . .  Con  esta  sola  excepción  —  con- 
cluía pasándole  la  mano  por  la  garganta. 

Rohán  no  se  había  aún  habituado  a  la  sensación 
del  terso  cutis  de  Eglé,  y  cada  vez  que  lo  tocaba  le 
sorprendía  su  suavidad.  El  encanto  salíale  de  tal  modo 
a  los  ojos,  que  ella  comenzaba  siempre  a  sonreír 
cuando  él  se  disponía  a  acariciarla  de  ese  modo. 

— No,  no  es  eso. . .  — murmuraba  esta  vez  Eglé  re- 
costando su  cara  a  la  de  él — ,  Es  que  tú  no  me  quie- 
res como  antes, .  , 


[65] 


HOEACIO  QUIROGA 


— ¡Te  quiero! 
— ¡No,  no! 
— ¡Sí,  sí! 

— Vienes  porque  tienes  lástima,  nada  más,  de  tu  po- 
brecita  Eglé. . . 

— ¿Lástima,  verdad?., .  A  ver,  bien  de  cerca... 

— ¡Oh!  ¡Así  no  vale!  —  protestaba  ella  ahogada  de 
besos. 

— ¿Olvidamos  todo,  entonces? 
— ¿Vendrás  más  temprano? 

— Eso  no.  De  veras  — agregaba  seriamente — y  te 
juro  que  tengo  que  hacer. 
— Todos  los  días  que  vienes, , , 
— Y  los  otros.  ¿Olvidamos? 
— Sí,  olvidamos. 

Y  la  paz  se  selló  en  esa  ocasión  con  tal  sacudida 
amorosa,  que  las  peinetas  de  Eglé  se  desprendieron  y 
el  cabello  cayó,  cambiando  instantáneamente  su  com- 
postura de  novia  en  frescura  de  recién  casada. 

Bajaron  al  jardín.  Rohán  a  cada  instante  la  dete- 
nía, echábale  la  cabeza  atrás  del  mentón,  y  sobre  el 
rostro  de  Eglé,  bañado  por  la  luna,  en  que  la  dicha 
reencontrada  delatábase  con  arrobada  expresión,  sur- 
gía la  lenta  y  divina  sonrisa  con  una  sola  comisura 
de  los  labios. 

— Mi  amor,  mi  amor  querido... 

— Sí,  sí. . . 

— Mi  alma. . . 

— ¡Toda  tuya! . . . 

— ¿No  te  cansa? 

— ¿Qué?  —  retiraba  ella  la  cara,  temerosa. 
— Lo  que  te  digo;  no  sé  decirte  otra  cosa. . . 
—¡Oh!... 


[66] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


— Sí,  sí.*.  Mi  amor,  mi  vida,  mi  alma  querida. . . 

Pero  en  esos  torrentes  de  ternura,  la  boca,  la  nuca, 
el  cuerpo  entero  de  Eglé  oprimido  al  suyo  mantenía 
a  sus  leones  en  un  constante  bramido.  Cuando  aqué- 
llos se  enloquecían,  Rohán  conteníalos  rompiéndose 
las  manos  como  en  un  torno  tras  la  cintura  de  Eglé. 
Mas  la  dicha  de  haberse  hallado  de  nuevo  era  dema- 
siado fuerte  para  desprenderse  uno  del  otro,  y  así  los 
leones  tornaban  a  soltarse,  poniendo  en  cada  dedo  de 
Rohán  un  haz  vibrante  de  nervios  enloquecidos. 

Eaa  noche,  en  un  instante  de  tregua,  Rohán  echó 
una  ojeada  alrededor: 

- — Sentémonos,  ¿quieres?  Estoy  cansado... 

Rohán  se  sentó  primero,  y  al  sentarse  Eglé  la  atrajo 
suavemente  a  sí.  Eglé  resistió  oprimiendo  su  boca  a  la 
de  él,  y  cayó  en  el  banco  a  su  lado.  Rohán,  el  alma 
y  la  voz  turbadas,  insistió: 

— Sí,  mi  alma,  sí . . . 

— No. . .  no. . .  —  gimió  ella. 

Los  leones  enmudecieron  de  golpe.  Ella  lo  sintió, 
sin  adivinar  claramente  la  causa,  y  redobló  sus  besos 
con  muda  congoja.  Pero  él  se  levantó. 

— Es  inútil  ya  —  dijo  con  fría  voz — .  Estoy  muerto. 

Eglé  quedó  helada. 

— i  Qué  tienes!  —  murmuró. 

— Nada . . .  Varaos  adentro . . .  Me  voy. 

Eglé  se  levantó  muda  y  marchó  a  su  lado.  Después 
de  caminar  diez  pasos  lo  detuvo  de  la  mano,  mirán- 
dolo consternada: 

— ¡No  te  vayas  así!... 

— ¡Muy  gracioso!  — rompió  él  con  la  voz  trémula 
por  la  violencia  que  se  hacía — .  Hoy  no  te  parecía 
bien, . .  Que  te  besara,  sí,  pero  eso  no. . .  Sabías  qut 


[67] 


HORACIO  QUtROGA 


no  debías  hacer  eso. . .  Que  te  besara,  sí,  porque  está 
permitido;  pero  eso  no.  Como  gi  fuera  diferente... 
¿Te  manchaba  más  que  un  beso  que  te  sentara  en  las 
rodillas? 

Eglé  lo  miraba  angustiada  en  los  ojos. 
— ¡Dime!  — reanudó  él — .  ¿Te  creías  deshonrada 
por  eso? 
—No. . . 

— ¡Y  entonces!...   Lo  que  me  da  rabia  es  el 
cálculo . . . 
—¡Oh!... 

—  ...¡Sí,  el  cálculo,  el  dogma  de  ustedes!  Cuando 
después  de  una  hora  de  cariño  siento  la  necesidad  de 
tenerte  más  cerca  de  mí,  te  acuerdas  de  que  has  apren- 
dido que  las  mujeres  no  deben  permitir  eso...  ¡Y 
conmigo,  como  te  quiero  yo! 

— ¡No,  te  juro!.. . 

— Pero  y  si  me  quieres  y  crees  que  te  quiero,  ¿por 
qué  no  quisiste?  Esto  es  lo  que  me  indigna:  ¡que  te 
hayas  resistido,  no  porque  no  lo  desearas,  sino  porque 
habías  aprendido  que  no  debías  hacer  eso! 

Llegaban  ya  hacia  la  casa;  pero  se  detuvo  brus- 
camente. 

— Es  imposible  que  me  vaya  así. . .  Caminemos  un 
rato. 

Caminaron  apartados,  mudos.  De  pronto  Eglé  mur- 
muró en  voz  baja  y  lenta: 

— Lo  que  te  aseguro  es  que  pocas  novias  harían  lo 
que  hago  yo . . . 

Rohán  no  respondió  en  seguida,  profundamente  he- 
rido por  el  simulado  candor  de  Eglé. 

— ¿Tú  crees  que  los  novios  no  besan  a  sus  novias? 
—  preguntó  al  fin  con  amargura. 


[68] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


— No  me  refiero  a  eso  —  repuso  Eglé  mirándolo 

con  triste  firmeza — .  Digo  que  pocas  novias  sopor- 
tarían lo  que  me  estás  diciendo ! . . . 

Rohán  se  encogió  de  hombros.  Seguía  rabioso,  con 
temor  de  hablar  y  decir  algo  de  que  después  debiera 
arrepentirse. 

Hasta  ese  instante  habían  girado  sin  cesar  alrededor 
de  un  macizo.  Poco  a  poco  la  costumbre  les  hizo  ex- 
tender el  radio  y  llegaron  así  cerca  del  banco  en  que 
acababan  de  escollar.  Rohán,  que  iba  a  la  izquierda 
de  ella,  esquivó  el  banco,  cortándole  el  paso  hacia  otro 
sendero.  Eglé  se  detuvo  a  medias  y  buscó  sus  ojos, 
pero  él  no  la  miró.  Entonces  ella  lo  detuvo. 

— ¡Mira!  — le  dijo  con  súbita  y  angustiada  deci- 
sión— Hace  dos  años  yo  tuve  un  novio...  Y  por 
la  resistencia  que  hice  es  que  todavía  soy  digna  de  ti. 

La  primera  impresión  de  Rohán  fue  desastrosa: 
nunca  le  había  dicho  ella  que  hubiera  tenido  novio. 
Pero  casi  en  el  mismo  instante,  midió  la  nobleza  de 
la  pobre  criatura  al  hablarle  así. 

— Muy  bien ...  Te  agradezco  mucho  lo  que  acabas 
de  decirme.  Pero  yo  también  te  juro  que  si  hubieras 
hecho  lo  que  yo  quería  hoy,  siempre  serías  para  mí 
tan  digna  de  mí  y  de  ti  misma  como  ahora  — con- 
cluyó — .  Y  recogiéndola  con  tiernísimo  respeto : 

— Bueno,  mi  amor,  se  acabó... 

Eglé  se  recostó  a  él,  temblando  en  escalofríos  que 
le  recorrían  todo  el  cuerpo.  Un  momento  después 
Rohán  sentía  en  el  cuello  una  gota  tibia.  Profunda- 
mente enternecido: 

— No,  mi  alma. . . 

Ella  entonces  se  oprimió  más,  conteniendo  sus  so- 
llozos. 


[fifi] 


HOKACIO  QUERO  G A 


— ¡Te  quiero  tanto! . . . 

— ¡Si  yo  también  te  quiero!  Bueno,  ae  acabó.»  . 

— ¡Estoy  tan  contenta  de  habértelo  dicho! . . . 

Prosiguieron  caminando  cogidos  de  la  cintura,  en- 
tregándose en  oprimidos  besos  el  consuelo  de  su  amor 
lastimado.  Poco  a  poco,  sin  embargo,  las  caricias  de 
Rohán  disminuían,  mientras  su  expresión  cambiaba. 
Eglé  lo  notó,  y  deteniéndose  ante  él  lo  miró  con  honda 
súplica.  Rohán,  inmóvil,  soportó  fríamente  el  examen. 
Luego  se  desprendió,  reanudando  la  marcha. 

— Lo  más  doloroso  para  mí  - —  rompió  de  pronto  — f 
es  que  hayas  necesitado  acordarte  del  otro  para  de- 
fenderte de  mí . . . 

— ¡Oh!  —  lo  detuvo  Eglé,  apartándose.  Rohán  la 
atrajo  en  seguida. 

— No,  no...  No  quise  decir  eso...  No  sé  lo  que 
me  digo. . .  ¡Perdóname! 

Eglé  lo  besó  con  honda  pasión,  repitiéndole  de  nue- 
vo, pero  ahora  con  dolorosísima  evidencia,  como  si  se 
lo  dijera  a  sí  misma: 

— ¡Te  quiero  tanto!... 

Pero  el  tormento  de  Rohán  proseguía.  Volvía  y  re- 
volvía, mientras  caminaban,  lo  que  acababa  de  decir 
a  Eglé.  Apenas  concluida  su  frase,  había  sentido  él 
mismo  su  ofensa  — .  Pero  por  algo  lo  dije  - —  obstiná- 
base— .  Al  fin  creyó  ver  claro. 

— Vuelvo,  sin  embargo,  sobre  lo  que  te  he  dicho 
—  rompió  de  nuevo  — .  Me  turbé  hoy  y  no  supe  qué 
responderte.,.  Dime,  ¿por  qué  me  dijiste  hace  un 
rato  que  habías  tenido  novio? 

Eglé,  hundida  en  su  quebranto,  no  pudo  entrar  en 
seguida  en  la  argumentación  de  Rohán,  y  quedó  inerte, 
mirándolo.  Pero  él,  frío,  insistió: 


[7i] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


— ¿Por  qué  me  evocaste  el  recuerdo  de  la  resisten- 
cia que  debiste  hacer  antes,  en  pos  de  lo  que  quería 
hacer  yo? 

Indudablemente  estaba  en  lo  cierto.  Eglé,  llena  de 
angustia  por  la  injusticia  de  Rohán,  se  había  apoyado 
en  su  doloroso  recuerdo  para  que  su  novio  compren- 
diera el  peligro  que  corría  con  él  queriéndolo  como 
lo  quería,  Eglé  vio  también  que  ése  era  —  no  obstante 
la  dureza  con  que  Rohán  lo  habia  planteado —  el 
único  motivo  de  habérselo  dicho.  Durante  un  rato  que- 
daron mirándose,  mientras  seguían  mutuamente  en  sus 
ojos  sus  pensamientos  hermanos. 

— ¡Dime!  — la  recogió  bruscamente — .  Dímelo  con 
toda  franqueza:  ¿Me  quieres  mucho,  mucho? 

— ¡Oh,  no  sabes  cuánto! 

— ¿Me  quieres  a  mí  únicamente? 

Eglé  apartó  la  cara,  lo  miró  angustiada  y  volvió  a 
recostarla  sin  decir  una  palabra,  en  el  pecho  de  Rohán. 

— ¿Unicamente?  —  insistió  Rohán. 

Ella  entonces  lo  estrechó,  vibrando  de  transida  con- 
vicción. 

— ¡Sí!  ¡Sí!...  ¡No  sabes,  no  sabes  cuánto  te 
quiero! . . . 

Esta  vez,  y  por  el  resto  de  la  noche,  la  paz  no  se 
interrumpió. 

XXI 

En  el  tren,  Rohán  volvió  a  evocar  uno  a  uno  los 
incidentes  de  esa  noche.  Sobre  todas  las  cosas,  sen- 
tíase satisfecho  de  Eglé.  Veía  siempre  su  expresión  de 
sufrimiento  y  decisión  final,  a  pesar  de  todo  lo  que 
él  pudiera  creer,  cuando  le  dijo  aquello,  después  que 
él  la  había  querido  sentar  en  las  rodilla». . . 

[71] 

7 


HORACIO  QtTIROGA 


Y  de  pronto,  con  la  instantaneidad  del  rayo,  vio  <d 
otro>  queriendo  hacer  lo  mismo,  en  el  mismo  banco. . . 
¡He  aquí  por  fin  el  verdadero  motivo  que  la  llevó  a 
confiarse!  ¡Esa  coincidencia,  ese  mismo  rugido  mascu- 
lino que  tornaba  a  repetirse  en  el  mismo  banco,  había 
provocado  el  sufrimiento  de  Eglé! 

Como  si  lo  hubieran  empajado  bruscamente  por  la 
espalda  estando  distraído,  el  corazón  se  le  paró.  Vio 
con  una  intensidad  terrible  a  Eglé  resistiendo,  y  al 
otro  recogiéndola:  "Sí,  sí..."  El  cuadro  se  le  fijaba 
casi  hasta  la  alucinación.  No  veía  nada  del  otro,  nin- 
gún rasgo;  pero  sentía  en  él  al  hombre,  al  hombre 
ardido  de  deseo,  asaltando. . .  ¡A  Eglé! . , .  Sintió  un 
odio  brutal,  odio  tan  impulsivo  y  a  flor  de  animali- 
dad, que  fijando  sin  querer  la  vista  en  un  pasajero 
de  negro  que  veía  de  espaldas,  tuvo  la  plena  seguridad 
de  matarlo,  si  hubiera  sido  el  otro...  Pero  no  segu- 
ridad de  fría  convicción  adquirida  en  casa  tras  com- 
plicado raciocinio,  sino  el  impulso  que  sentía  en  ese 
instante  mismo,  en  los  ojos  y  en  los  dedos;  una  cer- 
teza convulsiva  en  las  manos  al  encarnar  al  otro  en 
el  sujeto —  Veía  a  Eglé,  besándolo  como  lo  besaba 
a  él,  mirándolo  como  lo  miraba  a  él,  la  sonrisa  con 
una  sola  comisura . . . 

Respiró  violentamente  porque  sentía  un  ardiente 
empuje  interno  que  le  echaba  la  sangre  afuera.  Pero 
el  banco  volvía.  . .  volvía. . .  No  se  veía  ahora  él  sen- 
tado con  Eglé:  lo  veía  al  otro. . .  Y  revivía  todas  sus 
situaciones  de  mayor  cariño  con  su  novia,  pero  ocu- 
pando la  sombra  maldita  au  lugar.  Evocó  sus  más  ín- 
timos recuerdos  — de  detalles  nimios,  a  veces  —  que  le 
probaban  fundamentalmente  el  amor  de  Eglé.  Y  veía 
en  las  mismas  situaciones  al  otro  con  ella,  las  mismas 


[72] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TÜBBIO 


circunstancias  en  que  Eglé  le  decía  ex-ac-ta-men-te  lo 
que  le  había  dicho  a  él,  a  Rohán .  , . 

Se  daba  cuenta  de  que  se  deslizaba  por  una  pen- 
diente de  locura;  pero  no  podía  ni  quería  tampoco 
dominarse. 

"Tuve  que  resistir" . . .  El  sabía  qué  quería  decir 
esto;  sabía  lo  que  es  atacar,  la  violencia  arrolladora 
que  hay  en  un  novio,  Y  el  otro  había  querido  tentar 
a  Eglé.,.  jA  ella,  maldición! 

La  misma  desgraciada  frase  de  Eglé  lo  exasperaba: 

"Tuve  que  hacer  resistencia"  Eso  suponía  besos 

otorgados  por  Eglé,..  Volvía  a  detenerse  brusca* 
mente,  con  la  sensación  de  estallar  si  continuaba  evo* 
cando.  La  garganta,  reseca,  dolíale.  Sentía  él  mismo 
el  calor  que  irradiaba  su  cuerpo,  y  la  cara  le  abra* 
saba.  Cada  cuadro  sostenido  suspendíale  la  respira- 
ción,  hasta  recobrarla  violentamente  al  afrontar  el 
límite  de  su  tolerancia  imaginativa. 

Por  fin  llegó  a  Constitución  y  tomó  el  tranvía,  mo- 
mentáneamente aplacado;  pero  una  vez  inmóvil,  el 
análisis  recomenzó.  Lo  que  dominaba  en  toda  esa 
tortura  era  el  odio  al  otro,  el  violento  acceso  de  des- 
trozar al  que  nos  tocó  a  nuestra  mujer.  Y  más  fría- 
mente, la  seguridad  adquirida  en  esos  momentos  de 
matar  a  su  mujer  el  primer  día  que  llegara  a  darle 
verdadero  motivo  de  celos. 

Comenzaba  a  apaciguarse.  Lo  que  me  amarga  —  de- 
cíase  —  no  es  que  haya  tenido  novio,  y  que  éste  haya 
tratado  de  hacer  lo  que  todos  nosotros;  sino  el  no 
habérmelo  dicho  antes.  ¿Qué  pudiera  haberle  respon- 
dido, si  al  principio  de  nuestra  amistad  me  dice  sen- 
cillamente que  había  tenido  novio?  Pero  casualmente, 
y  tarde  ya,  se  le  ocurre  confesármelo  en  la  forma  mái 
terrible  y  evocadora  para  un  hombre... 


[73] 


HORACIO  QUIROGA 


Súbitamente  evocó  el  rostro  de  Eglé,  desesperada 
de  verlo  tan  injusto:  —  "Mira:  yo  tuve  un  novio;  y 
por  la  resistencia  que  hice" . , . 

Rohán  saboreó  en  toda  su  pureza  la  noble  angustia 
de  Eglé,  al  entregarle  en  esas  palabras  su  modo  entero 
de  ser. 

Una  caricia  de  frescura  calmante  recorrió  sus  ner- 
vios doloridos.  Comprendió  plenamente  la  cantidad 
de  amor  honrado  y  de  fe  en  su  inteligencia  que  supo- 
nía esa  confesión,  después  de  lo  que  él  había  querido 
hacer.  Y  una  nueva  caricia,  esta  vez  de  dicha  recupe- 
rada, suavizó  su  alma  — .  Vale  mucho  más  de  lo  que 
yo  creía  —  se  dijo.  No  sé  qué  muchacha,  repleta  de 
besos  desviados  e  hipocresías  de  amor,  hubiera  sido 
capaz  de  esa  sinceridad,.* 

Pero  una  sola  palabra  evocada  lo  precipitó  de  nuevo 
en  el  abismo.  "Resistí"...  ¡Sí,  claro!  Eso  quería  de- 
cir caricias  insistentes  del  otro,  cada  vez  más  opri- 
midas. ,  ♦ 

La  intensidad  de  la  evocación  fue  tan  incisiva,  y  tal 
el  odio  al  otro  retratado  en  su  semblante,  que  un  su- 
jeto en  quien  Rohán  tenía  la  vi&ta  fija  sin  darse 
cuenta  de  ello,  lo  miró  de  mal  talante. 

Sintióse  por  fin  calmado.  De  toda  esa  horrible 
noche  no  veía  ni  sentía  sino  el  doloroso  valor  de  su 
novia,  que  le  aseguraba  en  aquel  sollozo  de  sinceri- 
dad, la  paz  inconmovible  del  porvenir.  Pero,  a  punto 
de  dormirse,  arrobado  por  esta  dicha,  vio  de  repente 
al  otro,  vestido  de  negro,  en  su  lugar.  Quiso  arran- 
carse a  la  alucinación,  y  no  pudo  conseguirlo;  al  otro 
era  a  quien  besaba  Eglé.  Al  otro  era  a  quien  miraba 
con  los  ojos  entornados...  Y  en  sus  tres  horas  de 
insomnio  recidivaron  — más  agudas  y  quemantes—, 
todas  sus  torturas  de  esa  noche. 


[74] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


XXII 

Cuando  tres  días  más  tarde  Rohán  fue  a  Lomas, 
mantuvo  largo  rato  estrechada  a  Eglé  sin  pronunciar 
una  palabra,  como  si  en  esos  tres  siglos  de  infierno 
hubiera  perdido  la  noción  de  su  existencia  real. 

En  esos  tres  días,  lo  único  que  lo  había  consolado 
era  la  seguridad  de  que  estando  con  ella,  sintiéndola 
suya,  olvidaría  todo.  En  ese  instante  era  de  él,  toda 
de  él,  únicamente  suya.  Cuando  de  pronto,  al  sentir 
la  mano  de  Eglé  sobre  su  cabeza,  vio  nítidamente  al 
otro  en  su  lugar,  en  otra  circunstancia  idéntica  a  la 
actual. 

Se  apartó  bruscamente  y  comenzó  a  pasear.  Sintió, 
más  que  vio,  la  desolación  de  su  novia  inmóvil,  y  vio 
de  nuevo  al  otro,  caminando  una  cierta  vez  como  él 
caminaba  ahora,  y  a  Eglé,  la  misma  Eglé  que  quería 
calmarlo  como  a  él  en  ese  instante. . , 

— ¡Pero  qué  tienes!  —  gimió  Eglé. 

¡Exactamente  eso  había  dicho  al  otro! 

— ¡Déjame!  —  clamó,  arrancándose  violentamen- 
te — .  ¿No  ves  que  me  vuelvo  loco? 

Y,  efectivamente,  temía  volverse  loco  si  esa  atroz 
pesadilla  continuaba.  Todo:  el  salón,  su  dolor,  el  si- 
lencio agravado  por  el  tenue  silbido  del  gas,  toda  esa 
situación  había  sido  ya  vivida  por  el  otro.  . . 

Dejóse  caer  al  lado  de  ella,  los  codos  sobre  las  ro- 
dillas, y  se  cubrió  la  cara  con  las  manos. 

Eso  mismo  había  hecho  el  otro...  Sintió  el  brazo 
de  Eglé  alrededor  de  su  cuello. 

— ¡No,  por  favor!  — clamó  de  nuevo  levantándo- 
se— •  ¡No  me  digas,  no  me  hagas  nada! 


[75] 


HORACIO  QUIROGA 


Con  un  violento  esfuerzo  pudo  detenerse  en  esa 
pendiente  de  locura,  y  fue  por  fin  exhausto  a  hundir 
la  cabeza  en  el  pecho  de  su  novia. 

— ¡Pero  dime!  ¡Drnie  qué  tienes!  —  gimió  ella, 

— No  me  veo  amí...  —  murmuró  él. 

Eglé  no  oyó  bien. 

-¿Qué?-.- 

— No  me  veo  a  tu  lado;  veo  al  otro, . . 

Ella  lo  estrechó  con  hondo  amor  y  compasión. 

— Si  me  conocieras  más  — dijo —  comprenderías 
qué  distinto  fue  aquello  de  esto . , . !  del  amor  que  te 
tengo  a  tí ! . , ,  Yo  era  muy  chica . , .  Papá  se  em- 
peñó, .  • 

— ¡No,  no  me  digas  nada!  No  quiero  saber  una 
palabra. . .  ¡Si  no  me  importa  que  lo  hayas  querido! 
¡Lo  que  no  quiero  es  que  te  haya  tocado! 

Eglé,  sin  responderle,  levantóle  a  la  fuerza  la  ca- 
beza, y  le  tendió  los  brazos  y  la  boca  con  un  estreme- 
cimiento tal,  que  fue  para  Rohán  lo  que  el  primer 
soplo  con  olor  a  tierra  mojada  en  una  asfixiante  de- 
presión de  tempestad.  Y  ella: 

— ¡No  te  figuras,  no  te  imaginas  cuánto  te 
quiero ! . . . 

Y  él: 

— ¡Y  tú  no  sabes  qué  necesidad  tengo  de  que  me 
quieras! 

En  ningún  otro  momento  Rohán  habría  lanzado  esa 
exclamación.  Pero  ahora  la  sentía  de  tal  modo,  ha- 
bía surgido  con  tal  atormentada  sinceridad  de  su 
alma,  que  los  ojos  de  Eglé  se  nublaron  también  de 
lágrimas. 

— ¡Y  pensar  — meditó  él  dolorosamente  en  voz 
alta —  que  he  necesitado  de  todo  este  infierno  para 
apreciar  cuánto  te  quiero! . . . 


[76] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TUBBIO 


XXIII 

Al  día  siguiente  se  levantó  Rohán  con  el  espíritu 
tranquilo.  Cuando  dijo  a  Eglé,  la  noche  anterior,  que 
había  necesitado  todo  aquel  infierno  para  darse  cuenta 
de  cuánto  la  quería,  no  había  hecho  sino  expresar  ese 
sentimiento  en  la  misma  forma  con  que  él  se  lo  había 
dicho  a  sí  mismo.  Sus  torturas  habíanse  caracterizado, 
como  es  natural,  por  súbitos  saltos  de  odio  a  amor,  y 
viceversa;  y  esto  con  la  rapidez  y  la  falta  de  transi- 
ción que  conocen  bien  las  personas  que  han  visitado, 
por  dos  segundos  siquiera,  el  infierno  de  los  celos. 
Había  comprobado,  a  expensas  de  sus  torturas,  que 
amaba  a  Eglé  mucho  más  de  lo  que  él  se  imaginaba. 
—  ¡Y  no  haberme  dado  cuenta  antes  de  cuánto  la 
quiero!  \Yo  que  le  decía  que  fuera  tranquilamente  a 
bailar! . . . 

En  resumen,  como  tras  una  pesadilla  que  rememo- 
ramos después  en  todos  sus  detalles  para  apreciar  más 
la  dicha  real,  gozaba  retropensando.  Recordó  enton- 
ces aquella  ocasión  en  que  al  preguntar  por  curiosi- 
dad a  su  novia  si  alguna  vez  había  querido,  Eglé 
había  respondido:  "Una  vez  creí,.,  Pero  ahora  que 
te  quiero  a  ti,  veo  que  me  equivocaba" . . . 

Rohán  quedó  frío.  Era  el  otro,  sin  duda.,.  ¿Por 
qué  Eglé  no  le  había  dicho  entonces  que  había  tenido 
novio? 

El  veneno  había  entrado  ya.  Evocó  en  un  segundo 
todas  sus  certidumbres  de  la  honradez  de  su  novia 
compradas  tras  días  de  mai tirio,  y  ni  una  siquiera 
resistió  a  esta  pregunta:  —  ¿Por  qué  me  ocultó  que 
había  tenido  novio?  La  primera  forma:  —  ¿Por  qué 
no  me  dijo, —  hubiera  pasado  sin  morderlo;  pero 


[77] 


HORACIO  QUraOGA 


por  que  me  ocultó,  sobraba  para  aguzar  hasta  la  raíz 
los  colmillos  de  sus  celos. 

Recomenzó  el  ciclo  de  dudas,  comprendiendo  que 
por  mucho  tiempo  no  recuperaría  su  confianza  en 
Eglé,  él  que  no  había  soñado  siquiera  en  averiguar 
qué  había  hecho  ella  durante  sus  ocho  años  de  au- 
sencia, por  creerla  incapaz  de  engañarlo.  Y,  sin  em- 
bargo, le  había  ocultado...  ¿Pero  por  qué,  por  qué 
motivo  lo  había  ocultado? 

Con  esa  terrible  esencia  de  los  celos  de  arrastrar- 
nos a  las  probabilidades  mínimas,  a  los  raciocinios 
de  excepción,  por  los  cuales  una  mirada  distraída  de 
nuestra  mujer  a  un  individuo  que  está  en  el  palco 
vecino,  basta  para  hacernos  dudar  brutalmente  de  diez 
años  de  amor  y  cuatro  hijos,  Rohán  encontraba  ahora 
en  los  menores  detalles  de  su  amistad  en  la  casa,  una 
prueba  de  la  constante  preocupación  de  Eglé  y  de 
toda  la  familia  para  que  él  no  supiera  aquello.  Pero 
¿Por  qué?  ¿Qué  había  pasado  allí  para  ocultárselo 
de  ese  modo? ... 

Su  inteligencia  le  advertía  muy  claro  que  no  era  ése 
el  modo  de  raciocinar;  pero  su  amor  hiperestesiado  y 
pervertido  por  los  celos,  le  pedía  a  gritos  raciocinios 
de  esa  especie.  Su  claro  juicio  le  afirmaba:  —  Eglé  no 
me  lo  dijo  al  principio,  únicamente  por  motivos  de  se- 
ducción en  las  luchas  de  amor:  no  haber  querido 
nunca  es  un  encanto  más.  Más  tarde  no  tuvo  valor 
para  decírmelo,  temiendo  el  disgusto  que  me  daría. 
¿Cómo  exigir  más  violencia  de  sinceridad  de  un  alma 
femenina? 

Pero  la  perversión  deductiva  desviaba  a  tal  punto 
las  menores  palabras  sueltas  y  silencios  recordados, 
que  se  enfangaba  en  las  más  abominables  suposicio- 


[78] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


nes  donde  rodaban  Eglé,  Mercedes,  la  madre,  hasta 
detenerse  con  un  resoplido  en  ese  vértigo  de  lodo. 

En  sus  momento»  de  mayor  odio  a  Eglé,  había  creí- 
do hallar  un  derivativo  evocando  a  su  hermana.  El 
recuerdo  de  Mercedes,  que  en  otras  ocasiones  lo  ex- 
citaba siempre,  disgustábale  ahora.  Mejor  dicho,  le 
daba  asco.  Lo  cual  no  hacía  sino  reafirmarlo  en  la 
convicción  de  que  amaba  a  Eglé  muchísimo  más  de 
lo  que  él  suponía* 

Fue  a  Lomas  en  este  estado  de  ánimo. 

Como  en  esos  días  últimos,  su  novia  lo  miró  con 
dolorosa  atención  al  ir  a  su  encuentro.  Al  ver  sus 
ojos  no  tuvo  duda  de  que  otra  noche  de  angustia  la 
esperaba,  Rohán,  contraído,  le  puso  por  toda  caricia 
la  mano  en  el  cuello. 

— Necesito  hablar  contigo.  Quedémonos  aquí. . . 
Dime:  ¿Por  qué  no-me-di-jis-te  que  habías  tenido 
novio? 

Eglé,  helada: 

— Ya  te  dije  la  otra  noche  

— No  me  dijiste  nada. 

— Sí...  Quise  siempre  decírtelo,  desde  la  primera 
noche;  pero  no  tuve  valor... 

— Perfectamente.  Pero  ¿por  qué  no-te-ní-as-valor? 

Acentuó  tanto  la  atormentada  duda,  que  Eglé  irguió 
la  cabeza  y  lo  miró  desesperada  de  tanta  insistente 
tortura.  Echó  el  brazo  atrás  buscando  el  banco  y  se 
dejó  caer  con  la  cara  entre  las  manos. 

— Sin  embargo,  eso  no  es  respuesta  — insistió  él — . 
Dime  esto,  nada  más:  ¿Por-qué-no-tu-vis-te-valor  para 
decírmelo? 

— ¡No,  por  favor!...  —  gimió  Eglé,  volviéndose 
al  otro  lado.  Pero  Rohán  tenía  tras  él  tres  días  de 
emponzoñada  amargura,  y  cada  noble  evasiva  de  Eglé 


[79  J 


HORACIO  QUIROGA 


era  unt  nueva  inyección  de  veneno  en  la  herida  em- 
ponzoñada, 

— ¡Eso  no  e»  responder!  ¡No  es!. . .  ¡Qué  diablos! 
¡Cuando  uno  compra  una  cosa,  tiene  el  derecho  de 
saber  si  ha  sido  usada  o  no! 

— ¡Oh!  — exclamó  Eglé — ,  echándose  de  brazos 
sobre  el  respaldo  del  banco.  Bruscamente  Rohán  se 
dio  cuenta  de  bu  brutalidad,  y  comenzó  a  pasearse 
henchido  de  rabia.  "La  he  herido  horriblemente . . . 
—  se  decía  — .  Si  ha  sido  usada.  ..''Y  al  percibir  níti- 
damente que  era  a  ella,  su  Eglé  pura  y  adorada,  a 
quien  concluía  de  insultar  así,  la  violenta  reacción  lo 
echó  a  los  pies  de  su  novia. 

— Eglé, . Mi  alma. . .  Perdón. . .  Perdóname. . . 

Al  atraerla  sintió  en  sus  manos  los  senos  de  Eglé,  y 
este  contacto  acrecentó  en  ese  instante  la  pureza  de 
su  ternura. 

— Mi  vida...  perdón...  Mi  Eglé.,. 

Eglé  cedió  al  fin,  aunque  manteniendo  los  ojos  ce- 
rrados. Temblaba  en  un  escalofrío  constante.  Rohán 
levantóle  a  la  fuerza  la  frente,  y  la  besó  con  apasio- 
nada, honda  y  grave  pasión,  Eglé  contenía  los  sollo- 
zos a  duras  penas  y  Rohán  sentía  sus  mejillas  moja- 
das. Y  el  pensamiento  de  que  esas  lágrimas  eran  pro- 
vocadas por  él  — un  miserable —  ceñíale  la  garganta 
en  un  nudo  de  enloquecedora  piedad.  Tanto  dijo  e 
hizo,  que  al  fin  Eglé  sonrió. 

— ¡Que  no  vuelva  esto! . . . 

— ¡No,  jamás!  Hacerte  sufrir  así...  —  Y  adorán- 
dose a  través  de  sus  ojos  húmedos,  concluyeron  en 
una  rendida  dicha  de  cabezas  recostadas.  Pero,  a  pe- 
sar de  ello,  Eglé  había  sufrido  demasiado  para  no 
quedar  agotada  por  el  resto  de  la  noche. 


L  80  ] 


I 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


XXIV 

Ese  día  Rohán  salió  a  las  cuatro  del  Ministerio. 
Sonreía  solo  al  suponer  la  dicha  de  Eglé  viéndolo  lle- 
gar así,  todo  amor  y  sana  paz,  ella  que  vivía  pen- 
sando angustiada  en  los  ojos  que  tendría  Rohán  al 
llegar,  pues  ellos  le  daban  en  seguida  la  norma  de  su 
estado.  En  efecto,  halló  la  inquietud  prevista;  y  aún 
más,  notó  cambiada  a  Eglé:  la  boca  sin  gracia,  el 
labio  superior  amarillento,  y  las  pestañas  de  sus  ojos 
azules  agrupadas  desigualmente. 

— ¡Mi  amor!...  ¿Has  estado  llorando? 

Eglé,  con  una  débil  y  fatigada  sonrisa,  se  recostó 
a  él 

— No. . .  Esta  tarde. ,  ♦  No  sé  lo  que  tenía. . .  ¡Te- 
nía tanto  miedo  de  que  llegaras  mal!  ¡Pero  nunca, 

nunca  más,  ¿verdad? 

— ¡No,  nunca  nunca!  ¡Ya  se  acabó  todo! 

— Hace  un  momento  pensaba:  Jamás  podremos  ser 
felices..*  Hoy  va  a  llegar  como  el  otro  día,  peor 
aún  —  se  estrechó  a  él  — .Y  si  vieras  lo  que  sufro 
después,  cuando  te  vas...  ¡Pero  nunca  más,  ¿no? 
No  podría  vivir  así . . . 

— Sí,  y  seremos  felices,  ¡muy  felices! 

Subieron  luego  al  salón  y  Eglé  tocó  el  piano,  bajo 
cuya  influencia  Rohán  sabía  bien  que  sus  esperanzas 
reconquistadas  lo  llevarían  a  un  definitivo  porvenir 
de  profunda  felicidad  conyugal.  Después  de  comer 
bajaron  de  nuevo  al  jardín.  Las  horas  pasaban,  repi- 
tiéndose las  mismas  cosas  que  para  su  dicha  tenían 
siempre  inesperada  novedad. 

Desde  el  incidente  del  banco,  los  leones  de  Rohán 
no  habían  rugido.  Temía  excesivamente  hallar  en  el 


[81] 


HORACIO  QUIROGA 


jardín  el  lejano  eco  de  antes,  y  la  cicatrización  de 
sus  heridas  era  demasiado  reciente  para  reabrirlas 
con  el  bramido  rival.  Pero  esa  noche,  después  de  cinco 
hora»  de  novia,  sus  leones  rompieron  la  cadena  al  fin. 
Con  violento  esfuerzo  consiguió,  sin  embargo,  retirar 
la  boca,  los  brazos,  pero  haciendo  dar  a  Eglé  del 
hombro  — en  desahogo  de  crispado  cariño —  una 
violenta  vuelta  sobre  sí  misma.  Atrájola  acto  continuo, 
y  al  hacerlo  creyó  notar  en  los  ojos  de  Eglé  un  velo 
de  tristeza,  como  ante  una  pasada  situación  d  olorosa 
de  que  no  queremos  acordarnos. 

Súbitamente  Rohán  sintió  al  otro  en  la  mirada  de 
Eglé.  ¡También  él  había  hecho  eso  mismo!  Quedó 
inmóvil,  pero  ya  Eglé  había  notado  sus  ojos  cam- 
biados y  le  echaba  los  brazos  al  cuello.  Rohán  la 
contuvo. 

— ¿Sabes  lo  que  es  curioso?  — exclamó — .  Esto: 
que  la  menor  caricia  mía  tiene  el  hermoso  don1  de 
hacerte  acordar  del  otro! 

— ¡Oh,  no!  ¡Te  juro  que  no!  —  le  echó  Eglé  los 
brazos  consternada. 

— ¡Como  sea!  ¡Es  de  lo  más  encantador  para  un 
novio! 

Ella  tendió  las  manos  a  él. 

— ¡No!  — la  detuvo  Rohán,  sujetándole  las  mu- 
ñecas— .  ¡Basta  por  hoy! 

Todo  el  tormento  infamante  había  retornado,  y 
comprendió  que  le  sería  imposible  quedarse  un  mo- 
mento más. 

— Me  voy. . .  —  se  volvió  a  ella — .  ¿Quieres  traer- 
me el  sombrero?  Diles  que  pierdo  el  tren. 

Caminaron  hacia  la  verja,  sin  hablar,  y  Eglé  le 
devolvía  muerta  su  rápido  beso. 


[32] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


XXV 

Apenas  a  la  tarde  siguiente  se  calmó  Rohán.  Pero 
entonces  dióse  cuenta  clara  de  su  proceder.  Cada  no- 
che de  visita  había  sido  un  repetido  tormento  para 
Eglé;  y  lo  que  era  más  espantoso,  siempre,  siempre 
tomando  por  blanco  de  bajas  dudas  la  honradez  de 
su  novia,  arrastrándola  por  la  fuerza  a  que  palpara 
con  él  todo  lo  que  es  posible  pensar  de  una  noria 
cuando  se  tiene  celos, . . 

Llegaba  la  reacción.  La  maldita  pesadilla  de  ver 
constantemente  a  Eglé  con  el  otro  en  situaciones  idén- 
ticas a  las  suyas,  iba  ya  perdiendo  su  ciega  íacultad 
de  tormento,  en  fuerza  de  analizar  un  millón  de  veces 
su  esencia.  La  noche  anterior  había  tornado,  es  ver- 
dad; pero  ahora  que  se  hallaba  bien,  sentía  imposible 
una  recaída.  Dominábale  sobre  todo  un  gran  deseo 
de  hacerse  perdonar  por  Eglé. 

De  pronto  acordóse,  como  de  una  cosa  muy  lejana, 
de  sus  sondajes  y  pozos  artesianos.  ¡Pobres  mis  me* 
chas!  — murmuró  sonriendo — .  Y  pensó  en  los  bellos 
trabajos  que  haría  un  día  — ella  a  su  lado — ,  pero 
no  a  la  manera  de  antes,  cuando  la  conocía  única- 
mente en  la  sala,  sino  ahora  que  había  adquirido,  tras 
ruda  prueba,  la  seguridad  de  su  modo  de  ser. 

Retiróse  muy  temprano  del  Ministerio  y  voló  a 
Constitución,  tomando  el  tren  de  las  tres  y  cuarenta 
y  cuatro.  Como  era  temprano  y  Eglé  no  lo  esperaba 
aún,  bajó  en  Bánfield  y  prosiguió  a  Lomas  a  pie,  des- 
pacio y  feliz.  Y  al  evocar  a  Eglé,  acercándose  a  él 
—  la  mirada  angustiada  de  temor  como  siempre — , 
su  certeza  de  paz  final  liquidóse  en  extrema  ternura. 


[83] 


HORACIO  QUntOGrA 


Eglé  concluía  de  vestirse  cuando  llegó  y  tuvo  que 
esperar  cinco  largos  minutos,  tal  vez  un  poco  desilu- 
sionado por  no  haberla  visto  salir  a  su  encuentro.  Por 
fin  entró  su  novia,  y  Rohán,  que  iba  hacia  ella,  9e 
detuvo  inmóvil  ante  su  semblante. 

— ¿Qué  tienes?  —  le  preguntó. 

— Nada  —  repuso  Eglé.  Su  voz  era  clara,  pero  no 
tenía  entonación  alguna. 

Rohán  la  miró  fijamente  y  tuvo  la  intuición  deso- 
lada de  que  todo  había  concluido.  Se  sentó  a  pesar 
de  todo;  pero  como  la  joven  no  se  movía,  Rohán  se 
puso  otra  vez  de  pie. 

— ¿Qué  tienes?  —  volvió  él  a  murmurar. 

— Nada  —  repitió  Eglé. 

Rohán  dio  entonces  dos  pasos  y  se  detuvo  a  su 
frente : 

— ¿Quieres  que  rompamos?  . . . 
Ella  no  respondió. 

— Podías  habérmelo  dicho  antes  —  murmuró  Rohán, 
yendo  a  coger  su  sombrero. 

— Mira  — le  dijo  Eglé,  con  la  voz  rota  de  em- 
bargo— :  Yo  creo  que  no  podremos  ser  felices  así. . . 
Mejor  es  que  dejemos..,, 

— Como  quieras...  Pero  te  juro  — agregó  dete- 
niéndose—  que  te  he  querido  como  tú  no  te  ima- 
ginas. . . 

Te  he  querido . . .  Luego  la  ruptura  estaba  hecha 
ya.  Eglé  se  dejó  caer  sobre  el  taburete,  muerta. 

— No...  Mejor  es  concluir... 

Rohán  salió,  sin  ver  a  la  madre  ni  a  Mercedes,  dis- 
cretamente disimuladas.  Miró  las  plantas  conocidísi- 
mas, la  manga  abandonada  sobre  el  césped,  el  banco 
en  que  ella  había  estado  sentada  sola  ocho  días  antes. 
Se  acabó...  Se  acabó...  ¡Ya  nunca  más!  ¡Nunca 


[84] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


más  Eglé  lo  miraría  como  antes!  ¡Nunca  más  diría: 
mi  Eglé!..,  ¡Ya  nunca,  nunca  más  tendría  el  don 
de  verla  sufrir  por  un  solo  gesto  suyo!..,  ¡Y  hoy, 
cómo  la  quería!  ¡Hoy,  que  estaba  dispuesto  a  ado- 
rarla para  siempre,  haberla  perdido! 

¡Te  he  perdido,  mi  alma,  Eglé  mía!  —  murmu- 
raba, llorándose  a  sí  mismo  con  la  voz.  Imaginó  a 
Eglé,  echándose  de  brazos  en  el  piano  apenas  él  le 
fuera,  desolada  en  sus  tres  meses  de  esperanzas  con- 
cluidas con  la  ida  de  Rohán.  Jamás  volvería  ella  tam- 
poco a  oírlo :  —  ¡Mi  Eglé,  mi  vida ! . ,  . 

Tuvo  un  desesperado  impulso  de  regresar.  ¡Sí,  Eglé 
lo  quería  a  pesar  de  todo!  Y  cuanto  más  lo  compren- 
día, más  comparaba  la  felicidad  que  pudo  haber  te- 
nido con  su  desolación  actual.  Llegó  a  detenerse  en 
una  esquina,  titubeando.  Pero  ae  contuvo  y  siguió 
hacia  la  estación, 

— Mi  destino  de  siempre...  — murmuró  amarga- 
mente — .  Darme  cuenta  del  valor  de  lo  que  tengo 
cuando  ya  lo  he  perdido. 

Subió  en  el  tren  que  llegaba,  dueño  otra  vez  de  sí. 
Nunca  más  volvería.  Al  partir  el  convoy  miró  por 
última  vez  los  arriates,  las  araucarias,  la  verja,  como 
miramos  al  emprender  un  largo  viaje  las  casas  en  que 
jamás  nos  fijamos,  pero  que  sabemos  están  en  ade- 
lante ligadas  para  siempre  al  recuerdo  del  lugar  donde 
amamos  y  sufrimos  por  largos  años. 


•       «  • 

Rohán  se  restregó  los  ojos  —  la  vista  un  poco  irri- 
tada— ,  y  miró  el  paisaje.  Salían  de  Victoria  y  dentro 
de  un  momento  llegaría  a  San  Fernando.  Había  evo- 
cado sus  recuerdos  con  tal  intensidad  que  se  sentía  aún 


[85] 


HORACIO  QUIROGA 


oprimido.  ¡Cinco  años  transcurridos! ...  — le  dijo  — . 
Creería  que  han  pasado  cíen,. 

Iba  a  verla.  Se  dio  también  cuenta  de  que  no  había 
pensado  una  sola  vez  en  ir  a  ver  a  Eglé  Elizalde,  o 
simplemente  a  Eglé,  sino  a  verla.  Efecto  de  costumbre 
—  pensó — .  Pero  a  despecho  de  esa  costumbre,  sin- 
tió en  el  estómago  esa  característica  angustia  que  pro- 
voca la  emoción  de  la  espera.  Dio  su  nombre  a  la 
sirvienta;  pero  como  ésta  no  pareciera  haber  desci- 
frado poco  ni  mucho  su  apellido,  el  visitante  se  en- 
cogió ligeramente  de  hombros  y  extendió  su  tarjeta. 
Una  puerta  se  abrió  en  el  vestíbulo. 

— ¿Quién  es?  —  preguntó  impaciente  una  voz. 

Mercedes. . .  —  se  dijo  Rohán  — .  Quisiera  ver  el 
gesto  que  hace. . . 

Un  momento  después  se  le  hacía  pasar  a  la  sala. 

La  sala  estaba  fría  y  desierta  y  olía  a  fresco  barniz 
de  muebles.  Bien  puesta,  pero  con  una  limpieza  y 
orden  excesivos,  como  sala  costosa  de  gente  no  rica 
que  la  mantiene  cerrada  para  que  no  se  deteriore.  A 
excepción  de  una  vitrina  y  dos  o  tres  pinturas  de 
Mercedes,  todo  lo  demás  era  nuevo  para  Rohán.  Al 
cabo  de  un  cuarto  de  hora  la  puerta  se  abrió  y  Mer- 
cedes avanzó,  ostensiblemente  incierta  sobre  la  recep- 
ción que  debía  hacer  a  su  ex-amigo.  Pero  al  ver  la 
sonrisa  de  Rohán,  Mercedes  le  extendió  muy  franca 
sua  dos  manos. 

— ¡Qué  gusto  nos  da!...  ¡Cuánto  tiempo! 

— Sí,  mucho...  He  querido  venir  varias  veces,  y 
siempre  una  cosa  u  otra...  Suponía  — como  supon- 
go aún  — ,  que  mi  visita  no.,, 

— ¡Qué  ocurrencia! .  „ .  ¿Por  qué?  ¿Nunca  más  nos 
hemos  visto,  verdad?  —  preguntó. 

— Nunca.  Es  decir,  ayer  la*  vi  a  usted  y  a  Eglé. 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


— ¿Sí?...  No  lo  vimos... 

La  puerta  tornó  a  abrirse  y  entró  la  madre.  Apenas 
vio  Rolián  su  aire  lento  y  grave,  comprendió  que  la 
señora  esperaba  ante  todo  que  la  condoliera  por  la 
pérdida  irreparable  que  había  sufrido...  Así  lo  hizo 
Rohán,  y  la  dama  suspiró. 

— ¡En  fin!. , .  ¡Pero  qué  grata  sorpresa,  Rohán! 

— He  tenido  muchísimo  gusto . . .  Acabo  de  decir  a 
Mercedes  que  temía .  . . 

— ¡Oh!  ¡Cállese,  por  favor!  Usted  no  tenía  que 
temer  nada.  Bien  sabe  el  cariño  con  que  lo  hemos  re- 
cibido siempre  en  casa. . .  Siempre  nos  extrañába- 
mos... con  Ehzalde  — sus  ojos  se  apartaron  un  mo- 
mento —  de  que  usted,  por  su  disgusto  con  Eglé,  no 
hubiera  vuelto  más  a  vernos. 

— Yo  también,  le  juro...  Pero  poco  después  me 
fui  al  campo,  y  al  principio  estaba  aún  algo  sensible. 

La  madre  lo  miró  sonriendo  y  sacudiendo  la  cabeza. 

— ¡Qué  muchachos!...  —  Y  agregó  seria: 

— Supimos  no  sé  por  quién,  que  su  papá  había 
muerto . . . 

— Sí,  señora;  hace  ya  casi  cinco  años. 

— ¿Y  usted  vive  allá?  Eso  sabíamos. 

Y  agregó  con  sencilla  curiosidad: 

— ¿Quedaron  ustedes  en  buena  posición? 

— Sí,  soy  hijo  único..,  ¿No  tendría  el  gusto  de 
ver  a  Eglé? 

— ¡Oh,  no  faltaba  más,  Rohán!  ¡Mercedes!  Anda  a 
ver  qué  hace  tu  hermana.  —  Y  volviendo  la  cabeza 
a  medias  a  Rohán,  añadió: 

— Dile  que  está  bien  como  está . . .  ¡  Que  no  se  arre- 
gle tanto! 

Rohán  sonrió  también  al  recuerdo,  y  un  momento 
después  entraba  Eglé.  Contra  lo  que  esperaba,  sólo 
sintió  al  mirarla  gran  curiosidad.  Había  gastado  toda 

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8 


HORACIO  QUIROGA 


la  emoción  que  pudiera  haber  sentido,  reviviéndola 
una  hora  antes.  Eglé  lo  saludó  con  perfecta  naturali- 
dad. Dijéronse:  —  ¿Cómo  'le  va?  —  a  un  tiempo,  y  se 
sentaron,  mirándose  con  franca  sonrisa. 

— Está  igual  —  rompió  Eglé  después  de  un  instante 
de  curiosa  atención — .  No  ha  cambiado  nada. 

Eglé  tampoco  había  cambiado;  pero  sus  cinco  años 
más  se  conocían  claro  en  la  acentuación  de  los  rasgos, 
y  sobre  todo  en  su  tranquilo  dominio  para  mirar. 

— ¿Hacía  mucho  que  no  lo  veías?  —  se  volvió  la 
madre  a  Eglé. 

— Sí,  mucho.  — Volvieron  a  mirarse  sonriendo — . 
Rohán  continuó: 

— No  sabía  que  vivieran  en  San  Fernando . . . 

— Sí,  hace  ocho  meses...  Poco  después  de  morir 
papá. 

Durante  media  hora  la  conversación  prosiguió  muy 
cordial. 

— ¡Mercedes! . . .  ¿Una  taza  de  café,  Rohán?  —  re- 
cordó la  madre — .  ¿Y  su  estómago?  —  se  rió. 

— Bien,  no  siento  nada  ya . . .  Sí,  café. 

Mercedes  tornó  a  salir  y  al  rato  la  madre  se  levantó. 

— ¿Me  permite,  Rohán?  Desconfío  mucho  de  la 
habilidad  de  mi  hija... 

Rohán  y  Eglé  quedaron  solos.  Rohán  rompió,  muy 
cordial: 

— ¿Quién  nos  hubiera  dicho,  verdad?  Volver  a  ver- 
nos a  los  cinco  años . . . 
Eglé  se  sonrió. 

— ¡Cierto!...  Yo  creía  que  nunca  más  nos  vería- 
mos. . „ 

Pero  es  peligroso  jugar  con  los  pretéritos. 

Yo  creía.  Eso  era  antes,  cuando  iba  a  Lomas... 
Otra  vez  se  hallaba  ante  ella,  su  Eglé. . .  El  posesivo 
le  evocó  de  nuevo  la  tarde  final  en  que  salió  desespe- 


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HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


rado  de  la  quinta,  amargándose  la  boca  con  ese  mismo 
su  Eglé,  que  ya  nunca  más  podía  decir.  Recordó  tan 
vivamente  su  dolor  de  entonces,  que  la  tranquilidad 
actual  le  echó  del  pecho  en  un  suspiro  de  desahogo 
afectuoso: 

— ¡Cuánto  la  he  querido! 

Eglé  lo  miró  de  costado,  devolviéndole  su  sonrisa. 

— i  No  fue  usted  solo,  me  parece!. 

Apartó  la  vista  y  Rohán  la  observó  rápida  y  aten- 
tamente. Era  ella,  sin  duda;  la  misma  boca,  el  mismo 
firme  seno,  las  mismas  cejas  que  se  levantaban  de 
cariñosa  extrañeza.  Pero  la  mirada...  La  mirada  era 
otra;  no  cambiada  en  esencia,  pero  sí  revelando  cla- 
ramente en  su  aplomo  que  los  cinco  años  de  expe- 
riencia no  habían  pasado  impunemente. 

Sabe  muchas  más  cosas  que  antes. . .  —  pensó 
Rohán  — .  Pero  ella: 

— ¿Usted  se  fue  en  seguida  al  campo,  no? 

— Sí.  Poco  después,  cuando  salí  del  Ministerio... 
—  Y  un  súbito  recuerdo  le  hizo  exclamar  jovial- 
mente : 

— ¿Se  acuerda  de  los  pozos  artesianos? 
Eglé  se  rió. 

— Me  acuerdo. Esta  mañana,  por  casualidad,  me 
acordé  también  de  una  cosa. 
—¿Qué? 

— Cuando  yo  era  chica,  lo  que  usted  me  dijo  en  la 
calle  una  vez. 

— Sí,  ya  habíamos  empezado ...  —  murmuró  él  — . 
Hace  trece  años. . . 

Pero  el  café  llegaba,  y  poco  después  Rohán  quedaba 
solo  con  la  madre. 

— ¿Cómo  la  halla  a  Eglé? 

— Igual...  No  ha  cambiado  nada. 


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HORACIO  QUIROGA 


La  señora  parecía  ahora  abismada. 

— Usted  no  se  figura  cuánto  lo  ha  querido  Eglé 
—  agregó  triste  y  gravemente, 

— Lo  mismo  le  dije  a  su  hija  cuando  le  parecí  de- 
masiado  difícil  —  pensó  Rohán.  Pero  la  señora  in- 
sistía: 

— Creo  que  nunca  más  volverá  Eglé  a  querer  a 
nadie  como  lo  quiso  a  usted. . , 

— ¡No  fui  yo  quien  rompió,  sin  embargo!  —  ex- 
clamó Rohán.  La  madre  sacudió  la  cabeza  con  cari- 
ñosa lástima, 

— ¡Hablar  así  a  gu  edad,  Rohán!...  ¡Eran  cosas 
de  Eglé!  ¿Qué  juicio  quiere  usted  que  tenga  una  chica 
a  los  diecisiete  años? 

Esperó  respuesta,  en  vano. 

— Dígame,  Rohán. . .  Si  en  vez  de  pasar  eso  antes, 
hubiera  pasado  ahora,  ¡serían  ustedes  muy  felices,  se 
lo  aseguro! 

— Lo  creo  —  sonrió  Rohán  con  amargura  — .  Pero 
han  pasado  cinco  años. 

Por  tercera  vez  la  madre  alzó  a  él  sus  ojos  de  com- 
pasiva y  protectora  experiencia. 

— ¡Qué  muchachos! . . . 

— ¿Estas  iniciales?  —  preguntó  Rohán,  que  aca- 
baba de  notar  cuatro  letras:  A.  M.  y  E.  E.  grabadas 
en  un  caracol  de  montaña  con  el  que  jugaba  distraído. 

— Son  de  Eglé,  de  Córdoba  —  repuso  la  madre  con 
negligente  sonrisa  — .  Es  un  recuerdo ...  No  sé  cómo 
está  aquí .  ♦ .  Tuvo  amores  con  él ;  pero  estoy  segura 
de  que  nunca  lo  quiso . . . 

Lo  que  la  madre  no  recordaba  en  su  insinuante  filo- 
sofía, había  costado  a  Rohán  muchas  alucinaciones  de 
jardines  y  bancos  para  olvidarse  de  que  no  era  él  ese 
primer  amor. 


rao] 


HISTORIA  DE  UN  AMOR  TURBIO 


Las  dos  hermanas  salían  ya,  y  Rohán  se  despidió. 

— Lo  que  es  esta  vez  — le  dijo  la  madre  con  solem- 
ne cariño,  tomándole  las  dos  manos — ,  ¡júreme  venir 
a  vernos  a  menudo!  Usted  no  sabe  cuántas  veces  nos 
hemos  acordado  de  usted!  ¿Lo  promete?...  ¿Conoce 
bien  el  camino?  ¡Eglé!  Acompáñalo  hasta  la  es- 
quina. . . 

Rohán  prometió  volver.  Pero  estaba  seguro  de  lo 
contrario.  Llegó  a  tiempo  a  la  estación  y  subió  en  el 
tren,  con  mortal  frío  en  el  alma.  No  cabía  duda;  su 
fortuna  atraía  ahora  inmensamente  a  la  madre,  y  Eglé 
tenía  ya  veintidós  años  y  no  quería  quedar  soltera . . . 
Recordó  a  su  Eglé  de  ante?,  tan  joven,  y  su  sinceridad 
esencial  sacudida  por  el  amor,  que  hubiera  hecho  de 
ella  una  admirable  mujer.  Ahora  era  tarde,  Por  su 
parte  él  tenía  treinta  y  tres  años,  y  se  hallaba  com- 
pletamente tranquilo  de  espíritu,  trabajando  en  paz. 

Destemplado  por  el  atardecer  hundióse  en  su  rin- 
cón, y  evocó  las  dos  horas  pasadas,  página  íinal  de 
una  historia  cuya  amargura  no  quería  por  nada  vol- 
ver a  vivir.  Mientras  miraba  por  la  ventanilla,  en  el 
crepúsculo  frío,  las  flores  heladas  de  cardo  que  se  des- 
menuzaban volando  al  paso  del  tren,  recordó  la  vieja 
balada: 

"Cuando  la  tierra  se  enfermó,  el  cielo  se  puso  gris 
y  los  bosques  se  pudrieron  por  la  lluvia,  el  hombre 
muerto  volvió,  una  tarde  de  otoño,  a  ver  de  nuevo  lo 
que  había  amado," 

No,  no . .  .  Había  comprado  muy  cara  su  felicidad 
actual  para  desear  perderla. 

Arrellanóse  bien  en  el  asiento  y  suspiró  de  satis- 
facción, pensando  que  dos  días  después  estaría  tran- 
quilo en  la  estancia. 

FIN 


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